Creo que nunca me habría imaginado estar escribiendo este texto sobre mi experiencia personal. Si me lo hubiesen dicho hace un par de años, pensaría que se trataba de otra persona. Y es verdad, ya no soy esa persona de hace años, ahora soy otra. No sé si mejor o más fuerte pero ahora por fin me conozco un poquito más y tengo las herramientas para salir adelante.

Cuando leo testimonios de otras personas, me llama mucho la atención que en la mayoría de casos hay un trasfondo que comienza ya en la infancia. En mi caso, no ha sido así, o por lo menos mi mente nunca lo ha apreciado de esa forma. Mi infancia ha sido uno de las etapas más bonitas y dulces de mi vida. Siempre que echo la vista atrás, se me dibuja una enorme sonrisa en el rostro. Disfruté de mis abuelos muchos años, mis padres no eran excesivamente estrictos y nos lo ponían todo tan fácil que no tenía que preocuparme de nada más que de ser feliz con mis hermanos y dedicar mi tiempo a estudiar y vivir aquella etapa.

Y sí, puede que mis obsesiones ya comenzasen por aquel entonces. Cuando tenía que evitar pisar las rayas de las baldosas por la calle. Cuando debía lavarme las manos varias veces porque mi pajarito molestón me decía que de no hacerlo, alguna persona de mi familia sufriría un accidente. También tenía rituales a la hora de dormirme que debía cumplir para poder despertarme al día siguiente.

Pero eso lo veo hoy, cuando me conozco un poco más y he podido ir atando cabos con ayuda de Cristina, la persona que me ha (está) ayudando en todo este proceso. Proceso que para mí se ha convertido en el mayor reto de mi vida.

Y diréis, si su vida era tan bonita ¿Qué es lo que ha pasado? La vida, supongo. O quizás, que fui alimentando tan poquito a poco a mi pajarito molestón que un día, explotó.

Y explotó de la forma que menos me hubiese imaginado. Porque mi TOC había estado calladito durante años… Ahora podía pisar las rayas de las baldosas por la calle, ya conseguía lavarme las manos solo una vez y ya no necesitaba ningún ritual antes de acostarme. Por eso, cuando salí de aquella consulta de ginecología en octubre de 2019, en mi cabeza solo retumbaba las palabras del médico: “En tu ovario hay un quiste, sin analizarlo no podemos saber si es benigno o maligno.” Y lloré, lloré antes de poder llegar a mi casa. Lo primero que hice fue buscar información en internet sobre quistes, ovarios, endometriosis… y comencé a entrar en un bucle de médicos y pruebas que solamente conseguí frenar en marzo de 2020 cuando una pandemia llegó al mundo entero.

Las palabras desafortunadas de ese médico aquel día, volaban por encima de las de cualquier otro ginecólogo que visitase, sin importar su experiencia y lo bien que me lo explicase. Porque al final, mi pajarito molestón siempre volvía para recordarme que seguro que tenía un cáncer de ovario y yo no estaba haciendo nada por salvarme.

Y aunque el confinamiento frenó un poco estas obsesiones, en cuanto terminó, comenzaron otros síntomas. Los días no tenían calma, siempre había un cáncer rondando por mi cabeza. Los zumbidos en mis oídos hicieron acto de presencia junto con mil síntomas de enfermedades tan dispares que hasta a veces mi pajarito me decía que quizás estaba algo equivocado.

Y pensaba en el tiempo, en que quizás el pasar los meses me haría volver a ser la persona que era antes. La que iba al médico para lo estrictamente necesario y que había llegado a pedir el alta voluntaria en algún ingreso por sus ganas de salir de hospitales.

Pero el tiempo no curó ninguna herida, el tiempo solamente hizo que todo empeorase. Llegaron los ataques de ansiedad que a veces ni mi marido podía hacer callar, las llamadas a urgencias de mi hija mayor asustada por verme decir que me moría, los abrazos de mi segunda hija en cada ataque y el mirar a mi bebé para llorar de desesperación porque no lo vería crecer, ni a él ni a sus hermanas.

Me encontraba tan mal que no tenía día sin visita a algún especialista. Ganglios, parestesias, mareos, dolores musculares, zumbidos… todo era una excusa para buscar información y tirar del cuadro médico de mi seguro sanitario para conocer a un nuevo médico e incluso repetir con alguna especialidad. Obsesiones alimentadas con compulsiones, mi día a día.

Y ahí dije ¡Basta! Necesitaba ayuda y la necesitaba ya. Ya la había buscado en mi ciudad y no había conseguido esa conexión que yo creo que se debe de tener con un profesional de la psicología así que, decidí ir más allá y buscar fuera. Y en octubre del año pasado, una prima psicóloga me habló de un equipo profesional que trataba ansiedad en Madrid y me puse en contacto con Amadag. La conexión surgió desde la primera sesión y aunque ha sido (y seguirá siendo) un proceso largo y duro, he conseguido mirar hacia delante y salir del pozo en el que me había metido.

Hoy soy otra persona. Veo las cosas de un modo distinto. Mi pajarito sigue viniendo a veces a molestarme pero solamente lo dejo pasar sin hacerle caso y ya cada vez me visita menos (creo que se está cansando de mí).

Ya no veo la muerte en cada esquina y ahora ya no miro a mis tres hijos con pena. Veo en cada obsesión la oportunidad de disfrutar más de ellos y de mi marido, del tiempo que perdía buscando información y testimonios en internet, que ahora es tiempo de calidad que le puedo dedicar a ellos.

La terapia me ha ayudado a descubrir también que ser una persona altamente sensible es una cualidad que tenemos solo unos pocos y que no por ello mi vida tiene que ser más difícil. Ojala hubiese más gente extra sensible por el mundo, la vida creo que sería mucho mejor. Quizás esta cualidad me ha llevado a desarrollar TOC pero también me ha ayudado a conocerme mucho mejor y a sacar el lado positivo de todo lo que me ha ocurrido.

Y aquí seguiré, continuando mi camino. Teniendo claro que será una lucha diaria contra mi hipocondría pero mientras las batallas serán cada vez más débiles, yo saldré de mi lucha más fortalecida. Puede que algún día tenga que enfrentarme a algún diagnóstico difícil pero ese día todavía no ha llegado. Porque vivir para evitar la muerte, no es vida. Así que yo elijo vivir mirando al presente y disfrutar a tope de todo lo que la vida me siga ofreciendo.

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