El primer ataque de pánico no parece avisarnos. No sabemos qué nos está sucediendo y tampoco sabemos exactamente cómo abordarlo. Podemos observar diferencias en la causa, el lugar o la edad con la que se vive ese ataque de pánico inicial, pero una cosa puede ser similar en todos: después de esa primera experiencia parece que uno no vuelve a vivirse como el que era… ha sentido el terror brotar por todos sus poros. En el post de hoy nos acercamos a la intimidad de cómo se vive un ataque de pánico; hoy hablan ellas y él, cuatro personas que comparten con todos nosotros cómo lo recuerdan y lo que a través de la terapia han ido identificando.

Pensamientos que me aterran

La primera crisis de ansiedad que reconocí me pillo en el coche. Estaba con mi novio, volviendo de una cena con buenos amigos. Estábamos hablando y comentando la cena relajadamente. No me daba cuenta, pero durante esa conversación, estaba teniendo varios pensamientos negativos, y muy catastrofistas. Cuando terminó la velada y ya de vuelta a casa, iba conduciendo cuando de repente, en medio de la autopista, se me tenso todo el cuerpo como si fuera un bloque de hierro: las piernas, los brazos, el cuello… Empecé a hiperventilar.

Mario, dime algo bonito. No sé qué me pasa pero no me puedo mover.” Mario estaba asustado pero me dijo que pensara en algo bonito, en un atardecer. Mientras tanto, intentaba girar el volante para ir a la vía de servicio, pero no podía. Estaba completamente paralizada. Con suerte, el camino era todo recto hasta llegar a casa.

Al principio pensaba que le había cogido miedo al coche. Cuando conducía me inundaban los pensamientos negativos, que son perturbadores, dan miedo y me daba hasta vergüenza reconocer. Eran pensamientos del tipo: “vas a tener un accidente”, “¿Y si giras el volante y atropellas a alguien?” “Nunca serás capaz de volver a conducir y eso es terrible”.

En este caso, y en el de muchos otros, uno de los focos que puede causar más pánico son las sensaciones físicas acompañadas de pensamientos en los que tememos hacernos daño o hacérselo a otros. A veces el terror nos deja congelados, sin sentirnos capaces de enfrentar o huir de la situación en la que se desencadena, porque ¿cómo huir de nuestros propios pensamientos? La respuesta natural de miedo es intentar controlarlos, evitarlos… sin darnos cuenta de que, en la propia relación que se mantiene con la ansiedad, lo que más nos puede paralizar es la vergüenza que sentimos por experimentarlo.

Con la terapia me di cuenta de que el problema no era el coche. Lo que originó la ansiedad es mucho más profundo. No es tener pensamientos negativos, sino el creerme esos pensamientos negativos y confundir pensar con desear. Con el tiempo y el trabajo diario aprendí a no asustarme, me di cuenta de que una vez sabes que pensar no es desear, tenía pensamientos y al no darles importancia, pasaban de largo sin causar impacto en mí.

Hoy sigo enfrentándome a las situaciones que me dan miedo, con miedo, pero acepto el miedo y las hago. La ansiedad ya no me limita.

El primer ataque de pánico: el comienzo de nunca jamás

Siento la necesidad contaros mi historia por varios motivos, entre ellos, el de sincerarme una vez más conmigo mismo y con los demás. Y es que veréis, en alguna ocasión mi terapeuta me ha preguntado acerca de mi primera experiencia con la ansiedad y yo he respondido siempre con evasivas del tipo “no lo recuerdo” o “creo que ha estado siempre conmigo” pero si lo recuerdo, claro que lo recuerdo, cómo olvidarlo ¿verdad? Lo que pasa es que, en mi caso, esa primera vez tiene un componente que yo siento un tanto comprometedor, a alguno os parecerá una estupidez a otros sin embargo no tanto.

No fue el ataque más intenso, ni el más largo ni siquiera es el que peor recuerdo me ha dejado, pero sé que es el más importante porque fue el que enseñó a mi mente que hay límites que puede cruzar. Fue ese ataque el que rompió la falsa burbuja de control en la que hasta entonces vivía, el que me enseñó que el miedo era algo más que una palabra, que podía ser algo físico, que podía tocar, oler, saborear, sentir. Fue, de alguna manera, ese momento en el que perdí la inocencia, el que hizo aparecer en mi vida un enemigo nuevo con el que no contaba en absoluto, yo mismo.

Era el año 1995, yo tenía 17 añitos y ya llevaba un tiempo saliendo por las noches, eran otros tiempos. Solía salir con un amigo que era un chico algunos años mayor que yo, una de esas personas que cae bien a casi todo el mundo, con esa habilidad que tienen algunos de hacer que a los dos minutos de conocerle ya confíes en él, lo sabía y, en ocasiones, lo utilizaba en su beneficio. Así que con la inestimable colaboración de mi amigo, y mi naturaleza de chico responsable, no me costaba mucho convencer a mi madre para que me dejase salir toda la noche a edades tan tempranas.

Fue él quien me introdujo en el aún incipiente mundo de la música electrónica, un mundo de antros oscuros, de gente extraña y de drogas, nada que ver con la industria millonaria y masiva de ocio y entretenimiento en la que se ha convertido hoy. Yo ya había tomado “éxtasis” antes y lo hice después, lo pasaba bien, me hacía inhibirme socializar, y para una persona un tanto tímida como yo, aquello era fantástico. Para mí era, por aquel entonces, como un ticket a una especie de país de “nunca jamás”, un excitante secreto que solo unos pocos conocíamos.

Aquella noche pasó algo distinto, yo había tomado algo de aquella droga, no mucho, nunca lo hacía, soy persona de naturaleza precavida (uno de esos rasgos tan reconocibles en las personas que sufrimos trastornos de ansiedad), pero tal vez ese día el “farmacéutico” que había elaborado las grageas de “nunca jamás” había puesto especial esmero en su trabajo, total que el “subidón” que me provocó fue mucho más intenso de a lo que yo estaba acostumbrado.

Aquello me asustó, me asustó mucho. Lo que para cualquier otro de los que acostumbraban ese tipo de fiestas hubiese sido una bendición, para mí se convirtió en un infierno. Una euforia desbordada se escapaba a mi control, una sensación que hasta entonces no había conocido. Como ya he dicho, este mundo de la electrónica y las drogas de diseño aún era desconocido y a veces, algún noticiero hablaba de ello advirtiendo de los peligros de esas nuevas drogas y de que un par de chicos habían muerto en Holanda, Inglaterra o algún otro lugar a causa de ellas. Seguramente yo estaba muy lejos de haber tomado una dosis letal, pero en mi mente, acelerada con millones de pensamientos catastróficos por segundo en el que estaba inmerso (seguro que sabéis de que hablo), aquello era una posibilidad bastante cierta.

Me estaba muriendo, un calor sofocante me invadía, el corazón saltaba en mi pecho y yo lo observaba esperando que de un momento a otro se detuviese. Me volví ajeno a todas esas personas que me rodeaban, nadie me podía ayudar, estaba solo. Era como si de repente todo hubiese cambiado, la luz, la música, todo era distinto, estaba filtrado por el pánico que estaba viviendo. Quería escapar de allí, pero ¿a dónde? Era inútil. Me senté en uno aquellos duros sillones sin almohadillas de ningún tipo y allí me quedé sentado, rígido, con mis dedos clavados en la madera de aquel sillón, luchando por seguir respirando y con ese montón de pensamiento funestos que anticipaban mi muerte deslizándose por mi cabeza a la velocidad de la luz.

Es curioso cómo funciona la memoria que yo, un ser desmemoriado donde los haya, sea capaz de recordar hasta la canción que estaba sonando en ese momento. Y es que supongo que un acontecimiento de este tipo, que amenaza tu existencia y representa un peligro tan “real”, queda grabado a fuego en ella, simple cuestión de supervivencia supongo. Aquello duró no más de tres o cuatro minutos que parecieron eternos, después, poco a poco esa sensación fue desapareciendo dando paso a la calma y la extenuación de haber corrido la maratón de las arenas.

Un mal “viaje”, pensé, y así lo creí durante años. Más tarde comprendí que fueron las drogas las que provocaron ese episodio pero no las que me condujeron a mi trastorno, sino que durante años me quedé enganchado a la ansiedad por mi mentalidad, mi forma de afrontar la existencia; ya era, quizás desde mi más tierna infancia, proclive a ello. Algo había cambiado en mí, aquello marcó mi relación con las drogas, sin duda, pero lo que realmente marcó fue la relación conmigo mismo, porque ese fue el día que conocí lo que el miedo podía hacer conmigo.

Cuando evitar es la estrategia

No sabría muy bien decir cuál fue el primer ataque de pánico porque creo que desde el de los 8 años he tenido cientos pero no los identificaba como ataques de pánico o ansiedad si no como agobios. Es decir, me he agobiado porque este sitio está lleno de gente, porque hace mucho calor, porque he tenido que esperar mucho, porque hay mucho ruido…

Creo que intentaba justificar eso que me pasaba como algo normal ¿hay mucha gente que se agobia en sitios abarrotados de gente no? Pues yo era una de esas personas que le agobiaban muchas cosas, pero no pensaba que tenía un problema que se llama ansiedad. Sólo pensaba que era una persona nerviosa a la que no le gustaban las aglomeraciones y que si me sentía mareada o nerviosa en un sitio pues me salía un rato, se me pasaba y volvía a entrar y no pasaba nada.

Hasta que no me empecé a “agobiar” en situaciones o lugares que no podía justificar no me di cuenta de que tenía un problema. Para mí era “normal” ponerme nerviosa en unos grandes almacenes o en el autobús lleno de gente, pero no era tan normal sentir la misma sensación mientras estaba sentada tranquilamente en el trabajo delante del ordenador o estaba en casa viendo una película. Ahí fue cuando comencé a investigar por internet y di con lo que me pasaba: ataques de ansiedad. Y a partir de ahí si me pude dar cuenta de que esos “agobios” que yo llamaba, tenían los mismos síntomas que un ataque de ansiedad.

Me acuerdo de los dos más fuertes y a partir de los cuales empecé a desarrollar conductas de evitación:

Tenía unos 25 años más o menos y estaba haciendo un curso del que volvía a casa en bus. Lo cogía en cabecera de la línea, así que siempre estaba parado como unos 10 minutos esperando a que subiera gente para arrancar. Me subí y me senté, iríamos montados 4 o 5 personas, y cuando llevaba un rato esperando a que saliera el bus no sé ni cómo ni por qué, así de la nada, empecé a “agobiarme”.

Me faltaba el aire, me iba el corazón a mil y solo quería salir de allí y cuando ya me había levantado para salir… va el conductor y arranca. Ahí lo llevas. Así que aguanté como pude dos paradas y a la tercera me bajé del autobús y me fui andando para casa. Por el camino iba pensando en cómo era posible que me pasara eso si iba el autobús vacío y no hacía calor. Para mí no tenía explicación.

Estuve unos días sin querer coger el autobús y volvía a casa andando, hasta que un día me dije “voy a coger el bus a ver qué tal” … y se volvió a repetir lo mismo, dos paradas y me bajé. A partir de esa experiencia dejé de coger el transporte público, pero tampoco afectaba mucho a mi vida porque iba a los sitios andando o en bici o en mi coche. Total conocía mucha gente que no le gustaba coger el autobús así que tampoco le di demasiada importancia. Yo decía que le había cogido manía al bus y a nadie parecía extrañarle.

Hasta el siguiente ataque de pánico de los gordos pasaron como 7 años pero entremedias tuve cientos de mini-ataques y cada vez iba evitando más cosas: si iba a un concierto me ponía al final del todo, si estaba en un bar lleno de gente me sentaba cerca de la puerta, si iba al cine evitaba los asientos centrales, si íbamos de ruta por el campo cuando llevábamos más de una hora andando decía vamos a darnos la vuelta que ya tengo agujetas, o al súper iba a comprar a horas que hay menos gente. Hacía una vida normal pero condicionada por lo que yo llamaba “manías”.

El ataque de pánico que yo identifico como el más fuerte, y a partir del cual me di cuenta de que aquello empezaba a ponerse serio, fue en una autovía. Todo hay que decir que en esa época arrastraba un estado de nervios importante por problemas laborales y personales. Había quedado a comer en casa de una amiga, cogí el coche y cuando me iba a incorporar a la circunvalación me encuentro un atasco monumental. Había un accidente y un camión bloqueaba dos carriles de los tres que había. En ese momento me sentí atrapada, rodeada de coches y que no tenía escapatoria como otras veces.

Antes de aquello si me sentía mal en un sitio pues me salía a la calle y se me pasaba. Pero ese día no tenía a donde salir y entre en pánico total, taquicardias, sudores, temblores, me faltaba el aire…desesperación total. No sabía que hacer solo quería salir corriendo de allí pero no podía coger y bajarme del coche y salir corriendo. A los pocos minutos iba avanzando y salí del atasco, calculo que serían unos 10 min de espera pero a mí me parecieron horas. A partir de entonces le cogí “manía” a la circunvalación y a los atascos y tengo lagunas mentales de lo que pasó después. Solo sé que desde ese día cada vez que me daba un “agobio” de los míos ya no era lo mismo. Ahora me parecían más peligrosos y los vivía con más terror.

Mi cuerpo, mi pesadilla

Al contrario que en otros relatos, puede que no recordemos ese primer ataque de pánico, pero sí las sensaciones que se desprendieron de él. Y es que, a veces cuando nuestro cuerpo nos está hablando a través de sus síntomas, nos asustamos, nos encerramos en nosotros/as mismos/as y nuestra aprensividad crece y crece, sin darnos cuenta de que terminamos deseando no sentir… nada.

En realidad, no recuerdo bien como fue mi primer ataque de pánico, más bien al contrario, una nebulosa recorre todo ese tiempo, han pasado muchos años y se entremezclan unos con otros en la memoria. Lo que si recuerdo muy bien es que en aquella época pensaba que tenía algo grave. Cuando tenía que coger el metro, el autobús o algún otro medio de transporte, empezaba a encontrarme muy mal: una conocida sensación en el estómago, respiraciones cada vez más rápidas, parestesias, taquicardias, ideas recurrentes de que iba a morir y unas ganas enormes de llegar a casa.

Y allí se pasaba todo, al entrar por la puerta.

No sabía qué me pasaba, no me encontraba a salvo, nada era seguro, no escuchaba mis emociones (solo las sensaciones) tampoco desahogaba mis miedos. Pensaba que todo lo que tenía que hacer era huir a un lugar seguro, que algún día se resolverían espontáneamente todas esas sensaciones horribles, evitando siempre ir a cualquier lugar que no estuviese cerca de casa y alimentando la mentira cada vez más y más…

Y así, los años han pasado con periodos en los que me he sentido como en una pesadilla.

Ahora estoy mejor, en proceso de recuperar todo el tiempo perdido: todo lo que no expresé, todo lo que tapé y no dejé salir. Ahora estoy aprendiendo a conocerme, a conocer mi cuerpo, cómo funciona cuando me estreso, también a conocer mi mente y cómo respondo ante ciertas situaciones.

Hay varias cosas que me han funcionado para superar la ansiedad que terminan provocando los ataques de pánico:

• Soltar el control en momentos de ansiedad: llorar, temblar, tumbarme, relajar hombros y estómago…
• Revisar mis razonamientos erróneos y obsesiones.
• Hacer lo contrario de lo que la ansiedad y la resistencia me piden que haga.
• Exponerme paso a paso.
• Desmentir miedos.
• Persistir en lo que funciona y no querer resultados rápidos.
• Y sobre todo aceptar que la ansiedad puede estar ahí conmigo en cualquier momento o situación, pero yo puedo hacer algo, tengo herramientas.

Gracias a Belén, Gemma, Silvia y Manolo. Gracias compartir tan generosamente vuestras experiencias, por ponerle palabras a lo que para muchos es difícil.

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