Tengo que terminar todo el trabajo antes de poder irme a casa, no debo equivocarme”, “Es mi pareja, debería saber cómo me siento”, “Tenía que haberlo sabido antes, ¡lo sabía! No debí hacerlo”, “Tengo que ser buen padre/madre/hijo”, “Tienes que comportarte tal cual se espera de ti, que no se note que tienes ansiedad”… No lo niegues, todos nosotros hemos pensado esto –o algo muy similar- en algún momento de nuestra vida. ¡Cuidado con los deberías!

Los deberías

Los deberías o imperativos son un error de pensamiento que tenemos todos los seres humanos, un tipo de pensamiento irracional o pensamiento automático negativo que se caracteriza por exigencias o normas rígidas sobre cómo debería funcionar el mundo y uno mismo. Y, consecuentemente, al dejarnos llevar por ellos, actuamos en base a estas normas, sin cuestionárnoslas siquiera. “Es lo que hay que hacer. Punto. Y no hay discusión que valga. Porque sólo hay una forma correcta de hacer las cosas. Y no cumplirlo implicaría hacerlo mal. Y eso, lógicamente, es algo intolerable que no me puedo permitir”… ¿Seguro?

Sí, tienes razón. No negaré que existen obligaciones o deberes, determinados aspectos en la vida que debemos hacer -por ejemplo, debemos respirar para sobrevivir, o cumplir ciertos requisitos mínimos en el trabajo para que no nos despidan-, pero es importante tener cuidado con los deberías, ya que muy fácilmente, sin que apenas nos demos cuenta, empiezan a aparecer en nuestra mente, de forma sigilosa, en muchas actividades cotidianas que intrínsecamente no son de obligado cumplimiento (ni mucho menos), y se instauran fácilmente en nosotros.

Y un día, sin darnos cuenta, empiezan a dominar nuestra mente, casi a diario (lógico, viviendo en la sociedad del estrés, de la inmediatez y la urgencia en la ejecución que nos caracteriza). Pareciera que los deberías estuvieron siempre con nosotros, allá donde vayamos. No podemos escapar de ellos. Nos esclavizan. Siempre hay algo que hacer. Algo que tenemos que hacer. Resolvemos un asunto por fin, y ¡oh, vaya! Por arte de magia aparecen otros 854612 asuntos más que debemos hacer. Suma y sigue. Entramos en la rueda. Y, de repente, caemos en el automatismo de destinar todos nuestros días a ir haciendo cosas que nos imponen desde fuera o nos autoimponemos nosotros mismos, una tras otra. Una tras otra. Una tras otra…

Desmontando los deberías

…¡BASTA! La exigencia y obligación generan presión –externa o interna-, y la presión genera malestar emocional, como la aparición de ansiedad, tristeza o incluso ira (sentir que no doy abasto, que no voy a llegar a cumplir esa obligación, y sentirme mal, desanimado/a y culpable por no haberlo logrado, así como enfadarme al presuponer que los demás tenían que haber actuado de una forma y no lo han hecho, haciéndome daño aposta, por lo que, ¡sorpresa! Suele ser una de las principales causas de una discusión).

Por eso es tan importante este primer paso: identificar estos pensamientos automáticos –que aparecen en nuestra mente sin darnos cuenta- para después, en un segundo paso, empezar a cuestionar su veracidad y, consecuentemente, modificarlos.

Porque… parémonos un momento a pensar: ¿por qué tenemos que hacer determinadas cosas que no son obligaciones? ¿Es una ley? ¿Dónde está escrito? ¿Hay una norma en la pared que dice: “Sólo soy valido/a si cumplo con todo”? ¿Sólo hay una forma –correcta- de hacer las cosas? Y si no lo hago, ¿qué pasa? ¿De verdad es tan importante? ¿Es tan terrible? ¿Se acaba el mundo? ¿Me ayuda en algo pensar así o, por el contrario, me genera mucha más presión? ¿Me hace feliz?

Tengo que, debo implican exigencia y presión. Modificarlos por me gustaría, quiero –según mis preferencias o deseos- nos hace más flexibles y nos permite vivir mucho mejor. ELIJO hacerlo, no (me) lo IMPONGO. ¿Si lo consigo? Bien. ¿Si no? También. NO PASA NADA. Porque no hay una única forma correcta de hacer las cosas, al igual que hay veces que no todo depende de mí. Es importante aceptar que las cosas a veces no salen como nos gustaría que fueran. Y eso no significa que sean malas, o errores. Son, simplemente, diferentes. E igualmente válidas. ¿Y qué hacemos entonces? Nos adaptamos. Continuamos con esa tarea al día siguiente, priorizándola, y listo. O continuamos aprendiendo de nuestros errores y seguimos creciendo y avanzando, no como una imposición, sino como una elección propia, personal. Fíjate qué diferencia.

De esta forma, utilizando el cuestionamiento socrático a través de preguntas, así como la ironía y el humor, podemos salir de ese bucle de la imposición y la norma absolutista que tanto nos atrapa, y de la que nos cuesta tanto salir. Y cambiarlo por un pensamiento racional más adaptativo y flexible.

Te proponemos un pequeño ejercicio: a partir de ahora tienes que (;)) identificar este tipo de pensamiento y darle la justa importancia. Prueba a no hacer aposta aquello que crees que deberías hacer (o ser), y estate atento/a las consecuencias. Ya verás cómo no son tan terribles. Porque seamos sinceros: en la vida, en realidad, sólo hay muy pocas cosas que sean normas o exigencias como tal. Todo lo demás, es cosa nuestra. Rompamos esas presiones o exigencias que nos atan y encadenan. Vivamos más libres, seamos más flexibles.

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