Prefiero no contárselo, no vaya a ser que después se disguste”, “muchas veces me callo y no le digo lo que pienso por si se enfada”, “soy una persona tranquila, prefiero no entrar en polémica”, “me pongo muy nerviosa si escucho a alguien discutir” … ¿te suena? Son muchas personas las que se sienten y piensan así, con su pareja, su jefe, con sus padres, amigos, o incluso con desconocidos en la cola del súper. Puede que nos resulte muy desagradable discutir o presenciar una discusión, y puede que no terminemos de comprender cómo otras personas parece que prefieren entrar en polémica. Es en estos casos en los que las interacciones sociales a veces suponen una carga de estrés importante e incluso ansiedad, porque, con tal de “vivir en paz”, las personas terminamos desnaturalizando nuestra forma de expresarnos hasta experimentar un miedo al conflicto que nos condiciona en nuestras relaciones.

Miedo al conflicto

Estamos rodeados de personas y nuestro día a día lo cubrimos de interacciones sociales (ya sea con relaciones más o menos íntimas, o de una manera más o menos frecuente), el caso es que, algo que es tan cotidiano, puede ser un verdadero quebradero de cabeza para muchas personas que desean convivir manteniendo permanentemente un ambiente de tranquilidad y sosiego.

Quizá íntimamente creamos que si no expresamos oposición a las opiniones ajenas o no ponemos impedimentos a las peticiones que nos hacen, lograremos esquivar los conflictos y saldremos airosos. Si éste es tu caso, no sueles negarte y siempre te esfuerzas por mostrar tu cara más amable, pregúntate ¿has conseguido no entrar en conflicto nunca? Ya nos podemos hacer una idea de que la respuesta a esta pregunta es no. Y es que es imposible que en una relación real no exista jamás un conflicto. La propia dinámica del día a día conlleva la aparición de desencuentros, una realidad que choca frontalmente con las expectativas de aquél que desea evitarlos.

En ocasiones el miedo al conflicto está más presente de lo que estamos dispuestos a reconocernos a nosotros mismos, y sin darnos cuenta lo enmascaramos con ideas como la de ser pacíficos, no desear molestar, o no querer sentirnos egoístas frente a los otros… cuando esto sucede es porque en realidad nos solemos confundir al querer igualar una relación sana a una relación sin problemas.

Las causas de esta manera de entender las relaciones sociales pueden ser variadísimas y tienen que ver con lo que cada persona haya vivido en su pasado y aprendido de él: haber presenciado discusiones fuertes, haber sentido que no soy aceptado si persistía en mi propia postura (diferente a lo que el otro esperaba), haber sido víctima de acoso o maltrato, atravesar una ruptura sentimental o de relación que se haya vivido como una gran pérdida y se acabe pensando que ha sido el culpable de que esto sucediese…

Este tipo de eventos viven en nuestro recuerdo y al final, en nuestro presente suelen convertirse en factores de mantenimiento del miedo a tener conflictos con los demás. Por ejemplo, el intenso temor inicial que de niños pudimos sentir a que nos dejasen de querer nuestros padres o profesores si se enfadaban con nosotros, se puede ir arrastrando en el tiempo hasta nuestras emociones adultas; traduciéndose ahora en el miedo a perder el afecto de quienes nos rodean, a que cambien las relaciones con nuestros allegados, a que los otros reaccionen con violencia e insultos y eso nos dañe, o simplemente porque no nos sentimos capaces de salir airosos si se da un conflicto.

Las consecuencias de desear sentirnos aceptados

La falta de oportunidades para desarrollar habilidades sociales con las que aprender a expresar nuestro malestar o sentimientos de injusticia, hace que sintamos ansiedad y que prefiramos retirarnos. Y es que, aunque no haga falta que nos metamos en todas las confrontaciones y podamos ser selectivos, el miedo al conflicto se convierte en un problema cuando la tendencia es precisamente eso: el no seleccionar nunca y evitar la confrontación automáticamente. El conflicto sigue ahí, aunque pretendamos negarlo, y las consecuencias que podemos experimentar a raíz de este aprendizaje automatizado son:

• Experimentar las relaciones desde una tensión y/o ansiedad latentes: en la que el objetivo principal es generar una sensación de equilibrio constante, una armonía que termina siendo artificial y que sentimos se puede romper en cualquier momento por dar “un paso en falso”.

• Arraigamos nuestras falsas creencias de que la armonía se conseguirá gracias a la inhibición de nuestra conducta, o de que si se desatase el conflicto sería por nuestra culpa. En definitiva, constantemente reforzamos la idea de que el control dependerá de nosotros exclusivamente.

• A corto plazo inhibirnos, evitar o negar el conflicto nos resultará un esfuerzo que compensa para ahorrarnos el mal trago, y parecerá que lo estaremos consiguiendo, pero a medio/largo plazo esta estrategia resultará agotadora y frustrante, porque eludir los conflictos no significa librarse de ellos.

• Para intentar agradar a todos, nos volvemos pasivos frente a nuestra propia forma de estar, de pensar… Ocultamos quiénes somos en realidad, nos callamos u omitimos aspectos de nosotros/as mismos/as; partes de nosotros que, en definitiva, al final el otro desconoce.

• Muchas veces actuamos ambiguamente, en un sí pero no, que a menudo nos hace sentirnos en callejones sin salida o culpables por haber hecho cosas que no deseábamos hacer. Parece que no tomamos decisiones, que no aceptamos hacerlo, sino que lo hacemos a regañadientes.

• A veces no estamos dispuestos a reconocer que el interés que tenga el otro es tan legítimo como el nuestro si son diferentes. Y frente al desacuerdo, nos cargamos de juicios, criticamos su postura y terminamos diciéndonos que nos vimos forzados a acatar: “es el otro el que es egoísta porque va siempre a su interés, el que no nos tenía que haber pedido el favor porque nos pone en un compromiso”. Así que también aumenta nuestra hostilidad y contención de la ira interna, algo que también termina pasándonos factura a veces a través de somatizaciones y síntomas fisiológicos.

• Podemos ser víctimas de cierto tipo de abuso por parte de los otros, aquellos que saben que no nos vamos a negar porque no lo solemos hacer, que son conscientes de que no vamos a protestar u oponernos a sus demandas; puede que nos avasallen y se crean con derecho a disponer de ellas en su beneficio, intentando manipularnos emocionalmente.

Impacta en nuestra autoestima: desarrollamos falta de confianza hacia nosotros mismos, creyendo que no seremos capaces de atravesar la catástrofe que imaginamos que sucedería si nos “rebelásemos”. Y es que evitando el conflicto no nos damos la oportunidad de poco a poco ir aprendiendo a desarrollar estrategias y habilidades de confrontación ni debate para llegar a acuerdos con los otros.

¿Qué podemos hacer ante el miedo al conflicto?

Lo primero es entender cuál es la naturaleza real de un conflicto, y lo segundo es poco a poco darnos la oportunidad de descubrirla en la práctica. Muchas veces vivimos el conflicto como algo muy negativo, como un fracaso, un evento trágico o una pérdida abrumadora; en realidad el conflicto no es sinónimo de violencia, ni agresión, sino simplemente es una diferencia, un problema con solución del que puede que salgamos perjudicados, pero no dañados irreversiblemente. Lo que convierte al conflicto en algo violento es cómo se encara (la falta de respeto y aceptación por las diferentes opiniones, la manipulación, la negación del otro…), no la presencia del mismo.

Entender el conflicto como algo inherente a las relaciones, porque no somos iguales y no tenemos por qué coincidir, y aun así es una oportunidad de poner sobre la mesa nuestras diferencias, una forma de afrontar una situación en la que sentimos que no queremos continuar, al menos de esa manera. Si somos capaces de afrontar esto, estaremos siendo capaces también de escuchar nuestras emociones y necesidades, y nos permitirá darnos a conocer mejor y superarnos a nosotros mismos.

El nivel de compromiso que se establece en una relación sana se muestra y refuerza con el afrontamiento de las diferencias, nunca con su evasión. Así que será importante asumir el conflicto no como una pugna de intereses en la que uno gana y el otro pierde, sino como una negociación de deseos en la que quizás los dos perdamos algo, pero también los dos tengamos mucho que ganar. Avanzaremos juntos a medida que convivan los dos puntos de vista, si no, sólo avanzará una de las partes de la relación mientras que la otra queda paralizada, detrás del velo del miedo.

La clave es la comunicación y un nivel de compromiso compartido. Hablar y escuchar. Dejar de lanzar juicios de valor al otro y poder centrarnos en expresar lo que sentimos que necesitamos, o como decía Joseph Conrad “enfrentarse con determinación al problema, no a las personas”.

Ciertamente para aquel que siente horror ante la idea de discutir, de caer mal o de no ser aceptado, será difícil al principio exponer sus necesidades de la manera más clara posible, será necesario atravesar nuestra angustia para hablar sin disimulo y así poder exponer la propia opinión antes que acatar la de la otra parte. Pero si eres capaz de permitírtelo poco a poco, con paciencia, e interiorizas que al principio te costará hasta que cojas práctica en esto de centrarte en la negociación, verás como poco a poco irá diluyéndose ese nudo en la garganta, vivirás cada vez menos angustia al expresarte, experimentarás el conflicto menos grave y, seguramente con la mayoría de tus relaciones (y aunque pueda sonar paradójico), lejos de sentir que se alejan de ti por expresar disconformidad, te sentirás cada vez más lícito/a y más parte de esos vínculos.

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