La Inteligencia Emocional (IE) es el conjunto de habilidades relacionadas con percibir, expresar, facilitar, comprender y regular tanto mis propias emociones como las emociones de los demás (incluyendo la empatía).

¿Qué es la inteligencia emocional?

Seguramente lo primero que se te haya venido a la cabeza al leer el título de este post es a Daniel Goleman. Y no vas mal encaminado/a. La inteligencia emocional es un concepto cada vez más popular en nuestro día a día, sobre todo gracias a Goleman –quien lo popularizó en 1995 en su bestseller mundial “Inteligencia Emocional”-, aunque en realidad los verdaderos “padres” de la inteligencia emocional son dos grandes psicólogos, Peter Salovey y John Mayer, quienes comenzaron a estudiar científicamente e introdujeron el término “inteligencia emocional” ya en 1990.

¿Por qué está tan de moda este concepto? Para responder a esta pregunta, tenemos que remontarnos a los antecedentes. Tradicionalmente se consideraba que ser una persona inteligente –en términos de cociente intelectual- garantizaba el éxito en la vida. Por tanto, quizá entendamos mejor ahora por qué en la educación actual se prima el conocimiento teórico o los aspectos cognitivos frente al desarrollo socio-emocional. No obstante, Salovey y Mayer se dieron cuenta de que las personas con altas puntuaciones en los tests de inteligencia o que eran académicamente brillantes en ocasiones no tenían tanto éxito profesional y personal como se presuponía (de hecho, el CI predice en torno a un 20% del éxito, según los últimos estudios al respecto). Entonces.. si ser inteligente no garantiza 100% el éxito en la vida, ¿qué otros factores o habilidades son necesarios? Es en este contexto en el que la Inteligencia Emocional (IE) entra en escena.

La inteligencia emocional hace referencia, por tanto, al conjunto de habilidades emocionales que una persona dispone para afrontar con éxito su día a día y adaptarse de forma adecuada al entorno. En concreto, las habilidades para percibir, usar, comprender y regular de forma adecuada tanto nuestras propias emociones como las emociones de los demás.

Salovey y Mayer plantean el Modelo de los Cuatro Factores de la Inteligencia Emocional, según el cual la inteligencia emocional está formada por cuatro grandes factores o habilidades básicas que se encuentran relacionados entre ellos de forma jerárquica (de los más simples a los más complejos, de forma que sólo se podrá alcanzar la última fase si se han conseguido los pasos previos):

1. Percepción y expresión emocional: es el primer paso. Consiste en identificar y darme cuenta o reconocer que estoy experimentando una emoción determinada (o identificar qué emoción están sintiendo los demás), así como expresarla de forma adecuada.

2. Facilitación o asimilación emocional: aunque a priori parezca un término difícil de explicar, podríamos decir que la facilitación emocional consistiría en tener en cuenta nuestras propias emociones para facilitar nuestro pensamiento (esto es, saber la estrecha relación entre pensamiento-emoción y conocer y aplicar la influencia que tienen las emociones en mi forma de pensar) y, en este sentido, aprender qué es aquello que me genera una emoción u otra para poder “autoinducirnos”, por decirlo de alguna forma, ciertas emociones en nuestro propio beneficio, que nos ayuden o faciliten la tarea. Por ejemplo: si sé que escuchar música triste me hace sentirme peor, cuando tenga una discusión con mi pareja intentaré escuchar música alegre.

3. Comprensión emocional: este factor hace referencia a poner una “etiqueta” o nombre a aquello que estoy sintiendo -alegría, tristeza, ira, ansiedad, etc- y, como su propio nombre indica, entender por qué estoy sintiendo lo que estoy sintiendo en este momento, sus causas y consecuencias (al igual que entender por qué los demás sienten una determinada emoción, esto es, la empatía).

Dentro de la comprensión emocional se incluirían también la habilidad para reconocer que existen emociones simultáneas (saber que ante una misma situación, puedo experimentar varias emociones a la vez, por ejemplo: sentir alegría pero también envidia ante una buena nota de un examen de un compañero) y reconocer las transacciones entre las emociones (esto es, pasar de una emoción a otra en un breve espacio de tiempo).

4. Regulación (o gestión) emocional: es el último paso y la habilidad más compleja de la inteligencia emocional. Consiste en utilizar diferentes estrategias o herramientas para manejar de forma adecuada nuestras emociones (y las de los demás) y evitar que nos dominen o sobrepasen, persiguiendo tres grandes objetivos: aumentar la emoción que estamos sintiendo, disminuirla o bien mantenerla en el mismo nivel de intensidad en la que aparece. Algunos ejemplos de regulación emocional pueden ser: hablar con los demás de cómo nos sentimos, cambiar la forma de pensar o afrontar.

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Los beneficios de poseer una adecuada inteligencia emocional

Se ha demostrado a través de numerosos estudios científicos que poseer una adecuada inteligencia emocional correlaciona con importantes beneficios. Algunos de los más importantes son:

  • Mayor relación con la felicidad y el bienestar psicológico.
  • Previene la aparición de problemas psicológicos (una alta IE correlaciona con menor ansiedad, estrés, depresión, ideación o intento de suicidio o consumo de drogas) y conductas disruptivas.
  • Mayor ajuste personal, en términos de mayor autoconocimiento y mejor autoestima, autoeficacia y confianza en uno mismo, así como facilitación de una toma de decisiones más acertada.
  • Favorece una adecuada adaptación y funcionamiento social y una mayor calidad de las relaciones interpersonales y profesionales (generando, por tanto, menores conflictos interpersonales).
  • Mejor rendimiento académico en niños y adolescentes y mayor rendimiento y satisfacción laboral en adultos.

¿La inteligencia emocional se puede entrenar?

Rotundamente, sí. No es algo genético o hereditario, sino que se puede mejorar y aprender. Si quieres conocer más sobre cómo potenciar o entrenar tu inteligencia emocional, ¡no te pierdas nuestro próximo post!

 

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