Ansiedad y miedo a viajar al extranjero son dos conceptos directamente relacionados.

Una de las primera preguntas que realizo a las personas que deciden realizar un tratamiento psicológico es… ¿Tú para que quieres dejar de tener ésta ansiedad? Os mentiría si no os dijese que la primera respuesta suele ser “para dejar de sentir esto tan horrible” pero cuando indagas un poco más, descubres que la mayoría de personas que tienes en frente están cargadas de deseos y proyectos frustrados que desearían poder cumplir. Entre muchas y diversas de las respuestas que he oído hay una que se ha repetido innumerables veces… “Quiero viajar”. “Sueño con conocer lugares nuevos, perderme en calles desconocidas”. “Ese es mi sueño”.

La verdad es que no hace falta padecer un trastorno ansioso para aterrorizarse al pensar en estar a miles de kilómetros de tu hogar, a muchas personas, el hecho de estar lejos de su zona de confort les produce un tremendo temor que conlleva que nunca cojan ese avión que les desplazará hacia un mundo desconocido.

Si has leído nuestros blogs, te habrás hartado de leer que las personas con ansiedad se caracterizan por una búsqueda incansable del control, aunque quizá sea más honesto decir que todos los seres humanos tendemos a querer controlar nuestro ambiente y a nosotros mismos y que en numerosas ocasiones entramos en crisis cuando la realidad nos muestra otra cara. Cuando nos despiden sin motivo aparente, cuando enfermamos, vemos morir a la gente que queremos, nuestra pareja nos deja… La vida no para de mostrarnos nuestra imposibilidad para controlarlo todo, pero nuestro incansable cerebro no para de buscar certezas. Así que no, no creo que la búsqueda del control separe irremediablemente a los padecedores de ansiedad de los que no lo son. Supongo que el ansioso simplemente ha creído que no puede soportar el descontrol y bajo ese hecho no para de entrar en crisis cuando comprueba que ni el mundo ni él mismo están bajo su dominio.

Quiero viajar pero tengo miedo

¿Y si pasa algo en el viaje de avión? ¿Y si me agobio de estar tanto tiempo en un sitio cerrado? ¿Y si me pierdo al llegar? ¿Y si nadie entiende mi idioma cuando llegue y tengo problemas? ¿Y si enfermo lejos de casa? ¿Y qué ocurría si alguno de los míos enferma y yo estoy a miles de kilómetros de casa? ¿Y SI….?

Incertidumbre: futuro incierto al que nos enfrentamos. Porque ciertamente todas esa posibilidades que barajas son posibilidades ciertas, pueden pasar cosas y algunas de ellas pueden no ser buenas.

Como mencionábamos anteriormente, no hay gente con incertidumbre y gente sin ella, sino gente que cree que puede hacer frente a las posibles adversidades y gente que no. Gente que tolera mejor el hecho de desconocer y gente que busca certezas incansablemente. Efectivamente si para viajar buscamos garantías absolutas, difícilmente nos veremos sentados en un avión. Porque viajar es también arriesgarse a que puedan pasar cosas, como siempre les digo a mis pacientes, indudablemente nuestras posibilidades de que nos pasen cosas se reducen si nos quedamos en el sofá de casa, pero… ¿Hasta dónde estamos dispuestos a llegar para buscar la ansiada seguridad?

De algún modo viajar no deja de ser un paralelismo de cualquier vida activa. Una vivencia activa siempre implica riesgos y el que se atreve a crecer, también se está atreviendo a perder, a sufrir y a enfrentarse a adversidades.

Para algunas personas su leitmotiv es “que no me pase nada”. Como esa abuela que te besaba en la frente y te repetía que mejor te quedaras en casa, que era más seguro. Pero nosotros, ya no somos nuestros abuelos. Ya no somos la mujer de Pepe para siempre porque no hay otras opciones, ya no somos herreros indiscutibles porque nuestros padres lo fueron, ya no estaremos siempre en nuestro pueblo porque tampoco hay más a lo que aspirar. Nuestro mundo ya no es ese. Nuestro mundo está repleto de opciones, de caminos diversos que recorrer o de viajes que hacer, y eso, con todos los beneficios que tiene, también nos causa ansiedad. Pero éste es nuestro mundo y por eso los “antes no viajaban y no sufrían por ello” probablemente te sepan a poco. Indudablemente esa es una opción de vida, el problema está cuando tus deseos confrontan directamente con ésta idea, y uno se ve envuelto en un quiero y no puedo (creo no poder) o en un quiero pero estoy totalmente aterrorizado.

Es entonces cuando quizá tengas que decidir “qué billete coger”, con todas las consecuencias que tu decisión vaya a traer. Porque déjame decirte que decidir quedarte, es también asumir riesgos, el riesgo de la esclavitud al miedo y de la represión de tus propios deseos. A veces creemos que no tomando riesgos, no tenemos consecuencias, por lo tanto mejor bueno conocido que malo por conocer. La historia de mis pacientes, y supongo que la mía propia también, me devuelve la mentira de nuestras propias creencias. Porque quedarte quieto implica riesgos, de esos que no tienen que ver con perderse en un país desconocido, o ponerse malo lejos de casa, pero sí de esos que tienen que ver con nuestra propia pérdida. Quién sabe si podremos perder nuestras maletas en el aeropuerto, o si daremos vueltas en círculo bajo una misma ciudad sin saber preguntar dónde estamos, quién sabe lo que eso supondrá en nosotros, quien sabe cómo resolveremos, pero lo que sí sabemos es que hay una pérdida más dolorosa, que es la de perderte a ti mismo en este viaje que es vivir. Creo que cada vez que reprimimos lo que deseamos, nos perdemos un poquito más, por eso, tal vez, todo lo que pueda pasar habrá merecido la pena.

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