Una persona en toda su vida puede pensar hasta 10 elevado a 80.000.000.000.000 cosas, ideas, recuerdos, emociones…. Éste es el cálculo basado en las neuronas del cerebro medio humano y las conexiones entre sí llevado a cabo por Mike Holderness y que publicó en la revista New Scientist. Con semejante cantidad, a lo largo del encadenamiento creativo de miles de ideas diarias, nuestra mente se dedica a generar todo tipo de pensamientos de diversa naturaleza, y sí, los pensamientos negativos forman parte de esa inmensa miscelánea. Pero ¿qué son realmente?, ¿hay manera de identificarlos?, ¿cómo nos afectan los pensamientos negativos?, tratemos de responder éstas preguntas.

El ejercicio de intentar explicarnos lo que vivimos

Seguro que has podido observar que ante a un mismo acontecimiento las personas lo vivimos y reaccionamos de forma diferente, incluso al contarlo a otros puede que las versiones no parezcan coincidir; por ejemplo lo que para unos es un reto, para otros puede ser una situación amenazante. ¿Por qué sucede esto?

Para dar luz a esta cuestión la psicología cognitiva ha trabajado durante décadas, investigando la influencia que el procesamiento de la información tiene sobre nuestra conducta. Desde este enfoque, los acontecimientos y situaciones nuevas se dan por sí mismas, y somos las personas las que intentamos dar explicación a lo que ha sucedido basándonos en nuestros aprendizajes anteriores, interpretamos, y generamos esquemas que vamos afianzando según crecemos y vivimos. Son éstas interpretaciones las que harán que nos emocionemos y reaccionemos de una u otra forma.

Somos seres racionales que piensan en automático

Muchos de los pensamientos que desarrollamos acerca de lo que vivimos son reflexiones conscientes, pero la gran mayoría de las interpretaciones son de carácter automático: cuando algo nos sucede tendemos a no pensar en todas las variables posibles, sino que, seleccionamos aquellas que nos cuadran y se relacionan con nuestros “esquemas” ya aprendidos anteriormente, y desechamos el resto de la información por una cuestión de economía mental.

Todo este procedimiento se hace tan rápido y automático que la mayor parte de las veces no somos conscientes de que lo hemos llevado a cabo; por contra, cuando nos vemos envueltos en una situación, lo que solemos identificar primero son las emociones que nos reporta. “Si estoy hablando y alguien bosteza, me sienta fatal”, si has pensado esto alguna vez, puedes comprobar que has sido capaz de identificar el enfado, pero ¿por qué ese enfado? depende de la persona y lo que haya aprendido anteriormente con lo que le haya pasado, y los significados que le haya dado, la explicación puede ser variada: le estoy aburriendo, no habrá descansado hoy bien, es un/a maleducado/a… Así que el mismo hecho (que la persona que tenemos delante bostece) sin darnos cuenta da origen a un sin fin de interpretaciones que, automáticamente, no solemos cuestionar.

Cuando los pensamientos se vuelven en nuestra contra

Ya podemos entrever que cuando interpretamos lo que pasa (o nos pasa) en realidad nos basamos en nosotros mismos para hacerlo, proyectamos en los otros lo que nosotros mismos hemos vivido o sentido. Esto es muy humano. El problema de este mecanismo es que cuando las interpretaciones que hacemos de forma automática son de carácter negativo sistemáticamente, vivimos la mayor parte de nuestras experiencias de forma hostil. Para distinguir las consecuencias que esto conlleva, es importante que primero nos detengamos a entender qué son los pensamientos negativos.

Un pensamiento negativo es una imagen, idea o frase enunciada mental o verbalmente, que lleva implícita una connotación no favorable del contexto en que se produce o la situación imaginada (porque anticipar se nos da bien también).

Como ya hemos visto son mensajes que:

  • Tienen que ver con nuestros propios aprendizajes y vida
  • Se viven como espontáneos (no los hemos generado a través de la reflexión de todas las posibilidades)
  • Resultan creíbles porque tienen que ver con detalles de nuestra historia

Pero además suelen ser mensajes específicos que encierran casi siempre las mismas palabras, que conllevan una intención similar y que además se nos presentan de forma insistente; como una especie de rótulo de neón que aparece repetidamente y que nos transportará a un grupo de recuerdos temidos, suposiciones o autorreproches. En el ejemplo del bostezo, “le estoy aburriendo” sería una interpretación negativa de esa señal, un eslogan que nos deja en una posición desfavorable (si pretendemos ser entretenidos con nuestro interlocutor), y que conectará fácilmente con recuerdos en los que nos hemos sentido así: una persona aburrida.

¿Cómo nos afectan los pensamientos negativos?

Desde que somos pequeños vamos recibiendo de una u otra forma mensajes de nuestro entorno familiar, social, instituciones educativas, etc. que, junto con nuestra capacidad de recordar, construyen y conforman los valores, reglas y significados que determinarán el concepto que formamos de nosotros/as mismos/as y la manera de valorar el mundo; en definitiva, lo que nos diferenciará a unos de otros en la práctica de vivir.

Si recordamos mensajes que nos hayan transmitido de dificultad y desconfianza, por ejemplo, es muy probable que ahora fije mi atención en aspectos que concuerden con estas emociones y termine interpretando contextos o lo que me sucede con cierto recelo o temor. En el ejemplo, interpretar ser una persona aburrida nos hará sentirnos preocupados, tristes, frustrados o enfadados y a raíz de esas emociones engancharemos con recuerdos que afiancen nuestra manera de verlo, incluso podemos entrar en bucles mayores que ya no tengan nada que ver con la situación en sí; pero ahí no quedará todo, es probable que si esto nos preocupa lo suficiente, para futuras ocasiones, estemos poniendo constante atención a que aparezca de nuevo una situación que pueda confirmarlo.

Además de ser pensamientos que dirigen sin darnos cuenta nuestra atención en las situaciones que vivimos, si no nos esforzamos por demostrarnos algo diferente, también pueden dirigir nuestras fantasías o lo que anticipamos que nos va a pasar en momentos futuros. Si afianzamos la idea de que somos aburridos/as, quizás no queramos ir a alguna reunión social, proponer un plan a una amiga, o llevar a cabo una exposición en público por temor a que se den circunstancias parecidas con las que confirmar nuestra interpretación. Evitando vivir experiencias basándonos en interpretaciones que no se han puesto en tela de juicio.

Así que no sólo influirá en cómo observamos los diferentes contextos, sino también en el concepto que cada uno/a tiene de sí mismo/a y de las herramientas con las que cuenta para hacer frente a las circunstancias (sean más amables o más difíciles de afrontar).

Y si vamos de lo general a lo concreto, a nivel fisiológico cada pensamiento genera a nivel cerebral la liberación neurotransmisores y hormonas, (Adrenalina, Dopamina, Noradrenalina, acetilcolina, etc.) cuyo efecto en el resto del organismo desencadena una respuesta que será más o menos agradable en función del tipo de sustancia liberada. Si la mayor parte del tiempo este tipo de pensamientos están al mando de nuestra atención (recordemos que son repetitivos) y esto se mantiene en el tiempo, sin desearlo, podemos estar favoreciendo que las cantidades de nuestra química cerebral tiendan a ciertos desequilibrios. ¿Y esto en qué se traduce? Pues que principalmente nuestras emociones son el resultado de estos procesos químicos, por lo que podríamos notar que sentimos más frecuentemente emociones displacenteras como el miedo, ira, rabia, frustración, etc.

¿Qué podemos hacer?

Identificarlos será el primer paso: si estas sintiendo una emoción que te desagrada plantéate a qué pensamiento responde, quizás sea una interpretación que puedes cuestionarte, pudiendo sacar más hipótesis que también son posibles (aunque te parezca más creíble la que te asaltó primeramente).

Para ello también ayudará que te esfuerces en dirigir tu atención hacia otros detalles o aspectos que están en juego.

Relativiza siempre que te des cuenta. No somos esto o lo otro, sino que nos comportamos según el momento, así como las situaciones pueden variar en el tiempo y nuestra forma de enfrentarlas también. Incluye el aprendizaje.

Y recuerda que no se trata de pensar en positivo o al contrario de cómo nos lo planteamos. Ver la botella medio vacía o medio llena no me ayudará a observarla como realmente está: a la mitad.

 “Los organismos humanos responden en principio a las representaciones de su ambiente, más que al ambiente mismo” Mahoney

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