Seguramente que alguna vez a lo largo de toda tu vida, te has encontrado con alguien o quizá con muchos, o tal vez te identifiques tú mismo, con personas que defienden sus ideas acerca de la vida o de lo que uno debe ser, a ultranza. “Así tiene que ser…”. Cómo se debe de actuar ante el conflicto, cómo hay que actuar en el trabajo para conseguir éxito o cómo, por ejemplo, ser una buena pareja. Irradian fuerza y seguridad en su discurso, defienden su “verdad” como si de una guerra mundial se tratase, con argumentos sólidos, aparentemente bien construidos, donde pareciera no caber un ápice de insensatez.

Estos discursos son embaucadores, nos atrapan, captan nuestra atención y tiene todo el sentido del mundo. Pensemos que para que la persona los defienda de ese modo ha tenido que forjarse una serie de argumentos en los que probablemente haya reflexionado profundamente. Hay veces que ni “chicha ni limoná“, no nos mojamos en exceso y pareciera que no perdiéramos la vida en la defensa de ninguna idea o creencia. Sin embargo, otras veces, “sangramos” con nuestras ideas, nos “despellejamos”, bombardeamos argumentos medidos al milímetro, porque como mencionábamos anteriormente, probablemente, ya hayamos hecho este proceso previamente en nuestro interior.

Este “despelleje”, es común verlo en la educación de padres a hijos. Queremos que nuestros hijos lo hagan bien, queremos que se equivoquen lo mínimo posible, que lo errores que cometan no sean del todo irreparables y queremos también que ellos no cometan los errores que nosotros pudimos cometer en el pasado. Hemos aprendido, o eso creemos, de que va esto de vivir. Y queremos transmitírselo, supongo que con la mejor intención, con el fin de conseguir lo anteriormente mencionado.

Si como mencionábamos anteriormente ese tipo de discursos pueden ser muy atrayentes, si estos se producen por figuras de referencia como son nuestros padres, entonces la influencia es mucho mayor. Y acabamos creyendo que esa es la verdad, esa es la manera de actuar y es así como se debe ser.

Así es como se debe ser, así tiene que ser…

Entonces creemos saber cómo se debe ser y creemos saber cómo debemos actuar y supongo que esto es normal y necesario, porque en algo necesitamos creer. No tendría demasiado sentido movernos por el mundo sin un referente, aunque a veces éste sea casi una utopía.

Las frases con las que nos educaron quedan impregnadas dentro de nosotros como un tatuaje imborrable. Por mucho que nos revolvamos ante la idea, lo que se esperaba de nosotros nos ha marcado, aunque lo que se esperaba o lo que se creía que debíamos ser, no sea con lo que nos sentimos cómodos.

Yo no puedo pedirme una baja por ansiedad, me decía hace unas semanas una paciente.
¿Por qué? Le pregunté
Porque en el trabajo hay que cumplir se esté como esté, eso me decía siempre mi padre.

Entonces empezamos a reflexionar sobre aquellas ideas que se nos trasladaron y como creímos en ellas a ultranza, en la dificultad que todos más o menos tenemos en deshacernos de las recetas vitales que nuestros referentes nos cedieron, aunque éstas no nos funcionen como esperábamos. En cómo creemos ser poseedores de la verdad, aunque la verdad no deje de estar impregnada de subjetividad.

Con 22 años, Patricia tiembla cada vez que sale a un escenario a defender un discurso. Las frases de su padre se repiten dentro de ella como si de un disco rayado se tratase “hay que hacerlo bien”, “tienes que demostrar que puedes hacerlo”. Pero Patricia, necesita que alguien la diga, que puede equivocarse y que quizá no sea tan necesario e importante hacerlo siempre bien. Porque lo que a su padre un día le sirvió, o al menos eso piensa él, a ella la dinamita.

Supongo que esto nos devuelve una idea a la que nos resistimos y es que no hay receta de cómo ser, ni de cómo vivir, aunque esto nos enfrente directamente con la incertidumbre que conlleva la experiencia de estar vivos.

Lo que a nuestros referentes les sirvió, no tiene por qué servirnos a nosotros y a nuestras peculiaridades individuales. Quizá por eso, no se trate de cómo tener que ser, sino de cómo aprender a ser, para poder estar bien, que al fin y al cabo es lo que andamos buscando. Quizá por eso, no se trate de enseñar a ser, sino de enseñar a elegir como ser.

La ansiedad en muchas ocasiones se convierte en un espejo al que hay que aprender a observar. Ese espejo nos devuelve a veces nuestra rigidez de pensamiento, nuestra inflexibilidad para darnos cuenta que son nuestras propias creencias e ideas irrefutables, las que nos ahogan. Porque he dejado de escuchar lo que necesito o lo que quiero para solo poder ver, lo que creo que debo.

Ojalá, seamos capaces a través de nuestro auto trabajo de desprendernos de aquello que un día se esperaba de nosotros, aunque esa talla no nos siente bien. Ojalá también, seamos capaces de cambiar la historia y de darnos cuenta de que quizá la mejor manera de enseñar a ser, es enseñando que no hay una manera correcta de ser.

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