¿Está mal no querer salir hasta que la situación sea más normal? Nos preguntamos muchos, incluso algunos podemos ir más allá en nuestros pensamientos: ¿tendré el síndrome de la cabaña de la que tanto se habla ahora? O lo que es peor, ¿estaré desarrollando una agorafobia?

Con las nuevas medidas de desconfinamiento en las que poco a poco las comunidades se van iniciando, y después de estar desde el 15 de marzo confinados en casa, hay aún mucha gente que mira con miedo y desconfianza la situación de desescalada. Todos hemos tenido, y seguimos teniendo, que aprender a instaurar en nuestro día a día medidas de salud e higiene para, sobre todo, prevenir el colapso de nuestro sistema sanitario. Y ahora que ya dejamos atrás el confinamiento más restrictivo en el que casi todo ha parado… quizás sintamos angustia por llevar a la práctica el volver a ponernos en marcha.

Tengamos en cuenta que frente a la incertidumbre de lo desconocido que ha conllevado este virus, de forma comunitaria e individual hemos puesto en funcionamiento diferentes mecanismos de protección. Cada núcleo familiar ha desarrollado su propia manera de sobrellevar la sensación de amenaza en casa: desinfectando estancias, superficies, comida, ropa… según lo que nos hiciese sentir más protegidos. Llevamos dos meses construyendo una especie de burbuja protectora en la que sentirnos lo más seguros posible, dentro de nuestras inquietudes.

Esto supone que, día tras día, y por fuerza de causa mayor, hemos entrenado a nuestro cerebro a poner atención a lo amenazante y a desarrollar estrategias control frente a la alerta. Por lo que ahora, poner la mira en la desescalada, supone decirle a nuestro cerebro que debemos tomar contacto con el exterior, con las actividades que habíamos abandonado repentinamente y retomar el contacto social, cuestiones que hasta ahora evitábamos para que no se extendiese la amenaza; además hay que decirle que será un retomar todo esto en otro formato, uno que resulta extraño si lo comparamos con el que acostumbrábamos. Total, que la desescalada supone llevar a cabo con nuestro cerebro un ejercicio contrario del que veníamos practicando estos dos meses, algo que no resulta fácil.

El aislamiento ha sido nuestra forma de control

Frente a una situación que conlleva gran carga de incertidumbre, las personas necesitamos poner en marcha comportamientos que equilibren esa sensación de falta de control tan enorme. En estos meses, ese equilibrio frente al coronavirus lo hemos podido buscar en medidas con las que extremar precauciones: con la desinfección pretendiendo que todo esté lo más aséptico posible en casa, distanciar las compras de alimentos y hacerlas más copiosas para exponernos menor número de veces, o no mantener ningún tipo de contacto social que no sea a través de una pantalla como estrategia de protección para con uno mismo y/o para con los demás. Sea de forma activa o pasiva, intentar ejercer un control sobre lo que nos amenaza es un mecanismo que nos reporta cierta sensación de bienestar.

Los primeros experimentos que nos hablaban sobre cómo influye la sensación de tener cierto control o la falta de éste en nuestra salud mental fue llevado a cabo por Martin Seligman. En 1967, una época en la que la experimentación con animales carecía de límites éticos, Seligman y Maier hicieron un estudio en el que exponía a dos perros, encerrados en sendas jaulas, a descargas eléctricas ocasionales. Uno de los animales tenía la posibilidad de accionar una palanca con el hocico para detener esa descarga, mientras que el otro no tenía medios para hacerlo. Si se llevaba a cabo la descarga, ambos la recibían en el mismo momento, pero si el perro que tenía la opción de neutralizarla cortaba la electricidad, el otro también dejaba de recibirla. Tras numerosos ensayos, las conclusiones a las que llegaron estos investigadores fueron que el efecto psicológico en ambos animales era muy distinto: mientras que el perro que tenía la opción de neutralizar la descarga para ambos mostraba un comportamiento y un ánimo normal, el otro permanecía quieto, lastimoso y asustado.

La importancia de la sensación de control en el estado de ánimo parecía demostrada. Y esto es a lo que nuestro cerebro lleva agarrándose desde el comienzo del estado de alarma, pero en nuestro caso, la palanca para evitar descargas son las medidas de aislamiento y de higiene que cada uno haya desarrollado para extremar precauciones en base a las recomendaciones de los expertos.

Cuando la necesidad de control se vuelve problemática

Con tanto gimnasio del control estos dos meses, y el gusto que le cogemos las personas a sentirnos seguras, algunos incluso podemos haber desarrollado una perspectiva de lo que nos rodea afianzada desde lo que se conoce como falacia de control. La falacia de control es una de las muchas integrantes que componen el listado de distorsiones cognitivas, o lo que es lo mismo, fallos interpretativos y consistentes en la manera de procesar la información que desarrollamos las personas, y que identificaron en su día el psicoterapeuta cognitivo Albert Ellis y el psiquiatra Aaron T. Beck como parte de procesos erráticos de nuestra mente a la hora de darle sentido a nuestra realidad.

Interpretar lo que nos sucede mediatizado por la falacia de control significa que nos vemos a nosotros mismos de manera extrema sobre el grado de control que tenemos frente a los acontecimientos de nuestra vida. Podemos sentirnos omnipotentemente competentes y responsables de lo que ocurre a nuestro alrededor, o bien, valorarnos como seres impotentes, carentes de control de nada.

Dadas nuestras circunstancias actuales, para sentirnos seguros podemos llegar a desear que allá donde vayamos tengamos la certeza de que el lugar esté esterilizado como si de un quirófano se tratase, o podemos desear que los que nos rodean sientan la suficiente responsabilidad sobre sus hombros como para que todos y cada uno guarden la distancia de seguridad. De igual forma, pensando que en mi mano está controlar el nivel de asepsia del espacio donde trabajo, o deposite mi sensación de seguridad y tranquilidad en que los otros “lo hagan bien” a la hora de dar un paseo por la calle… estamos sufriendo. Emocionalmente sufrimos porque estamos valorando la realidad de nuestro día a día desde esa falacia de control, desde esas ganas de sentir la seguridad absoluta que nunca parece llegar.

No querer salir de casa

Retomando el experimento de Seligman y Maier, nuestros primeros investigadores, observamos una conclusión curiosa a la que también llegaron con su estudio: quedaba demostrado que las condiciones de la situación (de posibilidad de control para uno, y de completa falta del mismo para el otro) se fijaban fuertemente en la experiencia y aprendizaje de los canes. Tanto fue así que cuando posteriormente al segundo perro le dieron la oportunidad de controlar las descargas, haciendo funcional la palanca de su jaula hasta entonces desactivada, éste fue incapaz de darse cuenta. Pese a que podía evitarlo, el animal seguía recibiendo descargas sin intentar nada. Había aprendido a sentirse impotente frente a lo que le pasaba. Y aquí nos topamos con el concepto que se denominó indefensión aprendida, y que nos habla de que los seres vivos cuando sentimos que no podemos hacer nada por cambiar nuestras circunstancias en un momento dado, después nos comportamos pasivamente frente a lo que nos sucede en condiciones similares. Aprendemos, como se dice coloquialmente, a tirar la toalla.

Como hemos dicho antes, para hacer frente al coronavirus hemos desarrollado la cuarentena, con la que aislarnos y sentir cierto nivel de control frente a la situación, pero ahora, llegado este momento de desconfinamiento, muchos podemos conectar también con este segundo perro. Hemos aprendido que estar dentro de casa o prescindir de actividades que formaban parte de nuestra vida antes de la pandemia es “lo seguro”, mientras que salir de ella a dar un paseo o ir a la peluquería (que es por ahora lo que se permite en muchas de las comunidades) son escenarios en donde sentimos poca seguridad. Así que ante la idea de salir de casa nos sentimos como ese pobre animal, indefensos frente a la falta de seguridad, incapaces de sostenernos a nosotros/as mismos/as en la adaptación a la nueva normalidad; porque sentimos que el control no lo tenemos fuera, sino dentro del hogar.

Si este es tu caso, en el que te debates por integrarte en la nueva normalidad sintiendo miedo, o quedarte un poco más en casa prescindiendo del resto de actividades que no sean las básicas, hemos de decirte que es un sentimiento compartido por muchas personas en este momento. Y es compartido porque, frente a la amenaza, el cerebro de muchos, casi de forma innata, ha experimentado estos dos meses aquello de sentirnos reasegurados con el control mantenido en casa y desprotegidos frente a las condiciones que se establecen fuera, planteamientos que en ocasiones se ven reforzados por esa tendencia a valorar las cosas desde la querencia al control.

¿Y ahora qué?

Ahora es el momento de la desescalada, ese es nuestro objetivo. Es el momento en el que hemos de valorar que las circunstancias actuales, oficialmente, permiten rebajar las medidas de aislamiento. Así que, para que no nos pase como al perro que se sentía indefenso, lo primero de todo y más importante será recolocar internamente la sensación de seguridad: la seguridad no está en evitarnos el miedo y el control ya no está en el aislamiento, ni en tener presente únicamente las posibilidades de contagio desde la contención; sino que la seguridad se irá afianzando a través de estrategias que nos permitan poco a poco recobrar nuestras actividades vitales, a la par que tenemos en cuenta nuestra salud y la de nuestros congéneres de una forma responsable. Consistirá en poner el foco atencional en lo que nos gustaría empezar a retomar en nuestra vida, valorando que eso no tiene porqué ser incompartible con medidas de protección.

Lo segundo es que, para que nos resulte más sencillo ampliar nuestra atención hacia otras cosas que no sea únicamente el miedo a contraer la enfermedad o poder transmitirla, habrá que entender una cosa que de primeras puede que te impresione… es importante aceptar que por mucha seguridad que deseemos establecer con nosotros mismos en ese camino a la desescalada, ninguna medida es 100% infalible. Uno/a puede intentar hacer las cosas lo mejor que sabe y puede, y aún así nadie nos asegura que las medidas de prevención vayan a ser completamente efectivas. Se trata de relacionarnos con la vulnerabilidad que naturalmente experimentamos en esta situación, y con que nadie, por mucho que lo desee y lo intente, va a sentir con certeza su salvación. Esto nos permitirá liberarnos de angustia y necesidades de control obsesivas, para poder establecer un marco de acción desde ahí: busca medidas de seguridad fiables pero no infalibles.

Por último, pero no menos importante, nos puede ayudar hacer uso de una de las formas de proceder más valiosas que tenemos los seres vivos para atravesar el miedo: valorar y respetar la manera en la que cada uno/a nos vamos a sentir más afianzados en ese reto que supone la desescalada. Tenemos un objetivo al que llegar pero, a la hora de caminar hacia él, nadie nos puede forzar en cómo conseguirlo. Las medidas de salud y prevención contra el COVID-19 están señaladas, así que a partir de ahí sólo tú decides cómo quieres protegerte y proteger, y qué es lo que necesitas para ir dando pasos firmes hacia la desescalada.

Así que si te planteas que el miedo no sólo sea lo único que alumbre tu camino en esta nueva fase, y también sientes el deseo por vivir más experiencias aparte (aunque sea un eco que escuchas lejano en tu interior), redirige el control y colócalo en lo que puedes hacer ahora. Valora lo que puedes hacer, no para sentirte seguro en una situación de confinamiento, sino para sentirte lo más seguro posible en una situación de desconfinamiento. ¿Qué es lo que puedo hacer por mí que me vaya a ayudar a salir y adaptarte a la normalidad actual?

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