Uno de los procesos mentales que más nos han podido ayudar en estos últimos tiempos de abruptos cambios por la pandemia ha sido nuestra flexibilidad cognitiva, y a su vez, es la que nos está ayudando poco a poco a desescalar. Aunque sea una herramienta poco conocida y opere silenciosamente, es la llave de nuestra adaptación al medio. La flexibilidad cognitiva está presente en las interpretaciones que hacemos de lo que sucede a nuestro alrededor y, consecuentemente, en la toma de decisiones que llevamos a cabo. ¿Quieres saber qué es la flexibilidad cognitiva y en qué te puede ayudar si no la dejas oxidar?

Costumbres vs. Adaptación

Reconozcamos que somos animales de costumbres: podemos siempre escoger el mismo trayecto para ir de casa al trabajo, la misma gasolinera para repostar, o echarle los mismos ingredientes una y otra vez a ese guiso tan rico porque ¿para qué cambiar si está bueno así? Nuestros pequeños hábitos del día a día a menudo están llenos de repetición, porque nos transmite una sensación de cotidianeidad y previsión que nos hacen sentirnos más organizados y seguros con los resultados. El problema puede sobrevenirnos cuando algo en el contexto cambia: la máquina del habitual café de media mañana está estropeada, me dicen que solucione un problema urgente en el trabajo teniendo que dejar de lado el resto de asuntos pendientes que pensaba despachar hoy, o simplemente se anula la partida de cartas que solemos jugar los jueves por la tarde. Y a ti… ¿qué te suele suceder cuando te pasan estas cosas?

Cuando algo inesperado sucede y debemos reflexionar cómo proceder, de primeras a todos nos resulta algo confuso generar una opción alternativa a lo que teníamos en mente; sin embargo, a continuación, no todos nos vamos a sentir de la misma manera. Hay personas que son como el agua, se adaptan a cualquier “recipiente”, a cualquier cambio de la situación, mientras que otras personas (las que se acostumbran a aferrarse a hábitos muy marcados), pueden sentirse atorados, incluso angustiados por verse atrapados en la situación. No es que no se les ocurran alternativas, es que no contemplan que las haya en ese momento. Esta diferencia, en gran medida la marca el entrenamiento y desarrollo de nuestra flexibilidad cognitiva.

¿Qué es la flexibilidad cognitiva?

Para adaptarnos a un contexto vital y social que resulta tan exigente por naturaleza, requiere que las personas aceptemos sus constantes cambios; y aunque sabemos que no es nada fácil, tenemos habilidades que podemos entrenar para facilitarnos esa conciliación.

A todos nos resultará familiar si hablamos de que el ser humano es capaz de proponerse objetivos, de intentar seleccionar qué pasos en forma de acciones debe seguir para estar un poco más cerca de alcanzarlos; también contamos con la habilidad para ejecutar acciones que nos habíamos programado con anterioridad, y poder supervisar y modificar estas acciones si lo consideramos necesario. Estas habilidades de la mente que se encargan de formular, planificar, supervisar y dirigir nuestras conductas con una finalidad eficaz, creativa y socialmente aceptada, es a lo que la neuropsicóloga estadounidense Muriel Lezak denominó como funciones ejecutivas ya en 1982.

¿Qué por qué os hablamos de esto? Pues porque la flexibilidad cognitiva se encuentra dentro del saco de las funciones ejecutivas, concretamente, hacemos uso de esta capacidad para adaptarnos a varias tareas (por ejemplo, que quiera un café y la máquina esté rota), flexibilizando nuestras respuestas y perspectivas que se tenían inicialmente de una situación, objeto o persona, para poder adaptarlas o cambiarlas. Así que gracias a ella podemos generar soluciones en base a las nuevas exigencias que se nos presentan y anteriormente desconocíamos.

Empezando a encajar la novedad

La flexibilidad cognitiva implica principalmente: manejar dos conceptos diferentes de forma simultánea, y poder ajustar o cambiar nuestros esquemas cognitivos previos o arraigados. Pero ¿cuándo da comienzo el entrenamiento de este tipo de habilidades?

Dentro de los estadios del desarrollo intelectual que investigó Piaget (sensoriomotor, preoperacional, operaciones concretas y operaciones formales), es a la edad de 7 a 11 años cuando se empieza a desarrollar y practicar el estadio de las operaciones concretas. Este es el momento en el que aparecen las operaciones lógicas y la reversibilidad en el pensamiento (es decir, la capacidad de razonar en un sentido y en el contrario). Es esta reversibilidad en el pensamiento la que da lugar a la flexibilidad cognitiva: para que el niño asuma los cambios y pase de un estado a otro, tiene que emplear los esquemas que ya tiene aprendidos pero poniendo en práctica esa flexibilidad ante las situaciones nuevas que vayan surgiendo.

Así que ya desde pequeños/as, en la interacción entre nosotros/as y el medio, se inicia un entrenamiento en el que vamos construyendo nuestro propio conocimiento para adaptarnos a cada situación novedosa. Sin embargo, no todos desarrollamos el mismo nivel de capacidad, ya que las diferencias entre unos y otros dependerá de si alimentamos o no cualidades como:

  • Pararnos a organizar la información de la que disponemos en el momento
  • Entrenamos la apertura mental o asimilación de información nueva; que conlleva estar abiertos a la adquisición de información (incorporando los nuevos datos a los esquemas previos) y la acomodación de esos datos (ajustando y modificando necesidades, expectativas…)
  • Terminamos llevándonos a la acción más regulada y equilibrada que podamos dar para nosotros dada la situación

Beneficios de entrenar nuestra flexibilidad

Cuando somos mentalmente más rígidos tendremos más dificultades para resolver problemas frente a expectativas preconcebidas, más baja tolerancia a la frustración, y por tanto, peor gestión del estrés y la ansiedad por la sensación de no poder salir de situaciones conflictivas. Sin desearlo, nos llegamos a sentir más atrapados en situaciones que pensamos que no podemos cambiar, sin llevar a cabo una visión más holística de lo que estamos viviendo y de las decisiones que podemos tomar.

No es capricho que en un espacio terapéutico, el profesional, a través de un método u otro, nos anime a entrenar esta súper-capacidad, ya que gota a gota estaremos fortaleciendo ser personas mentalmente más flexibles:

  • Podremos ampliar puntos de vista
  • Generar nuevas herramientas, opciones y alternativas
  • Romper con patrones antiguos generando nuevas asociaciones entre conceptos
  • Nos permitirá cambiar de perspectivas
  • Ser más tolerantes ante lo inesperado o diferente del entorno
  • Posibilita generar una cantidad significativa de soluciones
  • Seremos capaces de valorar lo que no nos está funcionando y poder cambiar de planes para conseguir otros resultados
  • Desarrollaremos mayor empatía con los otros
  • Incluso se verá ampliada la visión o concepto que tenemos de nosotros mismos

Si después de esto eres de los que quiere empezar a trabajar con su flexibilidad cognitiva, hay sencillos ejercicios que podemos hacer a diario cada uno de nosotros por nuestra cuenta para entrenarla: haz de vez en cuando alguna tarea con la mano no dominante, cambia ligeramente el recorrido que sueles hacer para ir de un punto a otro, modifica el orden que sueles establecer a la hora de limpiar la casa, practica técnicas como la de brainstorming para valorar diferentes posibilidades ante un cambio de situación que te preocupe, permítete cambiar de opinión en un momento dado, o aumenta el tiempo que dedicas a observar y escuchar lo que sucede a tu alrededor… aquí te proponemos sólo unos pocos ejemplos, pero no hay límites a la hora de imaginar qué pequeños cambios puedes hacer para entrenar tu flexibilidad. ¿Se te ocurre alguno más?

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