Mi corazón comienza a latir más deprisa y con más fuerza cuando me encuentro con esa persona todas las mañanas en la cafetería que tenemos bajo nuestra oficina. No puedo parar de mirar a la profundidad de sus ojos cuando me habla, me sumerjo y buceo en ellos mientras escucho atentamente las historias que me cuenta mientras tomamos el café. Noto como se me eriza la piel cuando roza mi mano al coger una galleta del plato, no puedo evitar sonreír ante el leve roce. ¿Me estaré enamorando? ¿Y si así fuese, como sé que es amor?

¿Qué es el amor?

El amor es una fuerte inclinación emocional hacia una persona. Es un sentimiento humano universal, ya que tanto hombres como mujeres de distintas épocas, sociedades y niveles socioeconómicos han sido seducidos, perturbados, desconcertados por este poder, dominados por este sentimiento que muchos denominan como mágico. El amor se ha concebido como un éxtasis vertiginoso que nos brinda momentos de felicidad apasionada, euforia, excitación, risa y satisfacción; implica formas de sentirse aceptado y entendido totalmente.

Dar una sola definición a este concepto es tarea imposible, ya que hay tantas respuestas a esta pregunta como personas, pero en todas ellas invariablemente se percibe el amor como un sentimiento de anhelo por satisfacer necesidades de afecto, con un ingrediente de pasión, como respuesta de placer a los instintos y una dosis de razón que algunas veces permite trascender o al menos proyectar la vida en pareja. En resumen, se percibe el amor de pareja como una mezcla de: AFECTO, PASIÓN Y RAZÓN.

¿Qué tipos de amor existen?

Cariño: Considerado como el afecto íntimo que caracteriza las verdaderas amistades, en donde se siente un vínculo y una cercanía con la otra persona, pero no existe pasión física, ni compromiso a largo plazo.

Encaprichamiento (solo pasión): Es lo que comúnmente se siente como “amor a primera vista”. Sin intimidad ni compromiso, este amor puede desaparecer en cualquier momento.

Amor vacío (solo decisión/compromiso): Existe una unión por compromiso, pero la pasión y la intimidad han muerto. No sienten nada uno por el otro, pero hay una sensación de respeto y reciprocidad.

El Amor romántico (intimidad y pasión): es aquel donde las parejas están unidas emocionalmente; existe un amor profundo, en este tipo de amor, se está dispuesto a darlo todo sin esperar nada a cambio, el amor se traduce en acciones que benefician a la pareja; puede presentar fantasías eróticas donde la pasión es el desahogo de sus necesidades de sentirnos amados.

El Amor sociable (intimidad y compromiso): se encuentra frecuentemente en parejas en donde la pasión se ha ido, pero hay un gran cariño y compromiso con el otro. Suele suceder con las personas con las que se comparte la vida, aunque no existe deseo sexual ni físico. Es más fuerte que el cariño, debido al elemento extra que es el compromiso. Se encuentra en la familia y en los amigos profundos, que pasan varios años viviendo juntos en una relación sin deseo sexual.

Amor fatuo (pasión y compromiso): Se da en relaciones en las que el compromiso es motivado en su mayor parte por la pasión, sin la estabilizante influencia de la intimidad.

El Amor consumado (intimidad, pasión y compromiso): es la forma completa del amor. Representa la relación ideal hacia la que todos quieren ir pero que aparentemente pocos alcanzan.

El cerebro como base del amor

Los síntomas del enamoramiento, que muchas personas hemos percibido alguna vez -si hemos sido afortunados-, son el resultado de complejas reacciones químicas en el organismo, que nos hacen sentir aproximadamente lo mismo a todos, aunque a nuestro amor lo sintamos como único en el mundo. Si alguien nos gusta mucho, cuando hablamos con él o ella nuestras rodillas flaquean, sentimos mariposas en el estómago y apenas podemos balbucear algunas frases incoherentes, si dormimos poco y pensamos constantemente en esa persona, todos nuestros amigos nos dirán que estamos enamorados. ¿Qué pasa, pues, cuando encontramos a la persona deseada?

En los ojos comienza el fenómeno, el enamorado potencial mira a la persona que puede convertirse en la presencia amada; la imagen de ésta se registra inmediatamente en la retina, estructura que envía una señal nerviosa que viaja a través de los nervios ópticos; los axones de las neuronas transmiten, en milésimas de segundos, el estímulo eléctrico hacia el lóbulo occipital donde hacen sinapsis con las neuronas de su córtex, constituido por los núcleos de las neuronas; la corteza del cerebro tiene otro nombre, materia gris. En el córtex queda registrada la imagen de la persona que ha visto el futuro enamorado; y las neuronas que elaboran la imagen envían estímulos nerviosos que hacen sinapsis en los centros neurales que constituyen el sistema límbico: el tálamo, el hipotálamo, la amígdala cerebral, cuerpo calloso, el septum y el hipocampo. Aquí comienza todo…

Cuando nos enamoramos, nuestro sistema nervioso se pone en marcha, el hipotálamo – una glándula pequeñita en la base del cerebro – envía mensajes a diferentes sistemas del cuerpo ordenando a las glándulas suprarrenales que aumenten inmediatamente la producción de adrenalina y noradrenalina – compuestos transmisores que comunican entre sí a las células nerviosas y a éstas con otros órganos -. La adrenalina incrementa la presión sanguínea, acelera el ritmo cardíaco (130 pulsaciones por minuto) y hace que respiremos más pesadamente. La alta presión sanguínea provoca el síntoma de las palmas sudorosas y de los rubores de las primeras etapas del enamoramiento, mientras que la respiración más profunda lleva a oxigenar más el cuerpo, dándole más energía y provocando a veces una “sobredosis de oxígeno”, uno de esos momentos donde nos sentimos flotar. ¿O era eso lo que llamábamos estar enamorados?

La existencia elevada de noradrenalina en el cuerpo provoca excitación sexual y una elevación del humor y hace que nos sintamos seguros y a gusto cuando compartimos momentos con la persona que consideramos especial. El deseo sexual responde primordialmente a la testosterona, la hormona “masculina”. Esta hormona es de vital importancia tanto en los hombres como en las mujeres, pues los niveles altos de esta hormona van de la mano con la pulsión sexual. El cuerpo produce testosterona si nuestra mente conecta con la de otro en la sintonía del amor.

Los padecimientos y goces del amor se esconden, irónicamente, en una ingente telaraña de nudos y filamentos que llamamos sistema nervioso autónomo. En ese sistema, todo es impulso y oleaje químico. Aquí se asientan los orígenes de un montón de emociones: el miedo, el orgullo, los celos, el ardor y, por supuesto, el enamoramiento. A través de nervios microscópicos, los impulsos se transmiten a todos los capilares, folículos pilosos y glándulas sudoríparas del cuerpo. El organismo entero está sometido al bombardeo que parte de este arco vibrante de nudos y cuerdas. Las órdenes se suceden a velocidades de vértigo: ¡constricción!, ¡dilatación!, ¡secreción!, … Todo es urgente, efervescente, impelente… Aquí apenas manda el intelecto, ni la fuerza de voluntad. Es el reino del “siento, luego existo”, de las atracciones y repulsiones primarias…, es el territorio donde la razón es una intrusa.

La molécula del amor – La FEA –

El verdadero enamoramiento sobreviene cuando se produce en el cerebro una molécula orgánica, la Fenil-Etil-Amina (FEA). Ese estado de felicidad y euforia que manifiesta el enamorado está provocado por la mencionada molécula. La FEA (Feniletilamina) es un estimulante natural, similar a una anfetamina que a ella se debe la excitación que sienten las personas enamoradas.

La secreción de FEA inicia una cadena de reacciones en el cerebro. El efecto primario de la FEA es estimular la secreción de dopamina, un compuesto neurotransmisor que tiene el efecto de hacernos sentir bien, relajados, y es el responsable de los mecanismos de refuerzo del cerebro. La dopamina afecta los procesos cerebrales que controlan el movimiento, la respuesta emocional y la capacidad de desear algo y de repetir un comportamiento que proporciona placer. La secreción de dopamina, estimulada por la FEA, induce un proceso de aprendizaje positivo en el cerebro, que es el responsable último de transformar lo que era un simple deseo con fines sexuales en algo mucho más profundo, la atracción mutua. La dopamina refuerza el impulso que repite el estímulo y así nacen las relaciones entre dos enamorados. Asimismo, se estimula la producción de oxitocina, a la que también se conoce comúnmente como “la hormona de los mimos”. Esta hormona, además de estimular las contracciones uterinas para el parto y provocar la secreción de la leche, parece ser un mensajero químico en el deseo sexual. Estos compuestos combinados hacen que los enamorados puedan permanecer horas haciendo el amor y noches enteras conversando, sin sensación alguna de cansancio o sueño.

Los lazos afectivos

La oxitocina, entonces, es la responsable del último estadio del amor: el nacimiento de los lazos afectivos en una pareja. La oxitocina inhibe las sustancias que envían impulsos nerviosos hacia la corteza de nuestros lóbulos frontales donde se procesan nuestro juicio crítico, nuestra noción del bien y el mal, los dictados de nuestra racionalidad y la vigilancia punitiva de nuestro superyó; la oxitocina bloquea o inhibe la función crítica de nuestra razón y esto tiene un resultado preciso: no vemos los defectos de la presencia amada. También se encarga de sintetizar en las células neurosecretoras del núcleo supraóptico y en el núcleo paraventricular del hipotálamo, para tornarnos más atrayentes y más sensuales, con un solo propósito: nos ayuda a suscitar el apego y determina los procesos bioquímicos que lo aseguran.

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