La ansiedad no es una enfermedad. Sé que puede parecerte rara esta afirmación, porque tal vez ni si quiera seas tú quien haya llegado solo a esta conclusión y hayan sido, lamentablemente, profesionales de la salud mental los que te lo hayan hecho creer.

Me da pena, porque lo vivo cada día en la consulta, donde se sientan personas diagnosticadas supuestamente con ansiedad crónica. Les han contado que tienen un cerebro defectuoso y que (esta es una comparativa muy utilizada por lo que me he dado cuenta) igual que el diabético necesita insulina, el ansioso necesita medicación de por vida. Mira, yo no sé si nuestro cerebro, el de aquellos que hemos lidiado durante años con la ansiedad vendrá con algún ¨defecto¨ de fábrica, pero tú tienes que saber que quien lo afirma tampoco lo sabe. No lo sabe, porque jamás se pudo demostrar, porque por mucha vehemencia con la que se afirme que hay problemas serotoninérgicos, solo se afirma una hipótesis que jamás ha podido ser confirmada.

Por cierto, te he dicho que a la consulta vienen muchas personas diagnosticadas con ansiedad crónica. Es justo que te cuente también, que muchas de esas personas, terminan el tratamiento psicológico sin tener un conflicto con su ansiedad. Muchas dejan la medicación y no las he vuelto a ver, lo que utilizo como justificante de que no me han vuelto a necesitar, es decir, la supuesta cronificación se evaporó.

¿Problema psicológico o enfermedad mental?

En 2007 González Pardo y Marino Pérez Álvarez publicaron el libro «La invención de los trastornos mentales», en él reflexionaron sobre la naturaleza de los problemas psicológicos y la tendencia existente por parte de la comunidad médica a concebirlos como enfermedades mentales con causa biológica (desarreglos bioquímicos del cerebro) y, por tanto, a tratarlos a través de psicofármacos (siendo coherentes con esa concepción biomédica). Esta concepción de los problemas psicológicos como enfermedades mentales es el modelo asumido por buena parte de los profesionales de la salud y tiene implicaciones en la atención sanitaria que se ofrece.

El problema de conceptualizar los problemas psicológicos como una lista de síntomas es que transformamos la ansiedad en algo aislado de las circunstancias de la vida, del contexto biográfico, personal y ambiental en el que la persona está o ha estado, que es lo que realmente nos proporciona realmente ¨la clave¨ para entender por qué se ha generado ese problema y sobre todo por qué se mantiene.

La investigación psicopatológica no ha logrado establecer con base suficiente ningún desequilibrio neuroquímico específico en relación con ningún trastorno mental y menos, ha podido probar que los desequilibrios neuroquímicos sean causa de los problemas psicológicos o los trastornos mentales o sólo correlacionen con estos. Estos desequilibrios son más una suposición del modelo psicofarmacológico, que algo evidenciado por datos y parece que tienen que ver más con dispositivos del marketing farmacéutico que con hallazgos científicos reales. 

Uno de los grandes problemas, es que las personas acaban identificándose como su problema de ansiedad, les resulta algo enfermizo o algo innato a su personalidad. El diagnóstico les ha estigmatizado y les ha encasillado en una palabra de la que ya no saben salir. Pero la realidad es que esa etiqueta, es solo una palabra que un día se decidió poner a las personas que manifestaran una serie de síntomas. Al final dice poco acerca de cómo debe ser abordado el problema y menos acerca de las circunstancias vitales que lo han generado. Se nos olvida la importancia de realizar un estudio pormenorizado de las características de la problemática en cada persona, independientemente de que, para entendernos, podamos utilizar la etiqueta de “Ansiedad” o cualquiera que sea.

Dejar de tratar a la ansiedad como una enfermedad no es restarle importancia al asunto, el hecho de que sean entidades construidas socialmente (es decir, etiquetas creadas para resumir un conjunto de comportamientos o “síntomas”) no priva a los trastornos o problemas psicológicos de entidad real. Es decir, el hecho de que sean problemas de carácter psicológico, sin una clara base biológica o bioquímica demostrada, no le quita realidad ni importancia. Un problema psicológico que genera malestar y reduce la calidad de vida de la persona que lo sufre no deja de ser menos relevante ni menos problemático que el de la persona que sufre una diabetes y que tiene que adaptar su vida para convivir con esta problemática y darle respuesta. 

La conclusión a la que pretendemos llegar de todo esto es que los trastornos psicológicos no son enfermedades como otra cualquiera, no tienen una base o causa orgánica o biológica como lo pueden tener el resto de las enfermedades físicas. Los trastornos psicológicos tienen, como su nombre indica, causa psicológica (en la vida de las personas y en cómo la afrontan).

¿Si no es una enfermedad, como puede condicionar tanto la vida?

Quizá, para algunos, la palabra enfermedad, les ayudó a sentirse un poco menos culpables por haber hipotecado toda su vida por no sentir ansiedad, y quizá haya podido resultar liberador. Que no sea una enfermedad no exime de lo dificultoso que resulta superar un problema relacionado con la ansiedad, eso lo primero. Y lo segundo, colocar a la persona que padece como un enfermo, sabemos que lo coloca en roles de pasividad y resignación, lo cual empeora el curso del problema.

Si la ansiedad no es una enfermedad ¿Cómo ha podido condicionar entonces tanto mi vida? ¿Cómo alguien que no está enfermo está dispuesto a renunciar a toda su vida con tal de no sentir miedo? Hace unos días me acerqué a mi estantería, iba en busca de un libro en concreto, como el que busca un olor para regresar al recuerdo que le hizo feliz. Alessandro Barico me lo explicó mejor de lo que yo podré explicarlo con unos cuantos términos.

“Yo que no fui capaz de bajar de este barco, para salvarme me bajé de mi vida. Escalón a escalón. Y cada escalón era un deseo. A cada nuevo paso, un deseo al que decía adiós.

No estoy loco, hermano. No estamos locos cuando hemos encontrado el sistema para salvarnos. Somos astutos como animales hambrientos. La locura no tiene nada que ver. Eso es el genio. Es la geometría. Perfección. Los deseos estaban destrozándome el alma, Podía vivirlos, pero no lo conseguí.

Así que entonces los conjuré.

Y uno a uno los fui dejando detrás de mí. Geometría. Un trabajo perfecto. A todas las mujeres del mundo las conjuré tocando una noche entera para una mujer, una, la piel transparente, las manos sin joyas, las piernas delgadas, movía la cabeza al compás de mi música, sin una sonrisa, sin bajar la mirada, nunca, una noche entera, cuando se levantó no fue ella la que salió de mi vida, fueron todas las mujeres del mundo. Al padre que nunca voy a ser lo conjuré contemplando morir a un niño, durante días, sentado a su lado, sin perderme nada de aquel terrible espectáculo hermosísimo, quería ser la última cosa que viera en este mundo, cuando se marchó, mirándome a los ojos, no fue él quien se marchó, fueron todos los hijos que nunca tendré. La tierra que era mi tierra, en algún rincón del mundo, la conjuré escuchando cantar a un hombre que venía del norte, y cuando lo escuchabas, veías, veías el valle, las montañas que lo rodeaban, el río que descendía lentamente, la nieve del invierno, los lobos por la noche, cuando aquel hombre acabó de cantar, acabó mi tierra, para siempre, dondequiera que se encuentre. Los amigos que deseé los conjuré tocando contigo y para ti aquella noche, en la cara que ponías, en los ojos, los vi, a todos ellos, a mis queridos amigos, cuando te marchaste, se fueron contigo. Dije adiós a la maravilla cuando vi los descomunales icebergs del mar del Norte desmoronándose derrotados por el calor, dije adiós al milagro cuando vi reír a los hombres que la guerra había destrozado, dije adiós a la rabia cuando vi llenar este barco de dinamita, dije adiós a la música, a mi música, el día que conseguí tocarla toda en una sola nota de un instante, y he dicho adiós a la alegría, conjurándola, cuando te he visto entrar aquí. No es locura, hermano. Geometría. Es un trabajo de cincel. He desmontado la infelicidad. He desenhebrado mi vida de mis deseos. Si pudieras recorrer mi camino, los encontrarías uno tras otro, conjurados, inmóviles, detenidos para siempre señalando la ruta de este extraño viaje que a nadie nunca conté, salvo a ti.”

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