Las lesiones y enfermedades autoinflingidas se han identificado desde hace siglos, en la Edad Media ya se conocían algunos “histéricos” que ponían sanguijuelas en sus bocas para simular hemoptisis o se dañaban la piel para reproducir enfermedades cutáneas. En 1863 Garvin, en Gran Bretaña, describió un grupo interesante de pacientes que “adoptan la apariencia de enfermos por alguna causa inexplicable”. No fue hasta 1951 cuando a esta serie de comportamientos se les empieza a dar una entidad y un nombre asociado a ciertas características, el doctor Richard Asher utilizo el término Síndrome de Münchausen por primera vez para describir a un tipo particular de pacientes adultos que presentaban sus problemas de forma dramática y al mismo tiempo carente por completo de veracidad, conllevando durante el proceso numerosas investigaciones médicas, las cuales frecuentemente acababan en intervenciones quirúrgicas. Se “fabricaban” síntomas de enfermedades.

¿Por qué Münchausen?

Asher se fijó en los escritos de Rudolf Erich Raspe, escritor y científico alemán, quien conoció al Barón Karl Friedrich Hieronymus von Münchausen, un capitán retirado de caballería que había servido a la emperatriz Ana de Rusia en el siglo XVIII. Años después Raspe escribiría acerca del Barón, apasionado por el personaje, el cual disfrutaba profundamente al entretener a sus huéspedes y amigos con historias sorprendentes, contadas de la forma más increíble e ingeniosa sobre sus antiguos hechos de armas.

A raíz de su lectura, al doctor le pareció encontrar ciertas similitudes entre las extravagantes historias del Barón y las que le contaban alguno de sus pacientes, cargadas de exageraciones y dramatismo. Así que decidió usar esta nomenclatura que le parecía lo suficientemente clara para expresar lo que sucedía con estas personas: historias adornadas que a priori parecen plausibles, pero que sin embargo realmente carecen de veracidad.

¿Qué es el Síndrome de Münchausen?

A día de hoy esta patología, aunque se denomine así a modo coloquial, no se recoge con ese nombre en el Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales DSM-V, en el que sí se presenta como la forma más característica o prototipo de los llamados Trastornos Facticios.

Los trastornos facticios (a veces también llamados ficticios) se aplican a personas que se presentan deliberadamente a sí mismos frente a los demás como enfermos, discapacitados o lesionados, falsificando signos o síntomas, y en ocasiones llegando a inducirse lesiones o enfermedades asociadas a un engaño, sin tener para ello una motivación o incentivo externo claro.

Suelen ser pacientes que buscan de forma reiterada ser ingresados en un hospital como consecuencia de una enfermedad aguda aparente, apoyándose en una historia dramática y que a priori parece plausible; pero los síntomas y hallazgos físicos y de laboratorio han sido elaborados y/o manipulados por el paciente con el propósito de engañar a los médicos o a otros profesionales de la salud.

¿Qué caracteriza a estas personas?

Existe un grupo de características comunes a todos estos pacientes que permiten sospechar la presencia de este tipo de trastorno:

  • Se presentan en las consultas médicas u hospitales con uno más síntomas físicos, describiendo su enfermedad de forma dramática y plausible (mezcla de verdades y falsedades). Enfermedad que requiere de tratamientos prologados e intensivos.
  • Su conducta es persistente e intenta a lo largo de toda la duración del proceso llevar a cabo esfuerzos intencionados para ocultar el trastorno de conducta a través del engaño.
  • Los síntomas de presentación pueden ser prácticamente infinitos; aunque los más registrados, en los aun escasos estudios que se han llevado a cabo, son sepsis, dolor persistente, fiebre de origen desconocido, repetidos sangramientos, cicatrices que no curan, infección urinaria…
  • Aunque puede tener como antecedente alguna enfermedad orgánica de importancia, las tácticas que emplean estos pacientes son extremadamente variadas: la persona puede exagerar por ejemplo frotando un termómetro para aumentar su temperatura, fabricar nuevos factores no existentes en su historia como alegar depresión por la muerte de un cónyuge que no ha fallecido o no existe, informar engañosamente, manipular pruebas de laboratorio añadiendo unas gotas de sangre a la muestra de orina o cambiando radiografías de otros exámenes, falsificar registros médicos, ingerir sustancias que provoquen un resultado determinado en las pruebas médicas como sal excesiva o anticoagulantes orales, o incluso lesionarse o inducirse enfermedades, llegando por ejemplo a inyectarse materia fecal para generarse una sepsis.
  • Generalmente han sido hospitalizados e intervenidos por las más variadas causas, y en múltiples oportunidades, por lo que tienen un amplio historial médico que puede llegar a abarcar múltiples centros y ciudades distintas; hay casos reportados con más de 200 ingresos en hospitales diferentes. Algunos adoptan esta conducta como un estilo de vida.
  • Suelen manifestar familiaridad con la terminología médica y la rutina del hospital; en ocasiones suelen acudir en horarios en los que saben que les atenderán médicos nuevos en el centro, de guardia o menos experimentados.
  • Demandan extensas evaluaciones diagnósticas y tratamientos farmacológicos.
  • Se muestran deseosos de someterse a procedimientos invasivos.
  • Si se les solicita detalles sobre su vida y los problemas que los aquejan, contestan vagamente y de forma inconsistente. Suelen mostrarse reacios a exámenes que tienen que ver con la salud mental.
  • Si no se cumplen sus exigencias o el personal sanitario confronta con ellos el fraude, no muestran remordimientos y rara vez admiten la farsa, por el contrario se limitan a cambiar sutilmente sus historias para hacerlas más plausibles. Si la situación es tal que las inconsistencias ya no pueden mantenerse, se tornan agresivos, indignados y abandonan el hospital contra la opinión de sus médicos (generalmente con la intención de ir a un centro nuevo en el que el proceso pueda volver a comenzar).

No confundamos Münchausen con…

SIMULACIÓN: Las personas que llevan a cabo estos comportamientos presentan también de forma intencionada unos síntomas y tal vez signos de trastornos físicos o psicológicos, pero la gran diferencia reside en que en estos casos sí que se sienten motivados a hacerlo por una clara ganancia secundaria, como puede ser evitar ir al trabajo o enfrentarse a obligaciones de las que no desea responsabilizarse, así como evitar castigos, por ejemplo ir a la cárcel, o lograr beneficios personales como fácil obtención de sustancias (en el caso de tener un trastorno adictivo), económicos, u obtener un techo, una cama limpia y una comida regular.

TRASTORNOS DE SOMATIZACIÓN: Pacientes en los que sí se presentan síntomas de enfermedad y que pasan por todo tipo de exploraciones médicas sin unos resultados que indiquen su procedencia de forma clara. No tiene razones o motivaciones propias para la sintomatología que presenta, pero a diferencia del Síndrome de Münchausen estas personas no se generan de forma consciente y voluntaria sus síntomas.

HIPOCONDÍA: En estos casos no es que presenten una dolencia observable, sino que los pacientes tienen una preocupación y ansiedad anormales sobre su salud. Es más el temor de poder llegar a padecer una dolencia grave, por lo que frecuentemente suelen chequear cualquier cambio físico o mental interpretándolo (sin base suficiente) como un síntoma inequívoco que le conducirá a ella. Por lo que generalmente se presentan en las consultas médicas anunciando tener enfermedades que no tienen.

En el síndrome de Münchausen existe una falsificación consciente, a pesar de que ésta pueda estar determinada por factores inconscientes. La persona actúa y sabe que lo hace, es intencional, pero a pesar de que conoce los peligros y consecuencias adversas de este comportamiento, no puede dejar de hacerlo. Sus actos tienen un matiz compulsivo, del que le resulta complicado abstenerse, y cuya motivación no tiene muy clara o le es difícil de precisar.

Otros datos relevantes para seguir comprendiendo

Existe una variante del síndrome en la que este tipo de comportamientos de aplica a otros, también llamado síndrome de Münchausen por poder. Consiste, de nuevo, en la falsificación de signos o síntomas físicos o psicológicos, o inducción de lesión o enfermedad, pero en esta ocasión en otro sujeto, asociada a un engaño identificado.

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El individuo presenta a la otra persona (victima), que habitualmente suele ser un menor, frente a los demás como enferma, incapacitada o lesionada. Y como se ha observado antes, el comportamiento engañoso es evidente incluso en ausencia de recompensa externa obvia.

En estos casos son los padres o tutores los que utilizan “tácticas” como las antes citadas, para generar en sus hijos o menores a cargo enfermedades ficticias que, aunque lo más común es alegar fiebre o alergias, en otras ocasiones siguen siendo inexplicables, raras y de curso prolongado para la comunidad médica. Los tratamientos resultan inefectivos y los síntomas suelen estar presentes cuando lo están los adultos y no así en su ausencia.

Esta situación puede resultar un trastorno que represente a la par una conducta criminal, sin tener porqué ser mutuamente excluyentes.

Por otro lado, los episodios, entendiéndose éstos como el fingimiento de enfermedad y/o inducción de lesión en un centro médico, pueden ser:

  • Aislado o único, que suele ser poco frecuente.
  • Recurrentes, cuando se dan en dos o más ocasiones, los cuales se caracterizan por ser persistentes y de compleja remisión.

Pese a ciertas tendencias identificadas en algunos estudios, la frecuencia con la que aparece este trastorno en la población es desconocida, precisamente por ese fuerte componente de engaño.

No se ha identificado aún las causas que generan estos comportamientos.

Emocionalmente estas personas pueden haber sufrido carencias afectivas importantes, y no tener apoyo social o familiar. La mayoría de las veces el resultado de esta falta de contexto social y de referentes, así como de una ausencia de afecto continuada, es un aprendizaje favorecedor para que las personas se relacionen con la vida de forma desconfiada, calculadora, manipuladora, y carente de la noción del valor y preponderancia de las normas sociales.

A veces cuando una persona se ajusta a este tipo de casos, se descubre que previamente habían tenido problemas con la justicia.

Este síndrome expresa que la persona ha aprendido e interiorizado persistentemente problemas en la percepción de la enfermedad y la identidad. De tal forma que corren el riesgo de experimentar un gran sufrimiento psicológico o deterioro funcional por los daños causados a sí mismo y a los demás.

Los familiares, los amigos y los profesionales de la salud se ven también a menudo afectados por su comportamiento. La familia o personas que los rodean también se enferman de una u otra manera; la suma de los gastos y costes que generan en los sistemas de salud, así como el desconcierto y desconfianza que crean en los profesionales de la salud son notables, ya que suelen resultar casos poco o nada gratificantes.

Debido al engaño y la falta de permanencia en los centros sanitarios si son descubiertos o sospechan que pueden llegar a serlo, se hace muy compleja su detección, seguimiento individualizado y tratamiento. Resulta más fácil identificarlos después de una larga evolución, por lo que actualmente se suele trabajar su detección más que en su prevención, fase en la que resultan escurridizos para el sistema de profesionales.

Lamentablemente existe una proporción alta de mortalidad asociada al síndrome de Münchausen, relacionada con el hecho de que al tratar de simular una enfermedad determinada la persona corre el riesgo de finalmente autogenerársela; y tampoco se puede pasar por alto la cantidad de pruebas y tratamientos invasivos a los que se someten, que, en suma, pueden hacer que su organismo se malee antes de lo que les podría corresponder.

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