Nervios en el estómago…¿Que nos quieren decir?.

Cuando tenemos emociones encontradas, estrés o nos enfrentamos a situaciones inciertas, muchos solemos sentirnos revueltos e identificar lo que sentimos como algo desagradable, incluso podemos localizar esas sensaciones en el cuerpo, “siento nervios en el estómago” decimos a veces, pues bien, esto no es ninguna cuestión al azar ya que, además del cerebro, nuestro sistema digestivo también colabora para hacer frente a las dificultades. ¿Existe relación entre nuestro cerebro y estómago?

Hasta hace relativamente poco se asociaban los sentimientos y pensamientos al cerebro, haciéndolo dueño y señor de nuestra psique, siendo el encargado de controlar y gestionar el conjunto de procesos que se llevan a cabo. Pero lo cierto es que el sentir emociones implica a todo nuestro sistema nervioso al completo, de ahí síntomas como los nervios en el estómago. Así que se ha empezado a investigar cómo el resto de sistemas pueden llegar a influir y la importancia que tienen para el mantenimiento de nuestro tándem cuerpo-mente.

¿Qué sistemas se encargan de nuestra vida emocional?

Pese a que todo el sistema nervioso se vea implicado existen dos partes especialmente importantes:

– El sistema límbico: que lo conforma un conjunto de estructuras de la parte de nuestro cerebro llamada encéfalo, que conectadas entre sí son las principales responsables de nuestra vida emocional, la memorización o el aprendizaje. Se podría decir que esta parte de nuestro cerebro es la heredada de nuestros antepasados, es el cerebro más primitivo que tiene que ver con la aparición de nuestros instintos y gracias al cual tenemos emociones, sentimientos e impulsos difíciles de reprimir.

– El sistema nervioso autónomo: es la segunda estructura del sistema nervioso que tiene un papel particularmente potente en nuestra vida emocional. Está compuesto de dos partes, las cuales funcionan principalmente en oposición una a la otra, y una tercera que va a ser nuestra protagonista de hoy y a la que dedicaremos un apartado diferenciado:

  • La primera de ellas es el sistema nervioso simpático y su función es la de preparar al cuerpo para actividades enérgicas asociadas con la huida o lucha, esto es, con la huida del peligro o con la preparación para la violencia y defensa. Entre muchos de los efectos que provoca en nuestro organismo cuando se activa, nos encontramos con que es el encargado de que la hormona de la epinefrina (o también conocida como adrenalina) se libere por nuestro torrente sanguíneo, propiciando que varias partes de nuestro cuerpo respondan de la misma forma, cargándose de energía.
  • La segunda parte del sistema nervioso autónomo y que funciona de forma opuesta al anterior es el sistema nervioso parasimpático. Su función es traer de vuelta al cuerpo desde la situación de emergencia a la que lo llevó el sistema nervioso simpático hasta encontrar de nuevo un funcionamiento basal. Su acción es paulatina y nos permitirá disminuir y reestablecer la energía corporal invertida, disminuyendo el nivel de estrés del organismo.
  • El sistema nervioso entérico, que representa un complejo de nervios que regulan la actividad del sistema digestivo, y por ende responsables de esas sensaciones de nervios en el estómago. Es la parte de nuestro cuerpo relacionada con el fascinante fenómeno del diálogo entre vísceras y cerebro.

Nervios en el estómago

Cuando sientes desde “mariposas” a dolores de estómago al enfrentarte a situaciones que te producen estrés o ansiedad, puedes responsabilizar al sistema nervioso entérico de ello. Quizá sea importante esto para entender el significado de los nervios en el estómago.

El sistema nervioso entérico tiene una importancia capital en la supervivencia del organismo. Se trata del conjunto de fibras nerviosas que inervan y controlan el funcionamiento del sistema digestivo. Controla aspectos como el movimiento de los músculos del tubo digestivo que permiten que la comida llegue al estómago, la secreción de ácidos y enzimas que disuelven la comida, la absorción de nutrientes y la expulsión de residuos.

Sepamos que existe casi un centenar de diferentes tipos de neurotransmisores (o partículas que actúan como mensajeras entre neuronas) que viajan por nuestro organismo junto con la sangre llevando información de un lugar a otro que no sólo se generan en el cerebro. Existen muchas células del cuerpo que son capaces de intercambiar información, de comunicarse unas con otras y de actuar independientemente del cerebro y del sistema nervioso central.

El tubo digestivo está cubierto por millones de neuronas (una cantidad semejante a la de la médula espinal) además de otras células especializadas que, influidas por los sistemas simpático y parasimpático, actúan no sólo a nivel digestivo sino general y cuya producción afecta a las emociones y sentimientos. ¿Cómo es posible esto?

En 1999 el Dr. Michael Gershon definió los parámetros esenciales del sistema nervioso entérico y compartió que está controlado por los ganglios entéricos de forma parcialmente independiente, por lo que actúa de forma refleja. Continuando con esta misma línea de investigación, los doctores D. Grundy y M. Schermann en 2007 constatarían que todas esas neuronas responden al mismo tiempo generando fuerzas musculares. Así que con el avance de los estudios científicos se ha conseguido averiguar que las neuronas de nuestro tubo digestivo y los neurotransmisores que segregan, juegan un papel esencial en muchos de los trastornos intestinales que hoy se podrían considerar de causa desconocida.

Uno de los neurotransmisores que se involucra en muchos aspectos importantes de nuestra vida es la serotonina, cuya abundancia se considera un signo de salud. Pues bien, el Dr. Gershon determinó que entre las distintas células del tubo digestivo hay al menos siete tipos diferentes de receptores dedicados a este neurotransmisor que se encarga de los movimientos gástricos e intestinales, así como de todo el proceso químico que tiene lugar en el tubo digestivo. Aunque la serotonina también se produce en el cerebro, la mayor parte de la que se presenta en nuestro organismo se encuentra y sintetiza en el sistema nervioso entérico (algunos llegan a afirmar que el 95% de ese neurotransmisor, responsable de esos nervios en el estómagago se fabrica en los intestinos).

Para controlar el proceso digestivo el “cerebro entérico” utiliza dos tipos de células especializadas: Unas localizadas en las mucosas que cumplirían una función sensorial (al estilo de las papilas gustativas de la lengua) controlando la consistencia, humedad, peso, contenido de ácidos y glucosa, etc. de los nutrientes que se van desplazando por el intestino; y otras situadas en capas más profundas que son las que producen serotonina como respuesta a la estimulación de la mucosa, segregación que genera a su vez otros neurotransmisores como la acetilcolina. Inclusive se ha encontrado la producción de dopamina en nuestros intestinos, que disminuye la motilidad del intestino delgado y aumenta la del colon, de neurotransmisores como el GABA de fundamental importancia en el control del esfínter esofágico (el encargado de los reflujos) y al menos otros 30 neurotransmisores que influyen en el cerebro o sistema central.

¿Cómo se comunican estómago y cerebro para que aparezcan esos nervios en el estómago?

Aunque existe cierta independencia, el sistema entérico y el sistema nervioso central se encuentran vinculados; algunos nervios del sistema nervioso central se conectan con diferentes órganos del tubo digestivo.

El nervio vago juega un papel importante en diferentes sistemas corporales, y en el caso que nos ocupa hoy es el principal responsable de que cerebro y sistema digestivo se comuniquen, estableciendo entre ellos un diálogo bidireccional en el que de hecho la cantidad de información que va del estómago al cerebro es mayor que en sentido contrario: alimentarnos está regido por el cerebro pero, para llevar esta conducta a cabo, éste necesita conocer el buen o mal funcionamiento del sistema digestivo o de si lo que hemos consumido con anterioridad nos ha resultado nocivo, beneficioso, escaso o excesivo, por lo que para controlar nuestra ingesta el estómago tendrá que proporcionarle este tipo de información al cerebro a través del nervio vago y los microorganismos de la flora intestinal.

Además, el nervio vago contribuye a controlar la actividad del intestino: en especial cuando el organismo se encuentra en una situación de tensión o de peligro el sistema simpático detiene el funcionamiento y las secreciones digestivas y, cuando éste peligro pasa, es el nervio vago el que reactiva su funcionamiento al actuar a nivel parasimpático, participando en la emisión de bilis.

A su vez el funcionamiento del cerebro también influye en la síntesis y gestión que el sistema entérico hace de los neurotransmisores. En estas situaciones de estrés o ansiedad se producen desequilibrios neuroquímicos que afectan al sistema nervioso entérico y su motilidad. La modificación de la secreción de los neurotransmisores, la flora intestinal y la comunicación que ello conlleve, afecta al funcionamiento del sistema inmune, lo que a su vez genera un efecto indirecto sobre nuestro estado de salud y cómo nos comportemos frente a él.

Las personas que tienen un importante déficit de serotonina en su organismo pueden sufrir algún tipo de enfermedad inflamatoria intestinal precisamente por esa carencia. Esto podría explicar esa sensación de nervios en el estómago. Así que la presencia de trastornos intestinales puede tener vinculación con aspectos como la ansiedad, y se ha demostrado que la presencia de trastornos ansiosos o depresivos puede generar el empeoramiento o incluso la aparición de problemas digestivos como la úlcera péptica o el colon irritable.

Pero no todo va a ser motivo de alerta en esta comunicación, y pese a que aún sea necesario investigar más profundamente acerca de los efectos, se ha detectado que algunos de los microorganismos que recubren nuestro sistema digestivo pueden generar sustancias antioxidantes y antiinflamatorias que pueden llegar a afectar positivamente a nuestro cerebro, estimulando a unas células protectoras llamadas astrocitos y pudiendo retrasar la neurodegeneración.

Así que en resumen, el trabajo conjunto entre los neurotransmisores, la flora intestinal, el nervio vago, el sistema nervioso autónomo y nuestro procesamiento cerebral, entre otros sistemas, están detrás de esos “nervios en el estómago” que sentimos, como una maquinaria que se comunica, complementa y coopera para funcionar como un todo.

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