¿Cómo manejar mi frustración?

Cualquiera de nosotros deseamos realizar con éxito todo lo que nos proponemos y triunfar en cada una de las áreas de nuestra vida, pero lamentablemente, a veces la realidad es otra bien distinta. En ocasiones no logramos satisfacer nuestros deseos, o no conseguimos llegar a una determinada meta, o las expectativas que tenemos sobre algo no se cumplen, es entonces cuando aparece el sentimiento de frustración. En este post os hablamos acerca de cómo manejar mi frustración.

La frustración es ese sentimiento de impotencia, una respuesta emocional que emerge cuando no obtenemos lo que queremos, entonces sentimos ira, decepción y tristeza, como un estado de vacío no saciado. De hecho, la frustración es común en los niños ya que estos a menudo se encuentran con obstáculos debidos al escaso desarrollo de sus habilidades que les impiden terminar con éxito la tarea en la cual estaban inmersos.

Esta sensación produce un conflicto interior, ya que queremos algo, luchamos para obtenerlo de la mejor forma que sabemos y a pesar de nuestros esfuerzos no conseguimos los resultados deseados. La poca tolerancia a la frustración provoca que, ante cualquier incomodidad, nos desmotivemos y abandonemos nuestras metas y proyectos. No todos sentimos frustración ante las mismas situaciones, ni esta se experimenta con la misma intensidad. La vivencia emocional de la frustración es diferente en cada persona. Una serie de factores como la historia personal, las experiencias, las creencias y la educación, entre otros, tienen mucho que ver con cómo la vivimos. La frustración forma parte de nuestras vidas, no podemos evitarla, pero si aprender a manejarla y superarla.

 

Claves para entender cómo manejar mi frustración.

 

El primer paso para aprender cómo manejar mi frustración  es la aceptación, esto supone ser capaz de vivir intensamente y plenamente lo que nos toca vivir. Desaparecerá la frustración cuando aceptemos que no todo se puede conseguir, pero que sí puedo buscar y encontrar otras vías para sentirme mejor. Reconocer nuestros tropiezos o sentirnos desilusionados no nos convierte en personas débiles. Dejarnos llevar por la culpa al no haber conseguido lo que queríamos solo nos conduce a sentirnos cada vez peor con nosotros mismo y además esta impide que busquemos una solución alternativa. Si el foco de atención lo desviamos de la culpa a la aceptación podremos enfocar la situación desde una perspectiva la cual nos permita movernos en otras direcciones para conseguir diferentes resultados. Enfocarnos hacia las soluciones es más constructivo que si nos focalizamos en el problema.

Esta fórmula también me permite ver cuán reales son mis expectativas, cuánto de real hay en lo que quiero hacer y conseguir. Es decir, en ocasiones nos ponemos unas expectativas tan altas que no es real que podamos conseguirlas. Para adaptarnos de la manera más óptima posible al resultado real de los acontecimientos, lo idóneo sería ajustar nuestras expectativas. Por ejemplo, no puedo esperar sacar un diez en el examen si solo he estudiado cuatro días antes, ajustare mi expectativa de que igual a un aprobado sí que llego.

Conocer mis limitaciones me ayuda a entender cómo manejar mi frustración., así como debes reconocer tus cualidades, es importante que sepas hasta dónde puedes llegar. Esto no quiere decir que seas mediocre o que no aspires a mejorar: simplemente, sabes cuáles son las herramientas con las que dispones para alcanzar tus metas, y buscas la forma de sacarles el mejor provecho. Si conoces tus limitantes y potencialidades, los tropiezos serán mucho menos duros.

No busques la perfección, cuanto más nos alejemos del perfeccionismo, la rigidez, la hiperexigencia y la necesidad de tenerlo todo bajo control, mejor gestionaremos la frustración. Si buscamos la perfección nada nos será suficiente, ya que, aunque consigamos un determinado objetivo nos diremos que con esto no basta, que hay que ir a más y más y más y más, lo cual mantiene el sentimiento de frustración activo.

Modifica tu dialogo interno, aquello que nos decimos cuando no conseguimos algo también es crucial para manejar la frustración. Aquellas frases que comienzan por “debería” o “tendría” reflejan exigencia y obligación (“debería de haber sacado un 10 en el examen”), y en el caso de que no se cumplan esos deberías seremos presa de la frustración. Lo mismo ocurre con las frases que contienen un “nunca” o un “siempre”, son frases lapidarias para poder conseguir lo que nos proponemos. Cambiemos esos deberías por “me gustaría” (“me gustaría sacar un 10 en el examen) ya no implica exigencia ni obligación por lo que si no llegamos a conseguirlo el sentimiento no será tan catastrófico y podremos manejarlo mejor.

Frustrarnos es necesario porque nos enseña el valor del esfuerzo y la oportunidad de los errores. Pero, ante todo, lo importante es qué hacemos con esa frustración, cómo la gestionamos y de qué manera la utilizamos para seguir creciendo.

 

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