Este 24 de noviembre se cumplen ciento sesenta años de la publicación de una de las obras de la literatura científica más destacada de la historia: El origen de las especies de Charles Darwin. Sus aportaciones fueron fundamentales para la historia y desarrollo de la biología, un hombre pionero en su tiempo, meticuloso y apasionado de su labor. Pero además Charles Darwin es, posiblemente, uno de los científicos de quien conocemos más detalles sobre su vida personal gracias a sus diarios y a las numerosas cartas que escribió a colegas, amigos y familiares.

A través de sus escritos podemos descubrir a un Darwin preocupado por su salud, y unos síntomas que, a día de hoy, cuadran muy mucho con ansiedad y pánico.

Desde aquí, queremos conmemorar a esta gran figura científica y rescatar su lado más humano; desde la búsqueda de lo apasionante hasta la agorafobia de Darwin. Recordándonos que los genios también son personas.

Molestos ataques de fatiga

Nuestro genio nace el 12 de febrero de 1809 en Sherewsbury, en Inglaterra, una ciudad cercana a la frontera con Gales. Fue criado y educado en el seno de una familia acomodada. Su padre, Robert Waring Darwin, era un médico de fama en la localidad, y su madre, Susannah Wedgwood, que provenía de una familia relacionada con la potente industria cerámica del sur de Inglaterra. Tenía un hermano y tres hermanas mayores que él, y una hermana más pequeña que, junto con Charles, completaban una familia de seis hijos.

Cuando Darwin contaba con tan sólo 8 años de edad, su madre muere de un cuadro de dolor abdominal, lo que denominamos actualmente una peritonitis. A raíz de esta pérdida, su educación transcurrió en una escuela local; hecho que en su vejez recordaría como lo peor que pudo sucederle a su desarrollo intelectual.

Desde pequeño sus preferencias ya se inclinaban hacia la historia natural, era muy aficionado a coleccionar conchas, sellos, minerales o monedas. Pero su padre estaba interesado en que se dedicase a la medicina, al igual que su abuelo y él mismo, ingresando a su hijo en la Universidad de Edimburgo. Tras dos años de carrera, la medicina no logró captar su atención, era aprensivo al daño animal y le repugnaban las operaciones quirúrjicas. Entonces su padre le propuso llevar a cabo una carrera eclesiástica como nuevo rumbo, a lo que Darwin accedió e inició sus nuevos estudios a los 19 años en el “Christ’s Collage” de Cambridge.

La verdad fue, en toda esta primera etapa, que Darwin nunca encontró vocación allá donde por aquella época se esperaba que triunfase un joven de su condición. A estas alturas, podemos imaginar (con acierto o no), el sentimiento que quizá experimentaba el joven Darwin con su propia vida, sintiéndose perdido y desmotivado, sin un rumbo que le convenciese; quizá de lucha interior entre lo que él no terminaba de encontrar, y la imposición de lo que deseaban para él.

El veinteañero Charles Darwin llevó una vida llena de viajes y exploraciones, no libre de molestias, aunque fueron transitorias y no incapacitantes, las cuales principalmente consistieron en lo que él mismo denominó “ataques de fatiga”, con síntomas como parestesias en las manos y erupciones en la piel y labios. Éstos últimos, solían aparecer en condiciones de tensión emocional, lo que al tímido Darwin atormentaba bastante.

Sin embargo y sin saberlo, las cosas empezaron a cambiar para él: más allá de las clases obligatorias a las que debía asistir en el “Christ’s Collage”, en la escuela tomaría contacto con el mundo de la botánica, la entomología y la geología asistiendo voluntariamente a clases, áreas que le suscitarían el interés intelectual que nunca había experimentado hasta ese momento.

Finalmente fue con 22 años y con la ayuda del reverendo y amigo John Henslow, a pesar de la negativa inicialmente de su padre, cuando tuvo la oportunidad de embarcarse como naturalista en un viaje alrededor del mundo a bordo del “Beagle”. Embarcándose en un proyecto que pretendía completar el estudio topográfico de los territorios de la Patagonia y la Tierra del Fuego, el trazado de las costas de Chile, Perú y algunas islas del Pacífico. Un viaje que, sin saberlo, cambiaría su propia historia y la historia de la humanidad.

La expedición, su segunda vida

Con la expedición comenzó una etapa que él definió como “su segunda vida”. Y eso que en sus escritos dejó reflejado que antes de zarpar sintió mucho temor de tener una enfermedad cardíaca ya que experimentó “palpitaciones y dolores en el corazón“; probablemente un reflejo fisiológico de cómo él intentaba hacer frente a la incertidumbre del viaje y la experiencia que estaba por venir, tan diferente a lo conocido.

Esta situación y con ese temor que Darwin explicaba a sufrir un ataque al corazón tras sentir palpitaciones, es una escena que puede resultar muy conocida a las personas que padecen ansiedad; sobre todo a aquellas que les resulta tremendamente difícil alejarse de su zona segura, de confort, estable. Porque el adentrarse en aguas y continentes desconocidos se puede vivir como estar frente a un abismo sin red.

Decidido sin embargo a hacer una expedición hacia sus inquietudes, Darwin se embarcó en el Beagle capitaneado por Robert Fitzroy. Un viaje que duró casi cinco años y que llevó a Darwin a lo largo de las costas de América del Sur, las islas Galápagos, Tahití, Nueva Zelanda, Australia, Mauricio y Sudáfrica. Como podemos imaginar, a lo largo de esos casi cinco años Darwin experimentó una transformación en la que pasó de ser un principiante investigador de la geología, a un gran observador y razonador científico.

Pero no sólo en este viaje cambiaron sus perspectivas sobre el funcionamiento del mundo y de la vida, también evolucionaron sus síntomas. Como hemos comentado, antes de zarpar notó palpitaciones, algo que, una vez a bordo no volvió a sentir. Sin embargo, una vez embarcado en el viaje, padeció intensos y frecuentes mareos, tuvo cuadros febriles, y se piensa que padeció fiebre tifoidea a su paso por Chile. Incluso en Argentina fue picado por un insecto llamado allí vinchuca, episodio que pareció tener repercusión en la salud futura de Charles Darwin.

La agorafobia de Darwin

Desde su regreso Darwin vivió los meses más activos de su vida. Se instaló en Londres y en 1837 empezó a escribir su primer cuaderno de notas. Sus investigaciones le fueron perfilando la idea de que la naturaleza selecciona a las poblaciones más aptas para la supervivencia en determinado ambiente y descarta a las menos aptas, teoría que se enfrentaba frontalmente con la idea imperante hasta ese momento: el creacionismo, la selección llevada a cabo por Dios.

En enero de 1839 se casó con su prima Emma Wedgwood y a finales de ese año nació su primer hijo, con el que también investigaría acerca de la expresión de las emociones en el hombre y los animales.

Aproximadamente por esa época comenzó a tener unos episodios de miedo tan intensos que fue alejándose de la vida social y se confinó en su casa, algo que, por otro lado, facilitó que se enfrascase de lleno en sus investigaciones.

Fatiga, distensión abdominal seguida de eructos o ventosidades, náuseas, vómitos, calambres, cólicos, palpitaciones, cefaleas, alteraciones de la visión, ampollas por todo el cuero cabelludo y eczemas, así como sensación de muerte inminente, desmayos o insomnio se le presentaron en variables y frecuentes periodos, obligándole a guardar reposo durante a veces meses.

Todos estos síntomas acompañaron a nuestro genio mientras sacaba adelante sus teorías científicas hasta su retiro total en 1842, cuando decide marcharse de Londres, buscando un estilo de vida distinto para sobrellevar su falta de salud. En total tuvo diez hijos, seis varones y cuatro mujeres, nacidos entre 1839 y 1856, de los que dos niñas y un niño murieron en la infancia.

A pesar de que decidió abstenerse por un tiempo de escribir su teoría, por ser consciente de las implicaciones polémicas que contenía, en 1842 se permitió hacer un resumen breve que dos años más tarde ampliaría. Cociéndose a fuego lento, y no sin tener opositores férreos a su obra y generar una gran controversia, su obra más reconocida y estudiada hasta nuestros días “El origen de las especies por medio de la selección natural, o la preservación de las razas favorecidas en la lucha por la vida” salió a la luz en 1859.

Los problemas de salud de Charles Darwin fueron un verdadero enigma para los más de veinte diferentes médicos que lo atendieron a lo largo de su vida, incluyendo a su propio padre. Existe una tendencia a creer que sus ideas evolucionistas y ateas en contraposición a las de su muy devota esposa Emma, y el temor a las repercusiones que estas ideas pudieran tener en la Inglaterra victoriana de su tiempo, le provocaron el conflicto interno que influyó de lleno en su salud. También se baraja el intenso estrés que pudo vivir en esta última etapa, en la que cuidaba de su hijo enfermo, que fallecería posteriormente, en convivencia con sus propios síntomas y la premura que experimentó por sacar su teoría a la luz antes que otro naturalista, Alfred Russel Wallace, quien le envió 1858 una carta desde el archipiélago malayo con unas ideas parecidas. 

Qué es lo que exactamente padeció el naturalista Charles Darwin a día de hoy sigue generando debate. Aunque un trabajo publicado en 1997 en el Journal of the American Medical Association aporta coherencia a su estilo de vida aislado de su última etapa.

El estudio realizado por los científicos del Colegio de Medicina de la Universidad de Iowa Thomas Barloon y Russell Noyes, especificaba que si valoramos los síntomas individualmente podemos encontrar una gran variedad de afecciones, pero que en conjunto apuntan a que Darwin experimentó trastorno de pánico con agorafobia.

La aguerrida, estudiosa, retraída y complicada vida del genio se apagó en abril de 1882.

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