Nos pasa a todos que en numerosas ocasiones nos sumergimos en una charla interna con nosotros mismos que a veces parece no tener fin, diálogos internos que nos sabotean, como si fuésemos un disco rayado que se repite en bucle lo que deberíamos o no hacer, lo que tendríamos que haber hecho, dándole vueltas y vueltas al problema que tengamos sin encontrar una solución.

El lenguaje en los diálogos internos

Somos lo que nos hablamos, el lenguaje no son solo palabras, el lenguaje es la forma que nosotros tenemos de percibir la realidad, es la manera en la que nos contamos “la película” a nosotros mismos, nuestros diálogos internos. Lo que importa en una experiencia, no es solo lo que vivimos sino lo que nos contamos acerca de lo que vivimos es decir la interpretación que nosotros hacemos sobre esa experiencia.

El lenguaje también es un reflejo de nuestros pensamientos, no es lo mismo hablar que pensar. Una palabra bien elegida puede economizar no solo cien palabras sino cien pensamientos, hay que elegir y cuidar nuestro lenguaje, nuestras palabras porque la forma en la que tenemos de dirigirnos al resto del mundo y a nosotros mismos son fundamentales para entender las relaciones que establecemos con nosotros y con los demás. Dependiendo de las palabras que elijamos para dirigirnos a nosotros mismos podemos ir hacia el camino del crecimiento o bien sabotearnos de tal forma que nos veamos envueltos en un bucle negativo.

Lo cierto es que nadie está exento de encontrarse frente a un problema que es incapaz de solucionar. Ya sea por la complejidad del mismo, o porque no contamos con las herramientas suficientes para resolverlo. Bajo estas circunstancias y si valoramos el problema como importante, lo normal es que aparezca la ansiedad: el reto se ha trasformado en amenaza. En este tipo de trastornos, es usual tener diálogos internos que refuerzan ideas de tipo negativo y que nos devuelven al episodio doloroso que aún no hemos podido superar. Lo peor de esta condición es que frente a cada nueva experiencia que nos recuerda lo sucedido, comenzamos a reaccionar negativamente, por considerarla potencialmente peligrosa, y puede llegar a desencadenarse un ataque de pánico.

Autosabotaje 1: El dilema del prisionero

Consiste en una forma que tenemos de relación con nosotros mismos en la vivimos como si fuésemos prisioneros. Hay veces que lo que ocurre es que nos sentimos atrapados.

Para las personas que sufren de trastorno de pánico si tuviésemos que hacer una fórmula matemática del ataque de pánico sería el espacio que existe entre nuestro miedo y la salida. Este dilema aparece porque la mayoría de las situaciones en las que podemos vivir un ataque de pánico se producen porque nos sentimos prisioneros, es decir sentimos que alguien nos ha metido por ejemplo en un avión y que ya no hay escapatoria posible.

Uno tiene que entender que en un principio hemos decidido hacer las cosas o no, he decidido quedarme en este sitio o he decidido marcharme. El ataque de pánico deja de tener tanto poder manipulativo cuando deja de tener sentido, y desde el dilema del prisionero vivimos las situaciones como si nos hubieran dejado atrapados, como si no tuviésemos nada que ver a la hora de estar o no estar en esa situación. El miedo no elige por mí, yo elijo el donde y el cuándo voy a estar.

Autosabotaje 2: Los dos perros

Este autosabotaje trata de como utilizamos, en determinados diálogos internos, personajes para no responsabilizarnos de una situación. Imaginaos dos perros (internos) uno grande y otro más pequeñito. El perro grande nos dice por ejemplo: “Esto tiene que acabar, vas a ir al gimnasio, vas hacer 150 flexiones, vas a comer sano, y además de eso te vas andar, porque tú no puedes seguir así” este es el perro que nos dice todo el rato lo que deberíamos de hacer. Y luego está el perro pequeñito que dice “es verdad, lo que pasa es que hoy no va a ser, pero mañana sin falta lo haces”, entonces el perro grande y el perro pequeño están constantemente jugando a esto.

Nos decimos todo el rato lo que deberíamos hacer como si fuésemos el perro grande, pero el perro pequeño (que también somos nosotros) nos sabotea, eludiendo cualquier responsabilidad sobre la situación, o lo que viene a ser lo mismo, evitando.

Autosabotaje 3: El mito de Sisifo

Sisifo es un antiguo griego que estaba condenado a subir una piedra a lo alto de una montaña y cuando Sisifo llegaba a lo alto de la montaña, la piedra caía de nuevo rodando por ella. Por lo cual Sisifo tenía que volver a bajar y comenzar de nuevo, así durante toda su vida. Sisifo se quedaba con la sensación de que nada valía para nada.

A nosotros en ocasiones nos pasa lo mismo, pensamos que las situaciones a las que nos enfrentamos son iguales y nunca cambian, es el dialogo que tenemos por ejemplo cuando tenemos otro ataque de pánico y me digo “ves, otra vez”. Es una forma de decirnos “que más da, para que te esfuerzas si no has aprendido nada, si vuelves otra vez desde cero”.

El hecho de que tengamos miedo o de que no consigamos ciertas cosas no quiere decir que no hayamos aprendido, nos conformamos con decirnos “total no vale para nada lo que haga”. Queramos o no siempre aprendemos para lo bueno y para lo malo pero estamos condenados (en el buen sentido) a aprender.

Autosabotaje 4: El príncipe y el borracho

El principito (el cuento) se dedicaba a viajar por los planetas y en uno de ellos se encontró a un borracho y le pregunto qué hacía ahí, el borracho respondió que beber para olvidar que tenía vergüenza de beber.

La vergüenza está detrás de muchos de los ataques de pánico que podemos tener, miedo a desmayarme delante de la gente, miedo a que se note que estoy teniendo un ataque de pánico. Parece que además del hecho de tener pánico somos culpables de tenerlo sintiéndolo como una vergüenza y terminamos pagándolo con nosotros mismos.

Autosabotaje 5: Si… pero…

Esta es la forma que tenemos de matar el deseo para no tener que enfrentarme a él. Es decir es ese autosabotaje en el que nos decimos “bueno a mí me gustaría hacer esto pero…” y termino diciendo que ojala pudiera hacer las cosas.

No terminamos de enfrentarnos a lo que verdaderamente queremos enfrentarnos, siempre aparece ese dialogo que frena nuestras ganas y nuestro deseo de realizarlo. El pero significa que una experiencia está por encima de la otra, y nos quedamos con eso.

Hacernos conscientes de este tipo de diálogos internos constituye un primer gran paso para recobrar el control y evitar una percepción negativa de nosotros mismos o de nuestro contexto, que finalmente solo consigue disparar nuestro estado de ansiedad.

El verdadero cambio ocurre cuando empezamos a detectar estos pensamientos negativos y los reemplazamos por otros alternativos más beneficiosos para nosotros. Es importante controlar nuestra respiración, relajarnos y afrontar las situaciones con calma. De lo contrario, las actitudes negativas y autodestructivas se perpetuarán.

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