Para conducir un coche necesitamos que éste pueda acelerar y frenar, usando una función u otra dependiendo de la vía por la que circulemos: no será lo mismo conducir por ciudad en la que tendremos que ir a una velocidad moderada, frenando en semáforos, rotondas o pasos de cebra, que conducir por una carretera nacional, autopista o autovía en la que necesitaremos mayor velocidad, procurando no hacer giros o frenazos bruscos si no se necesita. Pues nuestro organismo es igual, nuestro sistema nervioso autónomo cuenta con una especie de acelerador y un freno para hacer frente a las necesidades de las situaciones que vivimos: el acelerador es lo que llamamos el sistema simpático, mientras que el freno sería el sistema parasimpático. Hoy nos ponemos en contexto y hablamos de cómo activar el sistema parasimpático, ese freno tan deseado cuando sentimos que la ansiedad nos hace vivir a 200km por hora.

Los pedales de nuestro cuerpo: el sistema nervioso autónomo

El sistema nervioso autónomo (SNA), también llamado vegetativo, es un componente importante del sistema nervioso formado por un complejo conjunto de neuronas y vías nerviosas que controlan la función de los diferentes sistemas viscerales del organismo. A través de sus tres componentes (simpático, parasimpático y entérico), regula la respiración, la circulación, la digestión, el metabolismo, la secreción glandular, la temperatura corporal o la reproducción. Y es el principal encargado de mantener todas estas funciones de nuestro organismo en estado de homeostasis, o lo que es lo mismo, busca coordinar y reestablecer su equilibrio cuando éstos sistemas se ha desajustado por las necesidades de adaptación a cambios del medioambiente, ya sean internos o externos.

Culturalmente en nuestra sociedad las personas valoramos la estabilidad, el balance o equilibrio como algo positivo y deseable. Nuestro organismo también. Sin embargo, el desequilibrio a veces no es algo tan aceptado, creyendo que es algo negativo o peligroso que tenemos que evitar cueste lo que cueste. En esto, nuestro organismo disiente de nosotros: el desequilibrio es útil para hacer frente a las necesidades del momento, como puede ser aumentar nuestra actividad interna para correr por la orilla de la playa, mientras que lo que buscamos tumbados en la toalla es aumentar nuestro estado de inactividad, para estar en calma. ¿Te imaginas si fuese al revés? Es más, ¿te imaginas tener el mismo nivel de activación corriendo que tumbado/a en la toalla?, seguramente no disfrutaríamos de la misma manera estas actividades.

Este desequilibrio es natural y necesario en actividades de nuestro día a día, y necesitamos que nuestro organismo pueda generar momentáneamente cambios de activación/desactivación para dar respuestas adaptativas según el momento. El sistema que posibilita estos cambios es nuestro SNA.

Conociendo las reglas del SNA

Una peculiaridad de nuestro SNA que tenemos que conocer es que, como su propio nombre indica… es autónomo a nuestra voluntad. ¿Acaso podemos conscientemente disminuir nuestra temperatura corporal o hacer la digestión más rápida si así lo deseamos? Seguramente ya te habrás contestado que no, es algo obvio. Sin embargo, el conflicto aparece cuando creemos que ciertos procesos que gestiona solito nuestro SNA, como la aceleración cardíaca o un temblor de manos ante un grupo de oyentes, sí podemos controlarlos sólo con pedírselo a nuestro cuerpo; “cálmate…” tendemos a decirnos si nos observamos nerviosos o con ansiedad. El problema es que en esas situaciones que experimentamos temor, miedo, e incluso terror, terminamos con verdaderos quebraderos de cabeza buscando la “desactivación” que parece no llegar nunca por mucho que lo imploremos.

Otra particularidad de nuestro SNA es que está diseñado para realizar un control multisistémico de forma continua y constante a lo largo de los ciclos vitales, tanto en reposo como en actividad. Siendo capaz de modificar con rapidez e intensidad las funciones viscerales: en pocos segundos puede, por ejemplo, incrementar hasta el doble la frecuencia cardíaca y la presión arterial, provocar una intensa sudación, vaciar la vejiga urinaria o activar la motilidad y secreción digestivas.

Su componente simpático se activará para colocarnos en una situación de defensa ante circunstancias de peligro, real o potencial, provocando unas serie de respuestas (que percibiremos en forma de síntomas), bastante generalizadas en nuestro organismo. Quizás entrar a un centro comercial a priori no parece peligroso, pero si lo consideramos como un escenario del que no podremos salir, sentiremos que es un peligro potencial para nosotros y nuestro sistema simpático estimulará nuestras funciones viscerales, queramos o no, con el propósito de proteger nuestra integridad.

A nuestro organismo le gusta la homeostasis, es por ello que además del acelerador contamos de forma natural con un freno: el sistema parasimpático. Está relacionado con funciones protectoras y de conservación, que favorecen el correcto funcionamiento particular de los diferentes órganos viscerales. En este caso la puesta en marcha del proceso desactivador no se hace simultáneamente, sino que irá desacelerando diferentes núcleos de neuronas parasimpáticas, promoviendo respuestas como la constricción pupilar (para proteger la retina de un exceso de iluminación), disminuyendo nuestra la frecuencia cardíaca (para evitar una actividad excesiva), broncoconstricción (para proteger los pulmones), aumentando la motilidad y secreciones digestivas, la actividad urinaria y la genital.

¿Cómo ayudar a nuestro sistema parasimpático?

Recordemos que los movimientos que realice nuestro SNA, y más concretamente el parasimpático, no son controlables directamente a través de nuestra voluntad. Cuando estamos sintiendo que algo es peligroso (aunque nuestra razón nos diga lo contrario), buscar el sosiego de forma inmediata y directa a base de órdenes exigentes, no es el lenguaje que entiende nuestro organismo. Para hablar con él tenemos que hacer uso de actividades de forma activa en donde encontremos nuestro lugar de calma:

• Procurar prestar atención a nuestra higiene del sueño.

Al igual que no descuidamos nuestra higiene corporal, la higiene del sueño suele ser la gran olvidada. La falta de sueño tiene impactos altamente nocivos en la salud, tanto física como mental, y lo que hagamos durante el día será lo que nos prepare para reponernos en la noche. Un descanso reparador favorece un mayor equilibrio metabólico, que durante el día estemos más concentrados/as en las actividades que realicemos, rindamos mejor y estemos menos irritables. Dormir es un reconstituyente de por sí.

Incluir en nuestras rutinas ejercicios que nos ayuden a acercar nuestra mente al cuerpo y viceversa.

Nos referimos a ejercicios de respiración, relajación y meditación, haciendo especial hincapié en éste último, ya que a través de ejercicios de meditación aprenderemos a trabajar con la atención sostenida en la percepción del cuerpo y las sensaciones, disminuyendo la actividad interna de nuestro organismo.

La actividad física también tiene algo que decir.

Después de hacer ejercicio, en el que nuestro sistema simpático está trabajando, se pone en marcha nuestro sistema parasimpático disminuyendo la sudoración, la frecuencia cardíaca, etc. Si te da miedo hacer ejercicio por temor a sentir esa activación del sistema simpático, empieza con un deporte más ligero, adáptalo a tus gustos; de hecho simplemente con hacer estiramientos estás ayudando a tu organismo a relajar, o también disciplinas como el yoga o el tai chi beneficia al SNA en general. Hacer ejercicio es una buena forma de contactar con la percepción de estados de activación y posterior relajación, y así aprender a manejarnos en ellos.

Realizar actividades que nos gusten también es sinónimo de salud.

Guardar ratos en los que elijamos invertir nuestro tiempo en actividades que disfrutamos, sobre todo las que requieren manipular objetos, como pintar, jardinería, cocinar… no requieren excesiva activación por nuestra parte y nos ayudan a focalizar nuestra atención en algo que nos libera de tensión y disfrutamos.

Escuchar cierto tipo de música nos transporta al sosiego.

La música es una herramienta muy potente con la que conectar con nuestras emociones y encontrar un lugar en el que no parezca que haya nada más. Hacerlo como una única actividad, sin que sea tenerla de fondo mientras hacemos otra cosa, nos ayuda a revivir escenas gratificantes o simplemente a dejarnos transportar por melodías o sonidos que nos relajen. Para ello la música clásica o melodías de piano son muy recomendables, aunque sobre gustos no hay nada escrito.

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