¿Ansiedad o depresión?

Nos preguntamos a veces si padecemos ansiedad o depresión, pues ambos son fenómenos muchas veces relacionados, son trastornos del estado de ánimo que afectan a buena parte de la población mundial. Existe una discusión de si la depresión y la ansiedad son entidades separadas, el hecho es que en la clínica suele observárseles tanto combinadas como de manera aislada. Hoy nos proponemos reflejar las diferencias que existen entre la ansiedad y la depresión, dos estados y necesidades emocionales concretos que pueden desempeñar un papel primordial en la ausencia de motivación e implicación para dirigirnos hacia prácticas que favorezcan nuestros hábitos de vida saludables.

La tarea de encajar experiencias

Vivir implica atravesar experiencias, experiencias que a veces valoramos como gratas y otras que no tanto. Caminar por la vida involucra ciertos niveles de estrés, según el momento, así que dependiendo de nuestra percepción y posterior evaluación de las situaciones (sus demandas y lo que creemos que poseemos para hacerlas frente) iniciaremos un camino u otro en la búsqueda de soluciones con el fin de “encajar” la experiencia.

Os contaré una breve anécdota, hace poco una amiga me llamó para comentarme que la habían despedido de su trabajo esa misma mañana, si bien es cierto que se encontraba nerviosa por la inesperada noticia, me dijo que estaba contenta porque deseaba cambiar de trabajo hace tiempo y no se atrevía a dar el paso; lo que para muchos sería una noticia traumática para ella fue una incertidumbre prometedora. A veces pasamos por situaciones que se caracterizan por ser comúnmente estresantes, pero es importante entender que cada estresor incide en cada persona de forma diferente, dependiendo del valor afectivo que implique para cada uno de nosotros.

¿Qué funciones cumplen?

Desear aprobar un examen, esperar la respuesta de si nos aceptan en un trabajo nuevo o enfrentarnos a una cita importante son situaciones en las que podemos sentir cierto nivel de ansiedad; pasar por dificultades monetarias, sufrir la pérdida de un ser querido o una enfermedad grave son circunstancias que nos pueden transportar a la desesperanza. Pero, ¿qué características tiene experimentar estos estados?, ¿tienen alguna función para el “encajar” del que hablábamos antes?

La ansiedad se reconoce como una activación del organismo que se desencadena ante una situación de amenaza o peligro físico o psíquico. Su finalidad es proporcionarnos energía para anular o contrarrestar el peligro mediante una respuesta (ya sea de huida o de agresión), por lo que este mecanismo funciona de forma adaptativa, poniendo en marcha dicho dispositivo de alerta ante estímulos o situaciones que son potencialmente agresoras o amenazantes.

Por su parte la depresión se presenta como un abatimiento y pérdida de reacción ante situaciones cotidianas; nos predispone al pensamiento analítico, a la obsesión por la fuente del padecimiento, así como un amento del sueño REM (un momento en que el cerebro consolida los recuerdos). Por lo que el propósito de la depresión, entonces, sería el alejarnos de las actividades normales de la vida para centrarnos en comprender o resolver el problema subyacente que desencadenó el episodio depresivo. Su función adaptativa es la de retirarnos momentáneamente del devenir de nuestra cotidianeidad para que centremos la mayor parte de nuestras energías en enmendar un problema que resulta abrumador.

Por lo que podemos comprobar, la función de una emoción o de un afecto sería el desarrollar un estado especial en el organismo que le permita resolver problemas y enfrentarse a los retos adaptativos característicos de las situaciones que se le presentan durante el curso de la vida. Pero sin duda alguna, cuando se rebasan ciertos límites en los que la emoción se presenta de forma continuada en el tiempo (más allá de lo meramente adaptativo), con una intensidad que interrumpe en nuestro rendimiento y relaciones sociales, estamos ante un estado problemático que genera sufrimiento y en el que las personas solemos cambiar nuestros hábitos de vida.

¿Qué cambios producen en el cuerpo?

No todas las personas con ansiedad o depresión experimentan los mismos síntomas físicos, la gravedad, frecuencia, y duración de los mismos pueden variar según la persona y su padecimiento en particular. Dicho esto, sí que se han identificado los siguientes síntomas que por norma general caracterizan estos dos procesos.

Ansiedad
Depresión

Además de ser de diferente naturaleza, las manifestaciones físicas de la ansiedad son mucho más impactantes para la persona que las experimenta, dado su carácter súbito en muchos de los casos, mientras que las de la depresión son más sutiles a la hora de percibirlos, instalándose en nuestro funcionamiento más paulatinamente.

¿Cómo nos sentimos?

Todas esas sensaciones físicas y la interpretación que hacemos de ellas provocan en nosotros determinados sentimientos que, según estemos hablando de ansiedad o depresión, se diferenciarían de la siguiente manera:

 

¿Cuál es el papel de nuestros pensamientos?

El psicólogo estadounidense Aaron Beck, una de las figuras más influyentes en modelos cognitivos enfocados a estudiar la naturaleza de nuestros pensamientos, parte de la premisa básica de que en los trastornos emocionales existe una distorsión o error sistemático en la interpretación de la información. La manera en que procesamos la información que nos rodea nos conduce a una forma de sentir y actuar determinada; sin embargo, también hay que tener en cuenta que el tipo de procesamiento erróneo que se da en personas con ansiedad o depresión, al igual que los demás síntomas, pueden ser el producto de muchos factores y, así, en las causas pueden estar implicados factores genéticos, evolutivos, hormonales, físicos y psicológicos.

De cualquier manera, esa forma de procesar la información distorsionada o errónea es una parte esencial de los síndromes emocionales como la ansiedad o la depresión y funciona como factor de mantenimiento de estos estados. Dirigimos nuestra percepción, codificación, organización, almacenamiento y recuperación de la información del entorno según nos encaje con lo que tenemos ya aprendido, mientras que la información inconsistente se ignora y olvida.

Así, en la ansiedad, la frecuente percepción del peligro y la posterior valoración de las capacidades de uno mismo para enfrentarse a tal peligro (que tienen un valor obvio para la propia supervivencia) aparecen sesgadas: se suele sobreestimar el grado de peligro asociado a las situaciones, mientras que se infravaloran las propias capacidades para enfrentarlo.

El peligro sería la temática más presente, asociada a un contenido relacionado con un exagerado sentido de vulnerabilidad y, por tanto, las personas se focalizan en percibir cualquier estímulo que indique un posible peligro o amenaza para ellas, ignorando cualquier señal de seguridad.

Las reglas de pensamiento son generalmente condicionales: “Si ocurre un suceso específico, no lo podré soportar”, pero la realidad es que cuando nos permitimos exponernos a lo que tememos cabe la posibilidad de que únicamente pasemos un rato desagradable o incluso que tenga un resultado inocuo.

Los indicios de peligro se perciben de manera selectiva y se acentúan, mientras que las señales de seguridad se ignoran o minimizan; se piensa de manera dicotómica y absoluta sobre la peligrosidad de una situación (a no ser que una situación sea segura sin ningún asomo de dudas, se considera peligrosa) o resulta imposible distinguir entre los estímulos que señalan peligro y aquellos que señalan seguridad. También percibimos de forma generalizada, de manera que interpretamos un gran rango de estímulos o situaciones como amenazantes, basándonos en datos consistentes con la percepción de peligro tanto de las experiencias pasadas como presentes. Por lo que de forma automática se anticipan posibles sucesos amenazantes y peligrosos que a menudo se tornan en preguntas acerca del peligro presente y de las posibilidades futuras (los conocidos “¿Y si…?”).

Por otro lado, en la depresión, y como vimos anteriormente, tras un suceso que supone una pérdida o un fracaso, la retirada temporal de todas emociones o comportamientos que no tengan que ver con la problemática, con el fin de conservar energía, tiene un valor de supervivencia. Sin embargo, en las personas depresivas aparece una distorsión en la interpretación de los sucesos que implica una pérdida o supresión. Las personas depresivas valoran excesivamente esos sucesos negativos, los consideran globales, frecuentes e irreversibles, mostrando una visión negativa de sí mismo/a, del mundo y del futuro. Es esta serie de interpretaciones la que la lleva a retirarse paulatina y persistentemente de su entorno, un comportamiento que dilatado en el tiempo resta todo valor adaptativo a la conducta de retirada.

Si en la ansiedad el posible peligro es lo que está más presente, en el caso de la depresión el tema sería la autolimitación o reducción de la realidad percibida. Los esquemas que procesan información de carácter negativo están más activos que aquellos que se usan para procesar información positiva, así que la persona tenderá a valorar la realidad desde un filtro de pérdida, fallo, rechazo, incompetencia y desesperanza, que le inducirá a retirarse de los acontecimientos y conservar energía en respuesta a una negatividad que, para ella, lo invade todo.

Las reglas de pensamiento en la depresión, aunque también se encuadran en un formato condicional, son absolutas ya que presuponen la fatalidad del resultado, por ejemplo, “si fracaso en parte significa que siempre seré un desastre”.

En la depresión se atiende selectivamente y se magnifica la información negativa, mientras que se ignora o minimiza la información positiva, desechando acontecimientos externos novedosos, o incluso cuando los acontecimientos negativos que la provocaron son ya más manejables. Los errores y fallos se atribuyen directamente como propio de la persona que los comete, como algo que la define, y sus efectos negativos se exageran y sobregeneralizan. De esta manera las valoraciones negativas terminan siendo globales, absolutas y frecuentes, orientadas al pasado como si esos errores o fallos viniesen predeterminados y contra lo que uno no puede hacer nada.

 

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