De siempre recuerdo a mi madre acertar con las lluvias como si de José Antonio Maldonado se tratase: “Va a llover, porque me duelen los juanetes” decía, y la verdad es que, para mi asombro, no fallaba ni una sola vez. ¿Alguna vez has experimentado diferentes sensaciones en tu cuerpo coincidiendo con cambios meteorológicos? ¿Te afecta la lluvia? Quizás puede que te sientas anímicamente diferente si hace sol que si está nublado. No todos somos igual de sensibles pero, ahora que estamos en días fríos, nos vendrá bien conocer cómo nos afectan los días de lluvia.

¿Eres meteorosensible?

Los cambios meteorológicos nos afectan a todos, ya que nuestro organismo cuenta con un sinfín de receptores que indican a nuestro cerebro qué es lo que nos rodea y, en última instancia, de qué nos tenemos que proteger si fuese necesario. Pero este sistema primitivo del organismo, que nos alerta hacia las inclemencias del tiempo y que compartimos con otros seres vivos, en la actualidad nos es menos necesario y por lo general lo tenemos más “adormilado”. Ahora contamos con inventos que nos permiten enfrentar y compensar los cambios de tiempo: paraguas para no mojarnos si andamos por la calle, ropa térmica, cristales que nos aíslan del frío, aires acondicionados para altas temperaturas…

A pesar de esto, hay autores que afirman que la población meteorosensible supone el 50-60% del total. Hablamos de personas más vulnerables a los cambios de temperatura y presión atmosférica, y que experimentan cambios de comportamiento o se acentúan sus patologías cuando en su medio se dan modificaciones climatológicas.

La disciplina científica que se encarga de estudiar el nivel de sensibilidad que tiene cada persona a un determinado tipo de tiempo es la biometeorología. Y gracias a los avances científicos y la especialización en el área, podemos afirmar a día de hoy que la meteorosensibilidad constituye no sólo un fenómeno en el que existen componentes más o menos subjetivos o psicológicos sino una realidad biológica que se explica mediante las leyes de la psicoquímica y la electrofisiología.

El estrés climático

Partamos de la base de que a nuestro cuerpo le gusta el equilibrio homeostático, es decir que, frente a las oscilaciones del medio externo y su impacto en nuestro organismo, éste tenderá siempre a equilibrar funciones internas como nuestra presión sanguínea, temperatura corporal, frecuencia respiratoria y niveles de glucosa sanguínea, entre otras.

El clima y nuestro nivel de meteorosensibilidad son dos de los factores que pueden alterar ese equilibrio. Cuando nuestro organismo detecta y genera una respuesta a las condiciones cambiantes de nuestro entorno (aunque la mayoría de las veces no seamos conscientes de ello), abandonamos lo que se ha denominado confort climático o la sensación neutra en nuestro organismo respecto al ambiente atmosférico, para terminar experimentando estrés climático.

El estrés climático proviene de ese desequilibrio en nuestra homeostasis biológica, y se traducirá en una alteración de nuestro estado de salud tanto físico como psíquico; un exceso de tensión impuesta que abarcará sistemas como el neuroendocrino y el nervioso para hacer frente a las alteraciones del ambiente. Un ejemplo biológico sencillo que todos hemos podido observar es la producción de sudor cuando las temperaturas son más altas de lo que acostumbramos, gracias a lo cual el cuerpo intenta recuperar la refrigeración del sistema; más complejo nos resultará identificar los efectos de ese estrés climático en nuestro humor.

¿Cómo nos afectan los días de lluvia?

No hay una única respuesta a esta pregunta, ya que, que experimentemos estrés climático dependerá de cada individuo y su genética, del estado general del organismo y sus patologías, y por último, de cómo sea el estímulo ambiental, como por ejemplo la aparición brusca de una ola de frío o de calor.

El calor, por ejemplo, es agradecido por muchos mientras que otros se sienten aletargados; lo mismo sucede los días grises y lluviosos, hay quienes adoran el otoño y el invierno, porque sienten que el fresco les “espabila” y otros sin embargo preferirían ahorrarse esas estaciones. Pero lo que sí que advertimos todos son los cambios bruscos de tiempo, nos ponen en alerta y generan una respuesta de anticipación en nuestro organismo por ese “detector climático” que nos caracteriza a los seres vivos. Por eso seguramente, ante el cambio de estación o vivir días intercalados de mucho sol con días grises y lluviosos, podamos llegar a sentirnos raros.

Los factores meteorológicos más estudiados por su influencia en nuestro comportamiento son la temperatura ambiente, el viento y la cantidad de luz recibida. Dado nuestro clima en la estación en la que nos encontramos ¿cómo puede afectar cada factor a nuestro organismo a niveles físicos? El viento frío y húmedo produce hipersecreción mucosa, mientras que el templado puede generar cefaleas y jaquecas; las bajas temperaturas suscitan la aparición de trastornos respiratorios y circulatorios; la humedad a niveles superiores al 75 % recrudece el reuma, la artritis o la artrosis, mientras que si es menor al 25% fomenta la sequedad de piel y las mucosas.

Sabemos que la climatología no es un factor determinante a la hora de generar patologías, aunque sí puede fomentarlas; por ejemplo, la luz es importante para nuestro sistema, nos aporta de manera natural vitamina D y su ausencia hace que el sistema que impulsa la segregación de serotonina se desequilibre.

Por eso, para los que vivimos en territorios generalmente soleados, podemos experimentar los días lluviosos (habitualmente carentes de luz solar) con estados de ánimo bajos y apatía. Disminuyen nuestras ganar de realizar actividades cotidianas, podemos aparcar planes o cambiar nuestros hábitos. Dicho esto, tenemos que tener en cuenta que no podremos evitar sentir desgana si la experimentamos, pero sí podemos decidir qué hacer con ella: dejar que nos domine (crear pretextos y cancelar actividades puede retroalimentar esa apatía) o aparcarla y comprometernos con nosotros mismos a hacer lo que nos habíamos propuesto a pesar del día gris.

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En cambio si nos fijamos en cómo afecta la lluvia a los niveles de ansiedad, cuando las nubes descargan el nivel de alerta baja mucho, nos sentimos más despejados y los ataques de pánico bajan a la mitad. Suele ser antes de que rompa a llover, en esos periodos de tiempo en los que el cielo está encapotado, en los que hay una especie de percepción interna que nos dice que nos protejamos, como una sensación de amenaza que aparece en forma de incomodidad. Y si el periodo de encapotamiento-lluvia se presenta cíclicamente y dura mucho, podemos experimentar confusión, porque solemos vivir constantemente la angustia que provoca la sensación de antes de llover con el posterior alivio de que lo haga.

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