No es lo mismo padecer una fobia desde hace un año que padecerla desde hace 20. Es obvio ¿verdad? Las conductas fóbicas, probablemente estén mucho más reforzadas cuando llevamos muchos años comportándonos de manera evitativa que cuando llevamos unos pocos meses. Sin embargo, este dato no implica que las personas que lleven muchos años lidiando con una fobia estén “desahuciadas” y no exista una solución posible. En consulta nos hemos enfrentado en numerosas ocasiones a casos con trayectorias largas que han obtenido unos grandiosos resultados.

Sin embargo, no debemos de olvidarnos que lidiar muchos años con un trastorno fóbico puede generar una serie de particularidades en el modo de vida que es importante abordar en el tratamiento.

Las fobias se convierten más que un trastorno en un estilo de vida en multitud de casos. Las personas se adaptan a su miedo convirtiéndose éste en el centro de gravedad alrededor del cual su mundo gira, por lo tanto, no será solo importante trabajar la fobia en sí misma, sino todo el entramado vital que se ha creado en torno a ella.

Cuando el deseo murió

Hace unos años escribí un artículo para Amadag, donde describía el papel importante que habían tenido mis ganas/deseos en la lucha con mi propia fobia (en este caso agorafobia). Soñar, desear y proyectar aquello que deseaba, había sido un potente motor para impulsarme aun cuando el miedo corría sin parar por mis venas. Sin embargo, en muchas ocasiones, en mi papel, esta vez como psicóloga, no me he encontrado con ese aliado a la hora de brindar ayuda a otras personas. Poco a poco, a lo largo de mi experiencia profesional, descubrí que algo que daba por hecho que estaría, en muchas ocasiones no estaba. Las ganas de muchas personas, sus deseos, parecían haberse evaporado para no producir ni un ápice de entusiasmo en las personas. No se emocionaban con pensar en volver a viajar, no “salivaban” pensando en volver a aquel restaurante, no se ilusionaban pensando en volver a ver el mar. El deseo pareciera haber quedado sepultado en montañas de sufrimiento que repiten un mantra sin parar solo quiero parar de sufrir“.

Pero… ¿Es suficiente con querer que algo no suceda? ¿Es el deseo un mero capricho o juega un papel más importante de lo que creemos?

Analizando al deseo

Si bloqueamos o reprimimos nuestra capacidad para conocer nuestros deseos, de captar el significado implícito en ellos, de resignificar el sentido de éstos y transformarlos en un desear orientado hacia metas, valores y significados constructivos, estaremos renunciando a una de nuestras grandes fuerzas vitales. Y es que tal vez el desear mueva montañas más grandes de las que creamos.

El deseo, no se produce sin que el individuo intervenga activa y conscientemente en algún grado en la creación o desarrollo del mismo. El deseo así entendido siempre apunta a un significado, en otras palabras, el deseo siempre orienta a la persona hacia la afirmación de algo que necesita a nivel experiencial y considera valioso o importante para su existencia.

En ocasiones ya no existe ilusión, ya no existe deseo, suponemos porque en muchas ocasiones para que algo resulte atractivo necesitamos tener experiencias cercanas satisfactorias, experiencias de placer que nos inciten a querer repetir. Cuando llevo 10 años sin ir al restaurante que tanto me gustaba, puede que ese restaurante ya no signifique prácticamente nada para mí, o puede que quizá solo resulte una idea utópica en la que prefiero ni pensar. Sea lo que fuere, pareciera que nada excita a la persona. Como mencionábamos anteriormente, no solo nos enfrentamos al temor de la experimentación de la ansiedad, sino a una falta de deseo vital, de objetivos o ilusiones. Esto no es poca cosa, porque enfrentarse a nuestra propia fantasía fóbica es una tarea compleja que va a necesitar una motivación importante, al fin y al cabo, nadie se expondría al dolor emocional si no creyese que hay algo importante esperándole detrás.

Los resultados en consulta son claros, cuando a las personas se les “hace la boca agua “ pensando en la idea de volver a tener una serie de experiencias, la implicación es mayor, el compromiso es mayor y la capacidad de lidiar con el malestar también se hace mayor. 

La ilusión de la concentración

En una ocasión preguntaron a Daniel Kanheman (psicólogo y premio Nobel) cual pensaba que era uno de los conceptos de la psicología más importantes y éste respondió: la ilusión de la concentración. 

Kanheman con este concepto, hacía referencia a que normalmente creemos que lo más importante, es aquello a lo que estamos prestando atención, aquello en lo que pensamos, es decir, “si pienso sobre ello es porque es importante de no ser así ¿porque iba a estar pensando en ello? “

Normalmente si algo nos parece importante dedicamos mucha atención y tiempo a pensar en ello, lo mismo ocurre en el sentido contrario. Tendemos a creer que si no pensamos en algo es porque no es algo importante y no merece demasiada atención por nuestra parte.

Por lo general cuando alguien viene a terapia por algún problema fóbico lo que la persona quiere es hablar todo el rato de cómo quitarse el miedo. A veces, como terapeutas es difícil no enredarnos en las peticiones, es decir, tenemos la tentación de trabajar únicamente las conductas fóbicas de la persona olvidándonos de la importancia de trabajar aspectos como los mencionados en éste escrito. Si solo hablamos de la fobia con el paciente, alentaremos indirectamente al concepto mencionado por Kanheman, propiciaremos que todos sus esfuerzos se concentren en gestionar su experiencia fóbica de la mejor manera, sin embargo, sabemos que esto no es suficiente y que el esfuerzo hacia la motivación y hacia la experimentación experiencial placentera resulta igual o incluso más importante. La persona que sufre solo quiere que no pasen cosas, pero se le ha olvidado algo igual de importante y es lo que quiere que pase en su vida. Y en numerosas ocasiones a nosotros también se nos puede olvidar. Nos contagiamos de la desesperación del otro, aunque esto pueda darnos peores resultados de lo que a los dos nos gustaría. ¡Ojo! Que soy de las que creo en la importancia de abordar inicialmente aspectos que están suponiendo un gran dolor para la persona (el ataque de pánico, por ejemplo), básicamente porque sin aliviar algunas partes, la persona no va a estar probablemente dispuesta a ahondar en otros aspectos (lo entendemos). Pero, sin embargo, creo y sobretodo, cada vez creo más, que sin trabajar otros aspectos, el tratamiento de la fobia, puede atascarse seriamente.

Creo y cada vez creo más en la importancia de enseñar a las personas a entusiasmarse e ilusionarse, considerando esto un gran motor en la vida del ser humano. Pueden ser ilusiones puntuales como un viaje con la familia éste verano, conseguir un ascenso laboral, cambiar de casa, conocer a alguien especial, un cambio de ciudad… O ilusiones más cotidianas: que llegue el miércoles para ver ese programa que tanto me gusta, la charla nocturna con mi mejor amiga los lunes, las cañas instauradas de los viernes por la noche con los amigos o la comida familiar de los sábados por la mañana.

Desde mi punto de vista, tanto las puntuales como las cotidianas son importantes pero las segundas lo son aún más porque son más accesibles y por lo tanto están más a nuestro alcance.

Cuando percibo la falta de deseo ante la vida insisto mucho en buscar una motivación, algo que les ilusione, algo que rompa la monotonía del día a día. Algo que sea realista, factible y que les dé cierto grado de alegría. Empezamos por algo pequeño, sin grandes expectativas y que se pueda incorporar al estilo de vida de la persona. El requisito indispensable es que ese “algo” provoque, al menos, un mínimo de entusiasmo en el paciente. Necesitan “conectar” de nuevo con algo, al fin y al cabo, sin objetivos e ilusiones, las personas nos convertimos en barcos a la deriva. 

Mis pacientes suelen decirme que transmito entusiasmo cuando hablo de mi viaje con mi propia fobia, la realidad, es que es una percepción que yo también comparto. Creo que he conseguido recordar aquellos años más que como una desgracia como la gran hazaña de mi vida. Un día uno de ellos me preguntó cómo conseguí subir por primera vez a un avión. Mira, la realidad es que no tengo muy clara la respuesta, pero cuando me recuerdo en aquel aeropuerto, aun puedo sentir como me vibraba el cuerpo, de miedo y de entusiasmo. Si. Creo que el entusiasmo “me ha salvado la vida”, más de lo que soy capaz de narrar en unas cuantas líneas. Y de lo que no tengo ninguna duda es que se puede y se debe trabajar. Quizá Kanheman tenía razón y que cómo decía Sabina, a veces lo urgente no es lo más importante.

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