¿Cuándo acabará (de una vez) todo esto? ¿Estaremos en confinamiento hasta mayo como mínimo? Y peor aún, ¿qué ocurrirá después? ¿Entraremos de nuevo en una crisis económica?” En definitiva, ¡¿Hasta cuándo durará esto?! Estas son las nuevas grandes preguntas de la humanidad, las que todos nos estamos haciendo. Hoy hablamos sobre la angustia ante la incertidumbre que vivimos estos días.

La angustia ante la incertidumbre por el coronavirus

Paradojas de la vida, hace poco tiempo –sin imaginarme siquiera todo lo que se nos vendría después-, escribía precisamente en este blog lo siguiente:

Pensamos que nuestra vida va a ser más o menos estable, sin grandes imprevistos. Es humano. Ninguno de nosotros piensa que mañana mismo vaya a sufrir un golpe inesperado que lo cambie todo de la noche a la mañana (y ojalá que no) pero, ¿qué ocurre si realmente es así? Es poco probable, pensarás, pero es posible que, de repente, tengamos que vivir un acontecimiento fulminante que desmonte todo tu mundo, que te rompa los esquemas de lugar seguro que tenías hasta entonces, y que te haga replantearte todo en lo que creías y todo cuanto tenías […], que suponga un antes y un después en tu vida. (Puedes seguir leyendo aquí).

…Y aquí estamos. Un mes después. Nada más acertado. Quién se lo hubiera imaginado, ¿verdad? Lo queramos o no, se nos ha impuesto esta situación, nueva y desconocida por todos/as. Es la primera vez que vivimos una situación parecida –lo único quizá comparable en parte pudiera ser la época de guerra, salvando sus enormes distancias-, por lo que no tenemos una referencia clara en el pasado que nos permita saber cómo actuar de la mejor manera posible o predecir qué pasará después.

Y aquí estamos, aprendiendo, de forma obligada y sin modelo a seguir, a convivir con la incertidumbre. Con sus más y sus menos. Pero no es tan sencillo –ni mucho menos, ¡ojalá! Es nuestro talón de Aquiles-. Algunas personas pueden incluso desarrollar angustia ante la incertidumbre; son incapaces de no saber, de no controlar. Y esto agota sobremanera, y paraliza.

El no saber nos asusta. Y mucho. Al ser humano le gusta vivir con certezas, con seguridad, con estabilidad, con rutinas y reglas predecibles que permitan controlar el caos. En la época de la inmediatez, del todo aquí y ahora, se nos impone parar, frenar. Por eso nos cuesta tener que esperar a que algo se resuelva sin poder hacer nada por conseguirlo, nos cuesta asumir los imprevistos, porque todo lo que escapa a nuestro control nos descoloca. Por eso nos cuesta tanto tolerar la incertidumbre. Porque nos demuestra que somos vulnerables. Que no podemos controlarlo todo. Y eso nos genera inseguridad. Por lo que queremos evitarlo a toda costa.

Pero, aunque cueste, se puede. Podemos aprender a convivir con la incertidumbre. De nada sirve luchar contra ella, estaríamos dándonos cabezazos contra la pared una y otra vez (y más ahora, en aislamiento domiciliario). Bromas aparte, ¿sirve de algo? ¿Cambiaría algo? Lamentablemente, no. Ahora lo podemos ver más claro que nunca, en esta situación. Por más que queramos, por más que lo deseemos con todas nuestras fuerzas, hay veces en la vida que no, que se puede. Por mucho que lo queramos. Pero, ¿sabes qué? No pasa nada. Tenemos que aprender a aceptar la frustración de no saber. A asumir que no es posible saberlo todo. Es más, si te paras un momento a pensar, la mayor parte de las cosas es imposible saberlas; la vida es incertidumbre, lo queramos o no. Y aun así, vivimos. Y disfrutamos, ¿verdad? Por tanto, no es tan necesaria, ni mucho menos, la certidumbre.

Al contrario; la “fórmula secreta” para aprender a tolerar la incertidumbre es precisamente exponernos a ella y aceptarla, con curiosidad, sabiendo que es una sensación adaptativa y temporal, que nos ayuda a sobrellevar y afrontar la situación y también, por qué no, pensando que todo el mundo está en la misma situación. E intentando, en la medida de lo posible, vivir el día a día, el ahora (porque la posibilidad de hacer pequeños cambios concretos en el presente aumenta nuestra sensación subjetiva de control y limita la incertidumbre del futuro), sin anticipar de forma catastrófica (porque la incertidumbre se retroalimenta de preocupaciones dramáticas o catastróficas del futuro) y, sobre todo, sin intentar controlarlo todo –máxime el futuro-.

Porque tenemos la enorme suerte de garantizar que saldremos de esta, seguro, y ojalá siendo expertos ante la incertidumbre o, cuanto menos, con más recursos personales de afrontamiento.

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