Afortunadamente y gracias al esfuerzo de muchas personas, la salud mental cada vez está más presente en nuestras conciencias alejándose de estereotipos y tabúes. Depresión o ansiedad son de los problemas psicológicos más habituales en nuestra sociedad y, a pesar de ello, todavía queda mucho camino por recorrer. Decimos ésto porque no os podéis ni imaginar la cantidad de personas que se sienten extrañas y poco comprendidas cuando deciden mostrar su malestar psicológico y temores a personas de confianza. Nosotros desde aquí, como especialistas en ansiedad y más concretamente en agorafobia, queremos aportar nuestro granito de arena para que la agorafobia pueda ser entendida un poco mejor, y así, cuando tengamos delante a una persona que nos dice estar pasando por un proceso agorafóbico no confundamos lo que experimentan. ¿Qué es la agorafobia?

“Agorafobia… ¿eso es tener miedo a los espacios abiertos, no?” Es una de las respuestas más habituales que podemos escuchar cuando hablamos de la existencia de este trastorno. Así que lo primero que debemos saber es que no, la agorafobia no tiene que ver exactamente con esto. Entonces ¿qué miedos son los que abordan a estas personas? ¿Cómo uno puede desarrollar agorafobia? ¿Qué implica convivir a diario con este trastorno psicológico? Hoy trataremos de dar respuestas a todas estas cuestiones.

¿Qué es la agorafobia? ¿A qué tiene miedo alguien con agorafobia?

Una persona que tiene agorafobia siente un miedo intenso ante la idea de tener que exponerse a situaciones que le puedan provocar ansiedad. Así que esencialmente es experimentar ansiedad en un momento presente, al pensar que en un futuro tendrá que exponerse a una situación que imagina que le resultará terrorífica y devastadora. Reduciendo este concepto aún más, podríamos decir que agorafobia es tener miedo a sentir miedo.

Este miedo al miedo no se presenta de un día para otro, sino que se va configurando a lo largo del tiempo gracias a la búsqueda de seguridad que va haciendo la persona día a día. Para comprenderlo, imagínate que sintieses ansiedad simplemente con pensar que vas a tener que ir a un lugar donde tienes la impresión de que puedes morir; pues algo parecido les sucede a las personas que tienen agorafobia. Ahora lo aclararemos mejor, pero si eres capaz de visualizarte en esa situación, entenderás que la búsqueda de un lugar seguro para intentar contrarrestar el sentimiento de horror, posiblemente estaría entre tus primeras prioridades; como les sucede a ellas. Ese miedo y la evitación de lugares en donde creen que pueden experimentar niveles altos de ansiedad, incluso ataques de pánico, es lo que es la agorafobia.

¿Por qué algunas personas desarrollan agorafobia y otras no?

Si todas las personas sentimos miedo a veces ¿por qué algunas personas lo desarrollan y otras no? Pues, aunque resulta difícil establecer qué es causa y qué es consecuencia, existe una relación entre factores que favorece que ciertas personas sean más sensibles que otras a poder desarrollar este tipo de miedo. Entre esas variables están:

Factores genéticos y fisiológicos. Como tener antecedentes familiares o poseer mayor nivel de sensibilidad propioceptiva (a nuestro propio cuerpo).

Factores temperamentales. Como ser personas más introvertidas y con mayor tendencia neurótica.

Factores ambientales. Como el aprendizaje que hayamos podido incorporar en sucesos negativos en la infancia, o haber vivido nosotros o alguien de nuestro entorno otros acontecimientos estresantes que nos hayan impactado; así como haber crecido en un clima familiar poco cálido y excesivamente sobreprotector, que haya dificultado el aprendizaje de conductas asertivas o estrategias eficaces para afrontar el estrés que favorecen la confianza en uno mismo, y sin embargo haya fortalecido el miedo a la evaluación negativa, la búsqueda de aprobación y la evitación en vez del afrontamiento ante un problema.

Componentes de la agorafobia

Estas especificaciones son importantes, pero para identificar diferencias o similitudes, preguntémonos ¿a qué tememos concretamente cuando tenemos agorafobia? Existen dos grandes componentes que se retroalimentan uno al otro: Síntomas de ansiedad y pensamientos catastróficos.

1. Por un lado, tenemos miedo a las reacciones somáticas que vivimos de nuestro propio cuerpo cuando tenemos ansiedad. Al experimentar síntomas de ansiedad como pueden ser tensión muscular (que nos agarrota y nos puede llegar a hacer temblar), dolor o malestar en el pecho por esa misma tensión de los músculos torácicos, sensación de que nos falta el aire (habitualmente por una respiración agitada y superficial), visión borrosa, aceleración cardiaca o sudoración, puede parecernos que esté implicada cualquier otra cuestión de salud menos un episodio de ansiedad, y nos asustamos. Pero no sólo nos asustan los síntomas de una forma aislada; que se nos acelere el corazón no tiene por qué asustarnos si entendemos que nuestro cuerpo está preparado para ello en ciertos momentos, y es aquí cuando entra en juego el segundo componente.

2. El problema de los síntomas de la ansiedad es que son muy desagradables de vivir, así que podemos llegar a malinterpretarlos, creyendo que tendrá una consecuencia dañina o catastrófica para nuestro cuerpo (como desmayarnos, sufrir un infarto, ahogarnos, quedar incapacitados, o en última instancia morir) o para nuestra mente, ya que se percibe como un momento en el que no se controla el nivel de activación de nuestro cuerpo y por tanto nos percibimos enteramente sin control alguno (con este panorama en nuestros pensamientos podemos llegar a imaginar que podríamos hacer cualquier cosa como gritar, hacer el ridículo, quedarnos paralizados, y de últimas, volvernos locos).

Imaginaos entonces, si creo que voy a morir o a volverme loco cada vez que mi cuerpo se acelere “de más” (o más bien, lo que yo considero que es “de más”), intentaré desarrollar estrategias para hacerle frente con todas mis fuerzas y así poder escaparme de estos finales funestos. Y así es como surge la ansiedad anticipatoria: me preocupo por experimentar ansiedad por las consecuencias que creo que tendrá, así que por instinto activaré un radar con el que intentar adivinar cuándo y cómo sucederá.

Este radar consistirá en aumentar el nivel de vigilancia hacia el cuerpo y sensaciones corporales, así como de estar pendiente de elementos externos que crea que puedan ser amenazantes para mi estado interno. Esta estrategia que pretende ser adaptativa en un principio, se vuelve en nuestra contra a medio plazo cuando desarrollamos una hipervigilancia constante hacia lo interno y lo externo:

• Cuando nos ponemos con frecuencia a revisar sensaciones corporales, detectaremos cualquier movimiento interno y estaremos más sugestionados a interpretarlo como señales peligrosas. Así que, aunque no sepamos si es así o no, con que lo que sintamos nos parezca mínimamente parecido a síntomas de ansiedad, aumentarán nuestras alarmas internas y por tanto nuestra activación fisiológica. Como un pez que se muerde la cola.

• Pero es que la hipervigilancia hacia el exterior tampoco es que nos haga un favor. De nuevo, poner atención a dónde estamos y qué es lo que ocurre ahí, en principio nos podría ayudar para detectar peligros, pero el problema es que en estos casos se activa de una forma casi indiscriminada: afianzamos que toda situación puede ser objeto de escrutinio con el objetivo de adelantarnos a identificar factores que nos sean peligrosos o motivo de inseguridad. Así que ya no nos hace falta estar en la situación, sino simplemente imaginarla para aumentar nuestras alarmas internas. Y esto a su vez, nos puede servir de confirmación del peligro, porque aunque no lo hayamos experimentado como tal, sí nos hemos puesto nerviosos pensándolo.

Así que terminamos diciéndonos “si me siento nerviosa ahora pensando en el concierto, si voy será horrible”. Un mensaje que incita a que evitemos los lugares a los que tememos ir (aunque queramos estar allí, sin ansiedad claro).

Procurando llevar a cabo esa estrategia de evitación anticipada, las personas con agorafobia desarrollan involuntariamente expectativas de terror frente a situaciones en las que crean que puede ser difícil o embarazosa su escapatoria, incluso evitarán lugares en los que no vayan a poder disponer de ayuda en el caso de tener un ataque de pánico o síntomas parecidos. Y aquí existe una amplísima variedad de lugares que son interpretados como conflictivos si uno tuviese ansiedad en ellos. En general, si la persona asocia los síntomas a un daño físico con el que se imagina que puede terminar muriendo, tratará de evitar lugares solitarios, reducidos o de difícil acceso o salida, en los que no tendrá ayuda inmediata; mientras que si los síntomas se asocian a la posibilidad de volverse loco, procurará evitar sitios en los que haya mucha gente y pueda ser visto en ese estado de “total falta de control”.

Una gran complejidad de la agorafobia es que se pueden llegar a ver comprometidos lugares tan variados y frecuentes en nuestro día a día como:

• Estar en sitios cerrados: ir al supermercado o tiendas, aulas formativas, grandes almacenes, restaurantes, cines, teatros, museos, ascensores, auditorios, estadios o aparcamientos.

• Acudir a lugares altos o espacios exteriores abiertos: como el ir al campo, pasear por calles anchas, jardines, o cruzar puentes.

• Hacer uso de transportes: autobuses, trenes, metros, aviones, barcos, o el coche.

Hacer colas o estar en medio de multitudes también se pueden percibir como situaciones limitantes, de difícil escapatoria.

Para las personas que tienen miedo a sentir miedo, estos lugares, en donde no se sienten seguros, pueden ser situaciones de riesgo por temor a lo que allí pueda pasar. Y así el problema se va gestando silenciosamente, afianzando una sensación de que la vida se divide en zonas de peligro y zonas seguras; de hecho, la zona segura por excelencia suele ser la propia casa. Esto llega a ser el pan de cada día de una persona con agorafobia. De hecho, en los casos en los que la evitación es muy habitual, la vida puede quedar restringida a la propia casa como único lugar “de salvación”; hablamos de casos de agorafobia más agudos en los que uno termina sintiendo que salir de casa puede ser peligroso, incluso la propia casa también puede llegar a resultar un lugar hostil si uno se encuentra en ella sólo.

Y como podemos imaginar, la calidad de vida de la persona se ve la mayor parte de las veces muy deteriorada: pueden quedar minadas las relaciones sociales, interferir en las actividades de ocio, generar problemas laborales, aumentar el aislamiento, disminuir la autoestima, también el deseo sexual, incluso ser un motivo para desarrollar un trastorno depresivo, puesto que evitar sentir miedo puede eclipsar cualquier otro deseo o motivación de la persona. Es decir, es tan intenso el deseo de extirpar esos síntomas y pensamientos de ansiedad que suelen quedar relegadas otras alternativas que aporten riqueza a sus experiencias (aunque den miedo).

Las conductas de evitación facilitan que la persona dependa más de los otros y que tenga menos confianza en sí misma, pero el gran problema que supone evitar es que se termina dando una paradoja: la vida se ve restringida exclusivamente a evitar sentir miedo, pero uno contacta constantemente con el terror por la posibilidad de sentirlo.

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