En 1978 la doctora Pauline Clance acuñó por primera vez el término “Imposter Phonomenon”, es decir, el síndrome del impostor. El estudio de ese fenómeno surgió producto de la observación que realizó la Doctora de sus propios estudiantes, que presentaban dudas sobre sus propias capacidades y se sentían poco orgullosos de sus logros, aun siendo éstos fácilmente reconocibles.

Hoy hablamos del síndrome del impostor.

El síndrome del impostor

Cuando alguien me dice que soy muy buena en lo que hago, en mi cabeza resuena: si tú supieras. Tengo la sensación de que he conseguido colársela a todos y eso me provoca un gran estado de ansiedad, pues tengo la sensación de que en cualquier momento van a descubrir verdaderamente que no soy eso que aparento“.

Aunque el síndrome del impostor no está recogido en el «Manual diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales» como una patología concreta, desde la psicología hace años que se lleva haciendo mención a este conjunto de síntomas que se vinculan a la incapacidad de una persona de adueñarse de sus propios logros, ya sea en el ámbito laboral o personal. Existe un patrón atribucional ante los éxitos, caracterizado por una externalización del éxito y una internalización del fracaso, es decir, si tengo éxito son por cuestiones azarosas y si fracaso, es porque soy malo.

El síndrome del impostor ha sido definido como un sentimiento intenso de falsedad o falta de autenticidad con respecto a la autoimagen de competencia, experimentando por personas con apreciable historia de éxitos (Clance, 1985). A pesar de los logros conseguidos, las personas con éste síndrome manifiestan importantes dudas acerca de sus propias habilidades y creen que éstas son continua e injustificadamente sobreestimadas por los demás.

A colación de lo mencionado, las personas no creen merecer sus éxitos y como mencionábamos en el ejemplo anterior, se preocupan de que los demás puedan descubrir en cualquier momento que no son tan buenos o inteligentes como parecen ser. Es decir, los éxitos les hacen sentirse como unos farsantes.

Los pocos estudios que existen a cerca de éste síndrome hipotetizan que existe un patrón de comportamiento a cerca de la propia habilidad: miedo al fracaso y mantenimiento de unas bajas expectativas de resultado, a pesar de existir una importante historia de éxitos.

El síndrome del impostor suele aparecer con más fuerza en los momentos de éxito: un nuevo trabajo, un ascenso, un premio, un reconocimiento…

Síndrome del impostor y ansiedad

Si la idea que ronda la cabeza de la persona que sufre el síndrome del impostor es que verdaderamente, es un fracaso que ha conseguido engañar al resto, podemos imaginar las consecuencias emocionales que esto conlleva para la propia persona. El modus operandi, suele consistir en evitar a toda costa cualquier fracaso que pudiera delatarles, por lo que suelen acabar experimentando niveles muy altos de estrés y ansiedad.

Estas emociones se acompañan también de un profundo sentimiento de culpa, lo que favorece sentimientos de falsedad, percibiendo que las habilidades que se les atribuyen no son verdaderamente responsables de los resultados obtenidos, lo que propicia estados de ánimo deprimidos y autoestimas bajas.

La Doctora Clance, observa que aunque el éxito se repita de manera consecutiva, esto no propicia que se debilite el sentimiento de impostor, ni tampoco que se acrecenté la idea de poseer altas habilidades. Asimismo, Clance y O’Toole (1987) señalan que estas personas muestran un gran ingenio a la hora de negar la evidencia externa de habilidad y de desacreditar las valoraciones positivas procedentes de los demás.

Desde el punto de vista clínico el síndrome del impostor se ha asociado con diversos tipos de síntomas como la ansiedad generalizada, depresión, falta de autoconfianza, baja autoestima y frustración relacionada con la imposibilidad de cumplir con los altos estándares autoimpuestos (Chrisman, Pieper, Clance, Holland y Glickauf-Hughes, 1995; Clance e Imes, 1978; Matthews y Clance, 1985).

Mientras que, para algunas personas, el síndrome del impostor puede generar sentimientos de motivación para lograrlo, esto generalmente tiene un coste en forma de ansiedad constante. Puedes prepararte en exceso o trabajar mucho más de lo necesario para “asegurarte” de que nadie descubra que eres un fraude.

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