Claves para potenciar la inteligencia emocional.

La Inteligencia Emocional (IE) es el conjunto de habilidades relacionadas con percibir, expresar, facilitar, comprender y regular tanto mis propias emociones como las emociones de los demás (incluyendo la empatía). No es algo genético o hereditario, sino que se puede mejorar y aprender. En este artículo daremos claves para potenciar la inteligencia emocional.

La inteligencia emocional, ¿se puede potenciar?

Si nos sigues a menudo, seguramente ya sepas qué es la inteligencia emocional y los innumerables beneficios que conlleva, y si no, te recomendamos que leas este artículo primero.

Como mencionábamos en el anterior post, la inteligencia emocional no es algo hereditario o genético -que se tiene o no se tiene- sino que se puede aprender, entrenar o potenciar. Sí, aunque te resulte extraño o difícil de conseguir, aunque creas que en ese momento de gran intensidad emocional crees que no tienes control sobre ellas y te dominan: podemos cambiar nuestra forma de sentir.

Ahora bien, la pregunta clave es: ¡¿cómo?! A continuación te dejamos cinco aspectos o factores para potenciar la inteligencia emocional:

1. Incorpora etiquetas de emociones en tu día a día.

La mayoría de nosotros sólo nos limitamos a decir simplemente que estamos bien o mal, por lo que muchas veces nos cuesta abrirnos y expresar más en profundidad lo que sentimos. Este primer paso tan aparentemente sencillo, como es ampliar mi vocabulario emocional y explicar a los demás de forma más detallada qué estoy sintiendo específicamente (estoy triste, sorprendido/a, decepcionado/a, entusiasmada/o, etc) nos ayudará a desbloquearnos, desahogarnos y a entender mejor por qué me estoy sintiendo como me estoy sintiendo, así como facilitar al otro que nos ayude a entendernos mejor y a manejar de forma más eficaz nuestra emoción. En este sentido es importante mencionar que hablar de lo que siento no es signo de debilidad ni vulnerabilidad, sino todo lo contrario. No te lo guardes para ti mismo/a, muchas veces no siempre lo mejor es callar y gestionarlo solo/a. Ya verás cómo con la práctica consigues mejorar la expresión emocional.

2. Reflexiona sobre qué ha podido pasar para que te sientas de esa manera.

Muchas veces vivimos “desconectados” de las emociones, cuando en realidad son una importante fuente de información de lo que está pasando; todas las emociones, incluso las negativas, cumplen una función (en general, me orientan o aproximan a algo que me resulta agradable o me protegen de un posible peligro o ataque personal, sea éste real o no). En este sentido, sin caer en la excesiva rumiación, trabajar la introspección y darme cuenta de que lo que siento muchas veces está determinado por lo que pienso o por la situación en sí me permitirá conocerme mejor y entender la/s posible/s causa/s de mi malestar -o euforia, que parece que siempre lo enfocamos todo a lo negativo, ¿verdad?-. En este sentido, si descubro qué ha podido causar que me sienta como me sienta en este momento, podré cambiarlo y, consecuentemente, dejar de sentirme decepcionado/a o mantener mi estado de alegría o esperanza, por ejemplo. De esta forma, si nos fijamos, estamos trabajando en el factor comprensión y facilitación emocional.

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3. Sé empático, intenta entender las emociones del otro.

Y lo mismo al revés, relacionado con lo anterior, si intentamos entender qué emoción o pensamiento está detrás del comportamiento de otra persona, podremos entenderle mejor y potenciar nuestra empatía. Detrás de cada comportamiento del otro (y tuyo), por muy negativo que sea, hay un motivo. Prestar atención, practicar la escucha activa e intentar ponerte en su lugar aumenta nuestra inteligencia emocional puesto que nos permite entender más al otro, por lo que ahorra muchísimos malentendidos y discusiones en nuestras relaciones sociales, sean familiares, de amistad o de pareja. ¡Pruébalo y ya verás cómo cada vez te va a costar (algo menos) más enfadarte con el otro!

4. Haz más aquello que te haga sentir mejor.

Sí, es cierto, suena al típico mensaje “Mr. Wonderful”, pero por muy evidente que parezca, es una de las mejores estrategias de regulación emocional. Cuando estamos tristes, hundidos o decepcionados, ¿qué solemos hacer, en general? ¡Premio! Quedarnos en la cama, sin hacer nada, y pensar en todo lo malo de nuestra vida para recrearnos más aún en lo desgraciado/a que soy. ¿Y eso sirve para algo? De verdad, ¿por qué lo hacemos entonces? Sí, es cierto que en esos momentos no te apetece hacer nada, no te sale, pero ¿no te ha pasado alguna vez que simplemente con salir a pasear o quedar con amigos lo empiezas a ver todo con perspectiva y te sientes (algo) mejor? Ojo, estas estrategias de regulación emocional son eficaces en general, pero cada uno de nosotros tenemos que conocernos y descubrir qué es exactamente aquello que nos permite hacernos sentir mejor (puede que para mí, por ejemplo, hablar con mis amigos no me ayude porque no termino nunca de desconectar del tema que me hace sentir fatal y sí que me sirva escuchar música o practicar ejercicios de relajación o reestructuración cognitiva, por ejemplo).

5. Sé asertivo.

Si soy capaz de reconocer y defender mis propios derechos en las relaciones con otros, no dejándome llevar por lo que los demás quieren que yo haga si realmente no quiero hacerlo, indirectamente estaré de igual forma previniendo la aparición de emociones negativas como la frustración o impotencia.

En definitiva, expresar, entender y, sobre todo, manejar o regular mis emociones, intentando que no me dominen, hundan o me desborden, es esencial en nuestro día a día, tanto para conocernos mejor a nosotros mismos como para relacionarnos con los demás. Aunque creamos que es difícil, si sigues estas estrategias comprobarás que puedes hacer mucho para poder aumentar, mantener o disminuir lo que sientes.

 

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