La sorpresa es una emoción que percibimos como descontrolada, ya que al aparecer de manera tan súbita percibimos una incapacidad para poder anticiparnos a ella. Entonces, ¿por qué hay que dejarse sorprender?

Si la sorpresa es una emoción ¿qué entendemos por emociones? Ciertamente, no existe una definición aceptada por todos a cerca de lo que es realmente una emoción, lo que en todos estamos de acuerdo es en la utilidad de éstas. Nuestras emociones son adaptativas, es decir, nos preparan como individuos para afrontar las diferentes experiencias que como humanos vivenciamos. Nos permiten comunicarnos con nosotros mismos y con los demás, nos permiten reaccionar ante nuestras vivencias. Son nuestra fiebre, nuestra brújula. Gracias a ellas sabemos que hay cosas que queremos cambiar, que hay situaciones que no sabemos afrontar o que hay personas que echamos de menos.

Se puede entender por emoción, una experiencia multidimensional con al menos tres sistemas de respuesta: fisiológico/cognitivo/conductual.

Emociones básicas

Las emociones básicas son como los colores primarios del arcoíris que al mezclarse genera una gama muy amplia de variados colores y matices dando lugar a emociones más complejas. Tristeza, enfado, miedo, sorpresa y asco son las emociones a las que llamamos emociones básicas. Gracias a que sentimos miedo, nuestro organismo se moviliza para poder defendernos de un posible peligro. Gracias a que sentimos tristeza, paramos, reflexionamos y concluimos que cosas necesitamos cambiar.

Pero… ¿De qué se trata la sorpresa? Una emoción básica de la que no se habla tanto y que nos ha permitido también perpetuarnos como seres humanos. ¡Hoy hablamos de la sorpresa!

La sorpresa como emoción

Tocan el timbre de casa y aparece esa amiga que hace meses que no veías ¡Sorpresa! Bajas a por el coche y no está, te lo han robado ¡Sorpresa! Abrimos los ojos, estiramos el cuello hacia delante: queremos recolectar mucha información.

Es así de peculiar, aparece antes de acontecimientos que pueden ser agradables o desagradables, pero que tienen que cumplir una condición: que exista imprevisto o novedad, interrupción brusca de una actividad o aumento brusco en la intensidad de un estímulo (grito). Y por esto mismo, por no causar por si misma placer o dolor se considera una emoción neutra, es decir, no produce sensaciones agradables o desagradables.

Se produce de manera súbita y rápida, propiciando un incremento de la actividad cognitiva, permitiéndonos de éste modo analizar y evaluar los desencadenantes del estímulo que nos ha impactado. Gracias a ésta emoción respondemos de manera eficaz ante estímulos que no esperábamos. La capacidad de capturar información cuando estamos sorprendidos es muy elevada y esto no ha permitido evolucionar como seres humanos, permitiéndonos responder eficazmente ante los sucesos inesperados, movilizando así todos nuestros recursos internos.

Esta emoción pone en marcha la dopamina y la acetilcolina, dos neurotransmisores que activan la motivación y fortalecen la memoria, lo que nos permite explicar nuestra capacidad de recordar episodios que nos han impactado.

Los efectos físicos más notables que se dan junto a la sorpresa son: disminución de la frecuencia cardiaca, dilatación de las pupilas y aumento de la frecuencia respiratoria.

Aparece también un efecto subjetivo al que se ha denominado “mente en blanco”, es decir, tenemos la sensación de que nuestro cerebro se ha parado por unos segundos y hemos permanecido desconectados, sin la capacidad de pensar.

Dejarse sorprender

El ser humano, adicto a la certidumbre por naturaleza tiende a rechazar lo nuevo, tiende a rechazar los cambios, por lo que no es de extrañar que muchas personas desprecien y teman a esta emoción. “Quiero tenerlo todo controlado.” “No quiero sorpresas.” “Me asusta que pueda haber imprevistos”.

Este modus operandi, propicia que nos movamos siempre por los mismos senderos, evitando así posibles sorpresas o desconciertos, haciendo así apología a la expresión “mejor malo conocido, que bueno por conocer“.
Sin embargo, la sorpresa tiene un inmenso potencial y renunciar a ella (en la medida de nuestras posibilidades, claro) es renunciar también a los beneficios de una emoción que ha sido, entre otros, indispensable para nuestro aprendizaje.

¿Por qué no renunciar a la sorpresa?

  • La sorpresa tiene la capacidad de sacarnos de nuestros bucles.

Frena los pensamientos cotidianos y rumiativos de forma abrupta. Cuando alguien, por ejemplo, que está sufriendo un ataque de pánico es sorprendido, paradójicamente su ansiedad finaliza. Un estímulo potente, que emana la mencionada emoción es capaz incluso, de sacarnos de un ataque de pánico.

  • Amplifica nuestra relación afectiva ante los eventos.

Lo que frena la sorpresa, siempre es otra emoción, ya sea placentera o displacentera, la condición de la sorpresa es que siempre va de la mano de una emoción posterior. La aparición de forma previa de la emoción de la sorpresa, potencia la intensidad de la emoción subsiguiente, es decir, si existe sorpresa previa la alegría posterior también se intensifica.

  • Es el reflejo de una realidad a la que nos resistimos: la impredecibilidad de nuestras vidas.

Convivir con ella es también fortalecer nuestra creencia sobre nosotros mismos, cómo seres capaces de amoldarnos ante lo imprevisible y los cambios que se producen en nuestras vidas.

  • Es una emoción posibilitadora.

Activa el tálamo y activa la motivación, el motor que nos lleva a hacer cosas. Es una emoción que cuando somos niños nos acompaña de manera constante, el mundo nos sorprende y esta sorpresa favorece indudablemente el aprendizaje, sea cual sea la edad que tengamos. Provoca curiosidad, porque después de la sorpresa, en muchas ocasiones, nace la curiosidad sobre lo que nos ha sorprendido.

Poseo gran capacidad de admiración, sorpresa y curiosidad, que son las tres cosas que definen más la infancia.

Antonio Gala
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