Tengo miedo a todo” me decía mi paciente la primera vez que nos conocimos. ¿A todo? Le pregunté con incredulidad. “Si a todo“, respondió con firmeza. Y así me contó su historia:

“Yo tengo miedo a todo. Hace unos años empecé a tener mucho estrés por acontecimientos familiares complicados y eso me derivó en un ataque de pánico. Pasé tanto miedo en el momento y posteriormente a que se repitiese que he desarrollado agorafobia, mi casa es mi templo, y más allá afloran mis fantasmas más oscuros.

Mi agorafobia me ha hecho tener tanto miedo a tener miedo que tengo una especie de ansiedad generalizada que me acompaña hasta en sueños. Cómo mi cuerpo se acelera mucho de manera constante, me da miedo morirme así que beso también a ratos a la hipocondría. Sucumbida por mi organismo y mi atención constante en éste, me despersonalizo unas 3 veces al día. Entonces me siento la persona más extraña del mundo y el mundo me parece a su vez un lugar frío y extraño, lo que me lleva a desrealizarme con asiduidad.

Fruto de lo mencionado sufro a picos una tristeza profundamente intensa, siento que mi vida no tiene demasiado sentido y que la vida así no apetece ser vivida, intuyo que son caricias que me doy de vez en cuando con la depresión, pues no me siento triste, me siento estéril de alma. Entonces, a ratos me pregunto ¿Por qué con este cuadro no iba a yo a suicidarme? Y así florecen las fobias de impulsión, tengo tanto miedo a suicidarme que cierro mis persianas a cal y canto, me sumerjo más aún en la oscuridad, pero por lo menos, por momentos, siento estar a salvo.

Me siento un cuadro, y no uno de Van Gogh precisamente, por lo que me da vergüenza ponerme delante de otros seres humanos, así que sí, creo que me he aliñado un poco de fobia social. A esto he de añadirle que me siento tan atrapada en mi propia mente, que todo lo que se parezca al atrapamiento me da pavor: los ascensores, los metros, los aviones, los centros comerciales, las aulas, las personas, los cerrojos de los baños, las manifestaciones…”

Y así me contó su historia. Aunque yo seguí sin estar de acuerdo, a pesar de la clareza con la que pudo relatarme su historia.

¿Ves cómo tengo miedo a todo?

Sigo sin estar de acuerdo, repetí. Aunque entendí perfectamente que uno pueda llegar a concluir eso. ¿Difícil verdad? Difícil sería tener que volver a reconciliarse con todos y cada uno de los componentes de este mundo. Así que sí, comprendo que uno pueda perder la fe cuando cree tener que hacer la paces con todo, absolutamente todo lo que forma parte de este planeta.

Pero no, no creo que así sea.

¿Y si solo tuvieses miedo a algo? Y ese algo fuese a ti. Que no es poca cosa, pero quizá más cierto y honesto que creer que todo nos da miedo.

Los trastornos de ansiedad se caracterizan por la pérdida de confianza de la persona en su propio organismo. Su mente y su cuerpo han dejado de percibirse como seguros, para pasar a percibirse prácticamente como un enemigo al que vigilar para no sufrir un ataque devastador.

Y así es común, lo más común, que las personas con trastornos de ansiedad presenten comorbilidades (la presencia de uno o más trastornos además del trastorno primario). Se estima que el 80% de los pacientes que presentan ansiedad cursan otros trastornos ansiosos, estando también muy presente la comorbilidad con la depresión.

No nos hemos vuelto locos. Pero cuando uno desconfía de sí mismo de tal modo, “la expansión” es relativamente sencilla. Cómo el caso de nuestra paciente, muchos otros pacientes presentan cuadros similares.

Nuestra paciente presenta un trastorno primario, agorafobia, basado en una desconfianza absoluta hacia su mente que ha provocado la aparición de ansiedad en otros aspectos de su vida. Lejos de lo que podamos pensar, la intervención psicológica no tiene por qué eternizarse, aunque la ansiedad se haya extendido a otras áreas, pues el núcleo y el objetivo principal es la recuperación o generación de la confianza en nosotros mismos, como organismos adultos sanos, capaces de resolver por nosotros mismos.

Si algo nos enseña nuestra paciente es la importancia de pedir ayuda de manera temprana, evitando así, como decía un paciente con trastorno obsesivo compulsivo, que la ansiedad haga metástasis y se extienda. Y, aun así, la recuperación sigue siendo posible.

También su historia viene a enseñarnos la importancia de nuestro lenguaje y de entender bien nuestra propia historia. Porque delante de nuestros ojos nunca se puso nadie que temía a todo, si por el contrario, se pusieron delante personas que se vivían y se viven como armas de destrucción masiva, y ante eso hay solución.

Yo no tengo miedo a todo, tengo miedo de mí

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