¿Eres de los/las que suelen esquivar el contacto social? ¿Las reuniones de mucha gente te abruman o acabas agotado/a tras acudir a una? ¿evitas hablar o hacer determinadas cosas en público por miedo a ser juzgado/a por los demás? Si algunas de las cuestiones te han resultado familiares, quizás te interese de lo que hoy vamos a hablar: la ansiedad social. Un problema de ansiedad ampliamente extendido hoy por hoy, pero que es mal entendido en muchas ocasiones. Porque a la hora de considerar cuánto de sociales nos reconocemos, solemos confundir el ser tímidos con ser introvertidos, al igual que a veces se confunde el miedo a vernos en determinadas situaciones sociales con “ser antisocial”.

En una sociedad en la que se anima a ser visto (por ejemplo, a través de las redes sociales), y se alimenta el tener que ser accesibles, simpáticos, abiertos, correctos y demás aspectos idealizados que resulten agradables en una interacción entre dos o más personas, para muchos es complicado asimilar que existan tendencias diferentes y haya personas a las que les cueste saludar y entablar una conversación con alguien a quien le acaban de presentar, o simplemente hablar con un camarero para pedir un café. “Es que es un poco borde” o “tú hazlo y verás que se te quita la tontería” podemos llegar a escuchar; pero, ¿hablamos de una tontería o un de un problema que conlleva sufrimiento? ¿Qué puede haber detrás de esos comportamientos de silencio?

Timidez e Introversión

Como avanzábamos antes, ser una persona introvertida no es lo mismo que tímida.

La introversión-extroversión nos habla del grado de sociabilidad con el que la persona tiende a sentir mayor bienestar interno. Cuando una persona se inclina por tendencias más introvertidas suele ser mayoritariamente tranquilo, reservado, introspectivo, retraído, distante con los demás excepto con los amigos íntimos, cauteloso y con elevado control emocional; por lo que preferirá un entorno más solitario, sin que ello le genere angustia.

La timidez, sin embargo, es un sentimiento natural que nos caracteriza a todo ser humano y que conlleva un sentido adaptativo. Todos hemos podido ver cómo a veces los niños pequeños, metidos en sus ensoñaciones, se esconden detrás de sus madres o padres al percatarse que son vistos o preguntados por adultos desconocidos. La timidez suele ser un comportamiento retrotraído desarrollado ante la aparición de determinadas personas, ya sean de autoridad, gente a la cual admiramos por algún motivo o a la que percibimos como extraordinariamente extrovertidos. Diríamos por tanto, que la timidez es una forma indirecta de tener un orden, una especie de regulador social que nos permite evaluar situaciones novedosas a través de una actitud de cautela con el fin de responder de la forma más adaptativa posible a las demandas de la situación.

Ambas, introversión y timidez, son diferentes de la ansiedad social. Para ir abriendo boca y aclarar diferencias, la ansiedad social tendría más que ver con un mecanismo de defensa que se desarrolló en un pasado, en el que se siente esa timidez en determinados momentos, pero además la persona se autoimpone no poder experimentarla. De tal forma que ciertas interacciones con los otros se viven con ansiedad; una ansiedad que viene provocada por la inseguridad frente al intercambio social y las preocupaciones excesivas por el miedo a ser evaluados negativamente por otros.

Y por supuesto esto no tiene nada que ver con ser “antisociales”. La persona que experimenta ansiedad social no rechaza el contacto social, simplemente teme y a su vez desea el contacto social. Sintiéndose bloqueada por la exigencia que se hace a sí misma de no sentir miedo al interactuar con los demás.

¿En qué consiste la ansiedad social?

Imagínate que cada vez que te dispones a hablar con alguien, recibes un calambrazo. Imagina que, de forma constante y asociado a tus intentos de relacionarte socialmente, sientes esa desagradable experiencia, ¿qué crees que terminarías haciendo? Pues lo más seguro es que acabases no queriendo establecer ningún tipo de relación y te alejases de los demás, simplemente para evitar ese desagradable calambrazo. Algo equiparable les sucede a las personas que atraviesan por esta problemática, pero en vez de experimentar dolor físico experimentan dolor emocional.

Por diferentes vivencias y aprendizajes, estas personas viven un intenso miedo frente a la idea de estar expuesto, y poder ser examinado y evaluado negativamente por los demás. De entre sus mayores temores se encuentran llegar a ser juzgados como ansiosos, desajustados, débiles, estúpidos, torpes sociales, aburridos, desagradables, bordes, intimidantes, etc. Lo que supondría una humillación, una vergüenza extrema o, en última instancia, un profundo rechazo por parte de las personas de su entorno.

Ese profundo miedo a ser rechazados o negados del cariño y aceptación de los demás, les hará intentar por todos los medios modificar lo que los otros piensen de sí mismos, cambiando o suprimiendo sus comportamientos espontáneos, atendiendo a lo que dicen (o no dicen), intentando camuflarse y que no se les note nerviosos… Digamos que el interactuar con algunas personas se les hace un juego de espías en el que no deben ser descubiertos para que “todo vaya bien”, para que sean aceptados, incluidos, queridos.

Por supuesto, estos miedos pueden variar dependiendo de la persona que los padece: pueden sentirlos en contextos formales (por ejemplo, con compañeros de trabajo, dando alguna charla profesional, o figuras de autoridad como jefes, profesores…) y/o en contextos informales (con desconocidos a los que deseen causar buena impresión, o personas cercanas como amigos o familiares). Pero siempre persiguiendo el objetivo de causar una buena impresión, intentando mostrar una máscara de seguridad, confianza y competencia, que creen que será lo deseado y aceptado por su interlocutor; lo que también conlleva un gran esfuerzo para impedir que se noten síntomas de ansiedad (como temblor de manos, sudor o rubor, bloquearse o quedarse en blanco durante la conversación…) que pueda dejar ver al público su temor frente a la situación.

Con lo dicho hasta ahora, ya os podéis imaginar que este tipo de funcionamiento en las relaciones sociales puede desarrollarse en cualquier tipo de contexto habitual. La ansiedad o el temor a ser observado, analizado y juzgado negativamente puede experimentarse comiendo o bebiendo en público, hablando por teléfono, o situaciones en las que la persona ha de desenvolverse ante otros como en una reunión de trabajo, festejos o a la hora de conocer un grupo nuevo.

Dos enemigos de la ansiedad social: exigencia y perfección

Para aquel que no experimente esta problemática, es importante conocer qué tipo de planteamientos son los que sustentan este funcionamiento; para entender que esto no es una elección consciente, ni una tontería en la que la persona se ha empeñado en instalarse. Hablamos de pensamientos y formas de entender las interacciones sociales por las que tiene todo el sentido que la ansiedad social se mantenga, incluso se incremente.

• Existe una tendencia a la hipersensibilidad. Posiblemente se hayan sentido en algún momento de sus vidas rechazados u omitidos por alguien relevante para ellos y van afianzando la creencia de que todos reaccionarán de la misma manera. Son personas que aprendieron a ser suspicaces ante las posibles reacciones negativas de los demás (cuyas consecuencias, por otro lado, tienden a sobreestimar). En contraposición a su hipersensibilidad al rechazo, desean intensamente ser aceptados y tener relaciones interpersonales. De ahí el conflicto que suele existir entre estos dos rasgos: sentir pavor ante la posibilidad de ser puntualmente menospreciado y al mismo tiempo, ansiar aprobación y estima.

• En la mayoría de los casos existe íntimamente cierta idea de que son diferentes, defectuosos o insuficientes en comparación con los que les rodean. Suelen hacer supuestos subyacentes sobre las relaciones y procuran que nadie se les acerque lo suficiente como para que se den cuenta de que son inadecuados, incompetentes… Así que interpretan que lo que creen y sienten es una verdad absoluta que les caracteriza a ellos y a los demás, sin contrastar sus hipótesis.

• Suelen combatir su miedo a través del perfeccionismo. Así que ante situaciones sociales en las que creen que no han logrado sus expectativas o lo que valoran que “tendrían que haber hecho”, tienden a ser tremendamente críticas consigo mismas y constantemente se convierten en sus propios censores a través de la rumiación de pensamiento.

• Para manejarse con lo que consideran “sus errores” (por los que estaría justificado que fuesen criticados), generan asiduamente autoexigencias con el fin de intentar ocultar su inseguridad y sintomatología ansiosa. Íntimamente se piden mostrar esa versión perfecta de sí mismos y no sentir miedo si lo están experimentando, estrategia que los lleva a quedarse bloqueados ante lo imposible de la petición.

• Frente a la sensación de descontrol que supone no siempre mostrarse ante los demás como a uno le gustaría (síntomas de ansiedad incluidos), la mente intenta buscar certidumbre, así que, para intentar frenar todo esto, suelen anticipar con mucha antelación el cómo actuarán en eventos prefijados de antemano que aún no han sucedido. Imaginar el peor de los escenarios: que su déficit será descubierto y por ello serán rechazados, criticados, humillados o puestos en evidencia.

• Todos los mecanismos o procesos mentales que hemos recogido hasta ahora, junto con el de anticipar y sobreestimar las consecuencias negativas, les conducen a sentir diariamente un alto grado de ansiedad y sensación de amenaza por parte de los otros que retroalimenta el miedo a la interacción y no permite satisfacer su propia necesidad de aprobación.

• ¿Y cómo se suele manejar esta carga de ansiedad frecuente? A corto plazo, de nuevo, con mayor carga de perfeccionismo, exigencia y crítica interna. Y a largo plazo tienden a hacer dos cosas que les hacen entrar en un conflicto consigo mismos aún mayor y más profundo:

  • Evitan. La mayoría, además de la evitación social, presentan también evitación de sobre la realización de sus deseos, sobre su futuro. Suelen automatizar el hábito de postergar la búsqueda de sus propios deseos, pensando que algún día caerá del cielo la relación perfecta o el empleo inmejorable, sin que ellos realicen el más mínimo esfuerzo. Porque el coste inmediato en emociones negativas, les parece demasiado alto; buscando numerosas excusas como “es que ir a un sitio con tanta gente no me gusta” o “esta gente es demasiado superficial”. Pero lo que sucede, en el fondo, es que no se creen con la capacidad de alcanzar sus metas; algo que enlaza con lo siguiente.
  • Se sienten culpables por estar ansiosos. Las personas con ansiedad social consideran que tienen un problema que “no deberían tener”, que el sentir ansiedad les define. Temen que si se permiten sentirse ansiosos, su ansiedad irá a más hasta perder el control, y que nunca se recuperarán. Una idea que a la larga afianza un mensaje y les deja atrapados: “nunca conseguirás tus deseos hasta que no dejes de sentir ansiedad”.

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