Llevamos más de 50 días confinados sin salir de casa salvo para hacer la comprar o como mucho aquellos que han tenido que seguir yendo al trabajo, o hemos seguido un riguroso y estricto confinamiento y no hemos salido en ningún momento. Hace una semana que los niños ya tienen permitido dar paseos con un acompañante y desde hace relativamente poco, los adultos podemos disfrutar del aire libre y el deporte en determinadas franjas horarias según la edad que tengamos. Entonces, ¿por qué tengo miedo a salir a la calle, ahora que puedo?

¿Por qué tengo miedo a salir de casa?

Es posible que algunos de nosotros estemos retrasando la idea de salir de casa porque no vemos nada claro poder salir, aunque se pueda. La sola idea de poner un pie en la calle nos genera miedo, ansiedad y un sinfín de pensamientos negativos asociados a esas emociones y a la “nueva normalidad” que no nos convence nada. Saber, que tener cierto temor, cierta ansiedad es absolutamente normal. Es más, aunque no lo parezca es bueno y saludable, puesto que a quien no le dé respeto salir a la calle será menos capaz de valorar los peligros y tendrá más riesgo de contagio.

El síndrome de la cabaña es un estado anímico, mental y emocional que se puede dar en nosotros tras pasar un tiempo en reclusión forzosa, y tenemos dificultades para volver a la situación previa al confinamiento. Se siente miedo, incluso pánico o fobia, por volver a salir a la calle; queremos quedarnos en casa, porque es un lugar en el que nos sentimos más seguros. Tranquilos, el simple hecho de haber pasado tantas semanas confinados habitúa a nuestro cerebro a esa seguridad que encontramos entre las cuatro paredes del hogar. Tenemos que tener en cuenta que el coronavirus no ha desaparecido, el riesgo de contagio sigue presente y es comprensible que el temor a poder contagiarnos eleve aún más la inseguridad, la angustia y el miedo por salir al exterior.

Los principales síntomas psicológicos del Síndrome de la Cabaña son ansiedad, inquietud, miedo, algunos síntomas depresivos, problemas de sueño, pensamientos negativos o catastrofistas, rumiaciones constantes. Estos efectos psicológicos derivados del aislamiento afectan más a las personas mayores, personas que lo han pasado completamente solas, aquellas que no han podido tener contacto familiar o no han tenido acceso a las nuevas tecnologías, puesto que en estos casos el aislamiento ha sido más restrictivo, niños, adolescentes y personas con un trastorno de hipocondría.

Otro de los factores que incide en este síndrome es la incertidumbre a la que estamos expuestos constantemente y la consecuente sobreexposición a las noticias. Esta incertidumbre deriva en miedo al interpretar la información que tenemos (o la falta de ella más bien) de una manera poco ajustada a la realidad (promovido por miedo y desinformación), lo que hace que la inseguridad por lo que hay fuera aumente.

Es verdad que la información puede ayudarnos a enterarnos de las cosas, pero hay que tener cuidado, puesto que es un arma de doble filo. Con la información que recibimos podemos caer en quedarnos enganchados dando vueltas a la información una y otra vez, lo que lleva a nuestra ansiedad a dispararse. Hay que intentar equilibrar la balanza apostando por la objetividad para poder llevar lo mejor posible la situación a la que se refiere.

Además del miedo y de la ansiedad, otra emoción que también se da y que puede hacer que nos cueste salir, es el enfado. Con asomarnos a la terraza y ver que alguna gente no cumple con las medidas de seguridad, que nuestra frustración e ira se pongan en pie de guerra, haciendo que perdamos, en cierta manera, la esperanza de que las cosas puedan ir mejor y nos llenemos de una rabia y una sensación de injusticia que es complicada de gestionar porque el cambio en ese aspecto no está bajo nuestra responsabilidad, sino en el otro.

Cómo combatir este miedo

Primero de todo reconocer que tenemos miedo, es el primer paso, identificar la emoción y permitirnos sentirla, sin oponernos y sin luchar contra ella. Con este paso ya estamos comenzando a regular la emoción. El miedo nos protege, es un aliado, no un enemigo.

Una vez que hemos abrazado la emoción, sabemos que enfrentarnos a lo que nos da miedo hará que esta emoción se haga más pequeña. Asimismo, recuerda que no debemos forzarnos, y, si necesitamos tiempo, nuestra salida a la calle puede ser de manera paulatina, gradual. Por ejemplo: No pasa nada por salir un lunes en vez de un sábado. ¿Hasta dónde? En vez de un kilómetro, voy a dar primero una vuelta a la manzana. Cada uno de nosotros tiene que irse marcando sus propias pautas, tanteando como se va sintiendo con la consecución de cada una de ellas. No queramos correr, date tiempo, es normal que nos cueste pasar de 0 a 100, por ello lo más recomendable es que sea poco a poco, de 0 a 5, de 5 a 10… Puedes incluso bajar al portal y dar unos pocos pasos y volver de nuevo, en el fondo lo difícil es pasar esa barrera, una vez rota, el resto viene prácticamente solo.

Cuidado con los pensamientos negativos ligados al miedo y a la ansiedad, hay que intentar en la medida de lo posible ser lo más objetivos que podamos con la realidad que tenemos fuera de nuestro hogar. Si quedamos atrapados en los bucles catastrofistas nos costará mucho más arrancar y salir a que nos de el solecito. Estar pensando una y otra vez en ¿Y si…? hará que nos bloquemos y no salgamos, este tipo de pensamientos distorsionado alimenta nuestro miedo y nuestra inseguridad.

Si cuando salgamos vemos que hay gente que no cumple correctamente con las medidas de seguridad necesarias o con las normas dictadas, también hemos de validar nuestro enfado. Tenemos razones para estar enfadados, no podemos controlar a los demás, no es nuestra responsabilidad, por tanto, para no quedarnos encerrados en el enfado de lo que “debería o no debería ser”, lo mejor es focalizar la atención en los factores que si podemos controlar, es decir, nuestro propio comportamiento. En este sentido, hemos de centrarnos en ser responsables de forma individual y, si lo creemos conveniente, como mucho podemos expresarle al otro que mantenga la distancia de seguridad, aun así, tened en cuenta que pueden no hacernos caso. Recordad que hay muchos factores que no dependen de nosotros. Una vez tomadas estas medidas hemos de procurar centrar nuestra atención en los aspectos agradables de estas salidas.

Es importante que pidáis ayuda si cada vez más os aterra la idea de salir de casa. Si estas bloqueado y ves imposible pasar del umbral de la puerta, o el mero hecho de visualizarte en la calle te genera una ansiedad y un miedo “incontrolable”, cuenta con nosotros. Podemos ayudarte a dar los pasitos para retomar la nueva normalidad y gestionar las emociones y los cambios que esto va a suponer.

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