El ser humano en general es un gran enamorado del control, del «quiero tenerlo todo controlado». El control es seguridad y no hay nada que le guste más a nuestro cerebro que asentarse en esta palabra. La experiencia de control es muy importante para el buen funcionamiento psicológico. Esta afirmación queda avalada por numerosas investigaciones llevadas a cabo en las últimas dos décadas, donde se confirma que, ya desde la infancia, la percepción de control es un importante predictor del bienestar físico y psicológico. En general, cuando las personas pueden elegir entre ejercer control o no, muestran una clara preferencia por ejercerlo. Pero no siempre que se cree estar controlando algo, es realmente así. El control se sustenta en muchas ocasiones bajo la falsa creencia de que podemos abordarlo e influir en todo o casi todo. Ya en 1975 Ellen Llanger definió el sesgo de ilusión de control como la tendencia de las personas de creer que pueden controlar, o al menos influir, los resultados en los que no tienen ninguna influencia. Algo que es fácil observar, por ejemplo, en cómo nos comportamos en los juegos de azar.

Tenemos control, pero no de todo

No, no es verdad que no tengamos el control sobre nada. ¡Menuda locura sería! Si viviéramos sin poder controlar ninguna de las variables que nos rodean. Nuestra seguridad, o al menos nuestra sensación de seguridad se sustenta en cierto modo, gracias a que poseemos el control de muchas de las cosas que nos rodean y de muchos aspectos de nosotros. Sin embargo, como todo en la vida, cuando queremos términos absolutistas acabamos perdiendo la batalla. Y es que tener el control sobre todo se parece más a una ilusión que a algo a lo que podamos aspirar con realismo. Puede parecer obvio ¿verdad? ¿Cómo voy yo a controlar que piensan los demás? ¿Cómo voy a controlar que mi jefe pueda algún día despedirme? ¿Cómo puedo controlar que no me dé un ictus algún día? Pues bien, racionalmente todos estaremos de acuerdo, no es posible. Sin embargo, contrariamente a lo que muchas veces pensamos, los seres humanos no somos o al menos no nos caracterizamos por nuestra racionalidad, esto no quiere decir que no podamos ser racionales, pero con esfuerzo, racionalizar resulta un esfuerzo para nosotros, es decir, no somos innatamente racionales frente a lo que podemos pensar. Porque si fuéramos así no perderíamos el tiempo pensando en si algún día nuestro novio nos deja, por ejemplo, porque racionalizaríamos innatamente que es algo que hoy en día no podemos resolver.

Problemas como la hipocondría o la ansiedad generalizada, son dos buenos ejemplo de cómo podemos acabar volviéndonos ¨yonkis¨ del control. Como no puedo asumir que algún día a mi cuerpo pueda ocurrirle algo, me paso la vida intentando resolver algo que ni siquiera existe. Como no puedo aceptar que algún día las cosas puedan salir mal ( los famosos ¿Y si? que caracterizan a la ansiedad generalizada), entonces me paso la vida intentando encontrar soluciones a problemas que no existen.

Estos son dos de los ejemplos de cómo el deseo ilusorio de tenerlo todo controlado y a la vez, por ende, los terrores al descontrol pueden acabar truncando la experiencia vital de la persona. Sin embargo, no hace falta padecer un problema psicológico para tener serios problemas con los intentos de control a cerca de nuestro contexto.

¿Por qué intentar tener todo controlado es un problema?

Porque cómo mencionábamos anteriormente esto puede resultar más problemático de lo que inicialmente podemos pensar. A veces nuestro problema es que no somos capaces de detectar problemas, así que pasamos la vida sin prestar demasiada atención a aspectos de nuestro comportamiento que nos están dañando de forma constante.

Tener el control de todo no es posible y aspirar a ello (aunque ni nos estemos dando cuenta de que estamos intentando hacer esto) es ignorar una realidad y cómo suele pasar, ignorar realidades nunca ha resultado demasiada buena idea. Entonces me frustro, me angustio, sudo, me late el corazón muy deprisa o siento que me ahogo. Porque como decía Albert Ellis, si creo que las cosas deberían de ser de una determinada manera y no lo son, entonces tengo un conflicto interno importante.

Si como mencionábamos anteriormente buscamos el control porque nos hace sentir seguros ¿Cuándo creéis que buscamos mayormente percepciones de control sobre todo? ¡Pues si! Cuando nos sentimos inseguros. También cuando somos un poco rigiditos mentalmente, lo que viene a ser de toda la vida ¨de mente cuadricula¨ y por ende no toleramos nada bien los cambios. La baja tolerancia a la incertidumbre y la necesidad de control siempre van bien agarraditas de la mano. Como dos mejores amigas: donde está una, encontrarás a la otra.

La sensación de necesidad de control suele ser un buen caldo de cultivo para los trastornos de ansiedad. Al fin y al cabo, la vida no parará de enseñarme que mucha de nuestra experiencia es incontrolable y si yo no lo acepto me volveré un generador de angustias.

¿Cómo se trabaja la necesidad de control?

Pues como todo en la vida, en primer lugar, entendiendo que mi pretensión disfrazada en muchas ocasiones de persona híper responsable y híper precavida es un problema. Es decir, a través de la psicoeducación. La mayoría de veces que les hago saber a mis pacientes que tienen un problema con intentar controlarlo todo, se sorprenden, porque cuando uno tiene tan interiorizado una manera de enfrentar el mundo, en muchas ocasiones lo normaliza y no es ni siquiera consciente de lo que está haciendo. Es importante ayudar a la persona a entender que la sensación de control es en gran medida eso, una sensación, pero no una realidad. Ayudamos a diferenciar qué tipo de situaciones o cosas sí están bajo nuestro control, por ejemplo, puedo controlar no llegar tarde a la quedada con mi familia u organizar mejor mis horarios de estudio y qué tipo de situaciones no lo están, por ejemplo, no puedo controlar lo que las otras personas piensan de mí, los sentimientos de otra persona, lo que decidan hacer los demás, o si alguna célula de mi cuerpo mutará algún día. 

También trabajamos el cambio de conducta, al fin y al cabo, la persona repite las conductas de intento de control, porque cree falsamente que le proporciona control sobre el mundo. Es decir, creemos que por preocuparnos por si algún día nuestro hijo sufre un accidente de tráfico, hace menos probable que esto pase, por ejemplo. Provocamos que la persona se exponga a situaciones que no puede controlar y luego evaluamos las consecuencias de las mismas para así hacerle ver que no eran ni de lejos tan catastróficas como las pintaba.

Y también hacemos exposiciones para mejorar la tolerancia a la incertidumbre, creando situaciones imprevistas para que el cerebro del paciente aprenda poco a poco a tolerar mejor los cambios y así sufrir menos cuando se den.

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