Hace poco que empezamos el otoño, una estación cuyos cambios de luz y temperatura no sólo influye en seres vivos como lo árboles, desprendiéndose del verdor y sus hojas, también los seres humanos nos vemos influidos en mayor o menor medida.

Nuestro organismo atraviesa una serie de adaptaciones para prepararse al descenso de las temperaturas, aumentando el consumo de energía para proporcionarnos una regulación térmica adecuada; a su vez, este procedimiento hace que descienda la capacidad de nuestras defensas, y que virus y bacterias nos ataquen con mayor frecuencia de lo que nos gustaría.

Pero el otoño no sólo nos impacta de esa forma, desde hace tiempo se ha venido observando que también podemos desarrollar episodios depresivos durante esta estación. Hoy hablamos de la depresión otoñal.

Los casi 40 años de la depresión otoñal

Fue el psiquiatra sudafricano Norman E. Rosenthal quien en 1980 escribió por primera vez acerca de este fenómeno anímico; cuatro años más tarde, lo denominaría trastorno afectivo estacional. Identificó que algunas personas, incluido él mismo, sentían una especie de tristeza invernal, experimentando generalmente síntomas como:

• Dificultad al levantarse
• Disminución de la energía
• Aumento marcado del apetito
• Preferencia por la ingesta de comidas con alto porcentaje de carbohidratos
• Ganancia de peso
• Dificultad para concentrarse
• Disminución de la libido
• Aislamiento social progresivo
• Irritabilidad
• Depresión
• Ansiedad

Por la naturaleza y las épocas en la que se daban los síntomas, consideró que era una depresión estacional, ya que aparecían en otoño y cesaban en primavera. A día de hoy, este trastorno del estado del ánimo con patrón cíclico estacional se sigue denominando Trastorno Afectivo Estacional (TAE).

¿A quién afecta la depresión otoñal?

Tengamos en cuenta que entre el 1 y el 10% de la población general se ve afectada por esta especie de “depresión otoñal”, siendo aproximadamente el doble de frecuente en mujeres que en hombres.

Este problema suele aparecer entre los 20 y los 35 años de media, y a medida que envejecemos va decreciendo su intensidad. A pesar de que la depresión es un trastorno muy presente en la población anciana, cuando hablamos del trastorno afectivo emocional, aún hoy se necesitan más estudios que aclaren en qué medida se presenta en esta etapa de la vida.

Quizás no nos extrañe saber que suele ser más común en las latitudes norte altas, siendo más frecuente en los países nórdicos (Finlandia, Dinamarca, Suecia y Noruega). Aunque la influencia de la latitud no es el único factor que contribuye a este problema, el clima, la dieta que mantengamos, factores socio-culturales, y la cantidad de luz irradiada (duración y claridad) a la que estemos expuestos a lo largo del día, así como la polución, nubosidad y la escasez de luz debido a la construcción en las grandes ciudades también nos afectan y son influyentes. La genética también tiene algo que decir aquí, ya que se ha investigado que muchas de las personas con este problema también tienen familiares de primer grado afectados.

Un dato curioso: las personas con este tipo de trastorno prefieren los días fríos pero luminosos que días nublados calurosos, lo que sugiere que la temperatura es menos importante que la luz natural para el desarrollo de los síntomas.

¿Qué sucede en nuestro organismo?

Al ser una depresión “joven”, identificada hace relativamente poco tiempo, aún queda camino por recorrer hasta poder afirmar con certeza qué causas hay detrás de ella. Hasta ahora se han propuesto diferentes mecanismos que influyen y se complementan entre ellos:

– La melatonina y la alteración del ritmo circadiano (nuestro reloj interno)

La melatonina es una hormona que interviene en nuestro ciclo del sueño, y sus niveles en sangre son más altos por la noche de forma natural. De hecho, está tan vinculada con nuestro reloj interno que, nuestro Sistema Nervioso Central produce ajustes para que la secreción de melatonina sea acorde con la duración de las horas nocturnas. Digamos que esta melatonina aporta la información necesaria del día y la noche a todos los tejidos del organismo.

Como sabemos, en nuestra latitud, en invierno hay más horas de oscuridad que en verano, por lo que a medida que el otoño se instala y las horas de luz van disminuyendo, nuestro organismo producirá mayor cantidad de melatonina durante nuestro descanso. Este aumento de melatonina puede llegar a afectarnos durante el resto del día, y en ocasiones provoca alteraciones en el comportamiento y cambios de estado de ánimo en personas predispuestas a esta problemática.

– Disminución en la secreción de neurotransmisores

De un tiempo a esta parte se viene estudiando que en el trastorno afectivo estacional intervienen diversos neurotransmisores como la serotonina, noradrenalina, dopamina o la ya mencionada melatonina.

La hipótesis que más se acepta actualmente es la que se refiere a la serotonina: un neurotransmisor que se sintetiza en el cerebro y que a su vez incide en los sistemas cardiovascular, renal, inmune y gastrointestinal. Conseguimos y sintetizamos serotonina de forma natural a partir del triptófano. Dicho esto, ¿por qué se cree que la serotonina y el triptófano influyen en otoño?

Existen estudios, en los que han encontrado mayores niveles de triptófano en abril y mayo, mientras que disminuye considerablemente al final del verano y principios del otoño. Además, se ha encontrado que la restricción en el triptófano de la dieta está relacionada con una disminución en la actividad de la serotonina cerebral. Es decir, que en otoño disminuyen los niveles de triptófano y por ende de serotonina pudiendo aparecer en consecuencia síntomas depresivos.

– Sensibilidad retiniana a la luz

Algunas evidencias sugieren que las personas que tienen déficits en el procesamiento de la luz, llegan a desarrollar síntomas por la falta de una luz adecuada; si se exponen a valores bajos de iluminación presentan síntomas depresivos atípicos con más frecuencia que los más expuestos a una iluminación diurna y/o intensa.

¿Cómo saber si puedo estar teniendo una depresión otoñal?

Rosenthal lo describe atendiendo a varios efectos:

a) Se vive como una crisis energética.

Podemos llegar a sentir que nos es imposible llevar a cabo actividades habituales como levantarse por la mañana o poner el lavavajillas por la sensación intensa de fatiga.

b) Nuestros ritmos de comidas y nivel de apetito cambian.

Se ha encontrado que aumenta el gusto por los carbohidratos en invierno. Un dato curioso es que existen estudios e investigaciones que sugieren que la comida rica en carbohidratos hace que las personas con TAE se encuentren más activos, mientras las no deprimidas se encuentran más fatigados y somnolientos.

No está del todo claro que se trate de una especie de regulación química que el organismo busca sin ser conscientes de ello , pero sí que se observa a nivel de la clínica un aumento de peso del paciente durante el invierno, con disminución de éste durante la primavera-verano. Esta dinámica cíclica de cambios, aumenta el riesgo de enfermedades físicas como padecer diabetes, sobrepeso y enfermedades cardiovasculares.

c) Cambios en los ritmos de sueño.

Durante el invierno la gente con SAD aumenta las horas de sueño, apareciendo asimismo una disminución en un tipo de sueño profundo. Se cree que durante el otoño e invierno estas personas tienden a la fragmentación del sueño, algo que refuerza la sensación de fatiga ya comentada.

d) Disminuye la apetencia y actividad sexual durante los meses de otoño-invierno.

Algo que puede ser una importante fuente de conflictos con sus parejas o relaciones más íntimas.

e) Problemas cognitivos.

En ese periodo pueden apreciar problemas como la disminución de la concentración, de la productividad, del interés, de la creatividad… imposibilidad para finalización de tareas, dificultades en las relaciones interpersonales.

f) Problemas afectivos.

Los síntomas físicos y el estado emocional que puede que se viva bajo los efectos de esta problemática, puede alentar a la persona a aislarse socialmente y evitar contacto con las personas de su entorno, algo que conlleva una repercusión funcional en su vida social, familiar y laboral.

No lo confundamos con…

A menudo cuesta identificar este problema, y más, si cabe, si en ocasiones se presenta paralelamente con otros trastornos como el de ansiedad generalizada, fobias específicas, fobia social, bulimia nerviosa o trastornos de la personalidad de tipo evitativo.

De hecho, puede confundirse con otras enfermedades que pueden aparecer asociadas a esta estación del año, como son:

Fibromialgia (dolores especialmente sentidos en el cuello y hombros, asociados a dificultades para dormir y que responden a fármacos antidepresivos).

Trastornos premenstruales.

Trastornos de la conducta alimentaria.

Hipotiroidismo (también caracterizado por la somnolencia y el aumento de peso).

Hipoglucemia (que puede hacer sentir debilidad y búsqueda de comidas con alto nivel en hidratos de carbono).

Enfermedades virales crónicas (como el virus de Epstein Bar, responsable de la mononucleosis infecciosa, o incluso el virus de la gripe, más frecuente en invierno, caracterizadas por debilidad importante incluso después de semanas de pasada la infección).

• El Síndrome de Fatiga Crónica.

¿Qué podemos hacer si tenemos TAE?

Si sospechamos que el otoño nos está afectando a estos niveles, y recordamos que esto nos ha podido suceder al menos durante dos años consecutivos, sin una causa aparente, es importante que acudamos a un profesional para que evalúe nuestro caso.

Los tratamientos que suelen llevarse a cabo son la fototerapia o terapia lumínica, que ejercería un efecto antidepresivo corrigiendo las alteraciones de la melatonina; el tratamiento farmacológico, cuyos fármacos más estudiados has sido hasta ahora los ISRS, como la fluoxetina entre otros; y la terapia psicológica.

Y si tomamos una postura activa para hacer frente a esto, es aconsejable pasar por los menos 30 minutos al día fuera de casa, hacer ejercicio al aire libre y aumentar la iluminación interior del hogar o lugar de trabajo.

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