¿Como sucedió tu primer ataque de pánico?

“Habíamos ido de boda y después, fuimos a una discoteca de esas que tienen muchas plantas: cinco o seis, no sé, ya no me acuerdo. La cuestión es que llegamos de los primeros y la discoteca estaba casi vacía y decidimos dar una vuelta por el local. Cuando no se en que planta, de repente me desorienté y no sabía dónde estaba la salida, así que empecé a correr como una loca y los demás detrás de mí, y yo solo sabía decir que dónde estaba la salida, me faltaba el aire, tenia opresión en el pecho, temblores… Cómo es lógico encontré la salida y al llegar a la puerta me empecé a encontrar mejor sin necesidad de salir a la calle. Después llegaron todos los demás y bajamos una planta para estar allí y me volvió a pasar; Tenia tal opresión en el pecho que me tuve que salir a la calle y como no se me pasaba, los de la discoteca llamarón a una ambulancia, el médico me dijo que era un ataque de ansiedad”.

“Un día fui a recoger a mis hijas al colegio. Llegaba tarde y fui muy rápido. Al llegar así me sentí muy mal, no tenía fuerza en las piernas y el corazón parecía que se me iba a salir. Pensé que era un infarto y dos madres me llevaron en su coche al hospital. Todos pensábamos que era un infarto. En el hospital me hicieron un electro y me tumbaron en una camilla en el pasillo, Yo seguía sintiendo que me moría, que perdía el conocimiento, que no controlaba mis esfínteres. Todo el tiempo llamaba, pedía ayuda, hasta que al cabo de un rato me dieron un ansiolítico y se me pasó. Nadie me dijo que aquello había sido ansiedad. Pensé durante una temporada que era algo físico”.

“En aquella parada de la facultad esperando al autobús empecé a sentir un ahogo tremendo. “Me voy a desplomar al suelo”, pensé. Y, lo peor, me azotó una alarmante falta de autocontrol por las prisas de querer huir, que me hizo temer que no fuera a ser capaz de hacerme cargo de mí ni de mis actos (¿y si me da por gritar? ¿O por cruzar la calle en pleno tráfico? ¿Y si me quedo paralizada y no puedo coger el autobús?). Literalmente, me asfixiaba. “¡No voy a ser capaz de pedir ayuda, no me da la voz!”

Estos son tres relatos de personas que sufren su primer ataque de pánico. Como muchas veces me comentan, es una experiencia que queda grabada muy vívidamente en la memoria. En casi todas las personas hay una sensación de ruptura con lo que habían vivido hasta entonces, produciéndose un antes y un después de la experiencia.

¿Qué es un ataque de pánico? En esencia es una aterradora experiencia de pérdida de control, y una sensación de que algo terrible va a suceder, acompañado por una diversidad de manifestaciones fisiológicas de ansiedad. Muchas personas se creen que están muriéndose, que van a desmayarse o están volviéndose locas. El pánico va acompañado de una serie de reacciones fisiológicas, como el aumento de la frecuencia cardiaca, la dificultad para respirar, los temblores, los mareos, la sudoración, las sensaciones de irrealidad…

El trastorno de pánico se produce cuando las crisis se repiten de forma recurrente e inesperada, hasta el punto de interferir con la vida de la persona. Dicho trastorno puede ser tremendamente incapacitante
para una persona, puede condicionar su trabajo, sus relaciones y puede afectar seriamente a su calidad de vida, ya que el pánico puede convertirse en algo alrededor del cual gira la vida la persona, y el temor a tener un ataque puede ocupar una parte muy importante de los pensamientos diarios, llegando a interferir con la vida normal.

En ocasiones, las personas empiezan a desarrollar un miedo intenso a que dichas sensaciones aparezcan en situaciones donde no pueden escapar, o sería muy difícil pedir ayuda. Por otro lado aparece la creencia de que en ciertos ámbitos es mucho más probable que aparezcan las sensaciones que en otros, por lo que el mundo se empieza a dividir en zonas seguras e inseguras. Cuando esto ocurre entonces estamos hablando de que la persona ha desarrollado agorafobia y las personas que padecen este trastorno pueden llegar a evitar aquellas situaciones que ellas consideren inseguras, con lo que su vida puede quedar seriamente limitada.

En AMADAG (la Asociación Madrileña de Agorafobia) decimos que la agorafobia termina siendo más un estilo de vida que un mero trastorno, y es ahí donde radica el problema. La experiencia vital de la persona se centra en no sentir miedo, y eso implica que “lo demás” (lo que quiera que llamemos “lo demás”: pareja, amistades, trabajo, placer, diversión, familia…) es secundario.

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