Todo el mundo siente miedo, con más o menos intensidad, focalizado a una situación determinada o no, ante un peligro real o imaginario. Sin embargo, en ocasiones el miedo deja de ser adaptativo para convertirse en algo que nos impide llevar una vida “normal”. Cuando el miedo ha llegado a ese límite podemos hablar de fobias.

Si usted imagina el comportamiento de una persona que padece una fobia, podrá posiblemente visualizar como esa persona evita activamente enfrentarse a ese estímulo fóbico. Es decir, el mecanismo más común de las personas que padecen fobias, es la evitación. Un mecanismo de defensa que tiene como fin la autoprotección.

Lejos de lo que podemos imaginar, existe una conducta completamente contraria a la evitación, que supone la búsqueda y autoexposición deliberada del objeto, situación o experiencia al que se teme consciente o inconscientemente. Hablamos de contrafobia.

¿Qué comportamientos podemos observar en la contrafobia?

Ir en contra de la fobia. Las personas que manifiestan contrafobia, muestran un comportamiento hacia los estímulos temidos muy diferentes a los comúnmente esperados. A simple vista este tipo de conductas pueden hacernos creer que la persona está exenta de temor, y la etiquetaremos como excesivamente valiente, con falta de miedo o incluso temeraria. Podemos observarlas enfrentándose a situaciones que la mayoría de las personas rehuirían (acariciando arañas, escalando montañas de alto riesgo, caminando sobre un cable a gran altura…) o quizá llevando a cabo acciones que no son comúnmente temidas pero que para la persona supone un reto.

¿Qué se esconde detrás de la contrafobia? ¿Ausencia de miedo?

Las personas que muestran conductas contrafóbicas se enfrentan a determinados estímulos de una manera prácticamente adictiva, buscando una actividad emocional fuerte, donde la sensación de control y de poder esté presente, produciendo placer y/o satisfacción en la propia persona. El sujeto busca demostrarse a sí mismo su dominio ante el miedo, pudiendo incluso poner en peligro su propia vida.

No hablamos de conductas aisladas, sino de conductas repetitivas que nos invitan a plantearnos lo patológico de éstas.

La persona busca de manera obsesiva el control de sus miedos, buscando así el contacto con estímulos fóbicos de manera idealizada, eliminando los aspectos buenos y malos de la situación, pasando toda la realidad a ser un objeto de control y de dominio.

La realidad, es que la teoría nos acerca a la idea de que estas personas, lejos de lo que a simple vista pueda parecer, tienen miedo de lo que paradójicamente no dejan de enfrentarse. La conducta contrafóbica no dejaría de ser una acción llevada a cabo, bajo el pensamiento obsesivo de la incontrolabilidad. La experimentación de la emoción del miedo como no controlable, conduce a la persona a la realización de acciones con el fin de buscar el control absoluto. Algo así como “quiero controlar absolutamente el entorno y mis propias emociones, y bajo ese dominio (ilusorio, pues hablamos de una idea fantasiosa y no posible) calmar mis angustias”.

Posiblemente cualquier persona fóbica que mantiene una evitación constante con aquello que teme, podría desear en primera instancia la contrafobia. Sin embargo, lejos de lo que podemos pensar, en ambos casos (fóbicos y contrafóbicos) el miedo está presente, la esclavitud hacia el pensamiento es existente en los dos casos. La disminución del concepto de libertad es palpable en los dos términos. Las dos maneras de relacionarse con el miedo son disfuncionales.

La fobia y la contrafobia son formas defensivas o formas de manejo del miedo o la angustia. Pues no hay seres humanos desprovistos de angustia o desprovistos de miedo, y la idea de control y dominio absoluto emocional, no es solo una trampa y una idea fantasiosa generadora de más angustias.

El miedo es una respuesta emocional básica para cualquier ser humano. Necesaria. Es la respuesta que produce el organismo ante un posible daño o peligro. Sin él no estaríamos vivos. Pero le negamos, detestamos incluso en numerosas ocasiones, la búsqueda obsesiva de las personas por “no sentir” produce un efecto antagónico, generador de malestar y angustia, pues como hemos mencionado anteriormente, esta idea, no es posible.

Es muy común que las personas que demandan ayuda al verse acorraladas por sus propios miedos, tengan una idea fantasiosa sobre las emociones: “quiero dejar de sentir miedo” “quiero dejar de sentir ansiedad“. Si existiera la posibilidad, como psicólogos, de anular esa emoción, deben saber, que lo más sensato que podríamos aconsejarles entonces sería que no salieran de casa, pues estarían exentos de una emoción que permite su supervivencia. Aprender a mirar de otro modo a nuestras emociones no tiene nada que ver con anular a éstas, y la contrafobia es un excelente ejemplo que nos demuestra como la negación de una emoción y la acción compulsa para eliminarla, nos hace también esclavos.

La lucha del terapeuta es enseñar que las cosas suceden y que tener actitud ante la vida es transcender al sufrimiento. En lugar de resolver se trata de fortificar la actitud ante la vida. Hay cosas que no podemos cambiar, pero podemos cambiar la actitud ante ellas. Esto es aceptación y solo con la aceptación se callan los porqués“. La locura lo cura.

 

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