Sin duda vivir implica experimentar la riqueza de existir y, durante ese camino, atravesaremos por diferentes tipos de experiencias: a muchas de ellas no les prestaremos demasiada atención y pasarán desapercibidas, olvidadas por nuestra memoria porque no resultaron significativas; otras permanecerán en nuestro recuerdo porque nos cargan de gratitud, belleza, libertad… pero junto con estos recuerdos agradables, tendremos otros en los que las heridas del dolor y sufrimiento vividos pondrán a prueba nuestra capacidad de resiliencia. Hoy todos sabemos lo duro que está siendo atravesar por esta pandemia, y aunque cada uno la hace frente como puede y con lo que tiene, no deja de ser una situación catastrófica que, en una parte de la población dejará secuelas psicológicas como el síndrome de estrés postraumático.

Hoy hablamos de un problema que la facultad de psicología de la Universidad Complutense de Madrid recogió en un estudio realizado con 2.070 personas entre el 8 y 10 del pasado abril. Los resultados, aunque sólo se pueden considerar como indicadores del malestar que estaban experimentando los participantes y no como prueba fehaciente del desarrollo de trastornos mentales, no nos dejan indiferentes: casi el 20% de las personas encuestadas cumplían con criterios de estrés postraumático elevado.

¿A qué llamamos estrés?

Cuando identificamos un cambio en nuestro entorno que nos genera desequilibrio (como por ejemplo puede ser, tener que enfrentarnos a un examen o llevar a cabo la decisión de separarnos de nuestra pareja), las personas intentamos mantenerlo o reestablecerlo para volver a sentir que nos movemos en niveles adaptativos y estables. Ante este tipo de experiencias que “nos desordenan lo que ya creemos tener ordenado”, las personas principalmente ponemos atención a la naturaleza de la situación y nuestras capacidades.

Con este escenario, el estrés normalmente suele surgir cuando, al hacer esa evaluación, percibimos que la situación implica una gran dificultad y, además, nos valoramos carentes de capacidades para afrontarla.

Así que atravesar por una experiencia estresante tiene ya de por sí una cualidad abrumadora; con la peculiaridad de que cuanta más distancia o espacio sintamos que existe entre las dos magnitudes, es decir, cuantos menos recursos creamos que tenemos y más dificultad valoremos que caracteriza a la problemática a abordar, mayor nivel de estrés experimentaremos.

Dependiendo de la intensidad del estrés vivido y de la cantidad de focos estresantes que consideremos que nos rodean, las personas intentaremos adaptarnos como sepamos y podamos a esta sensación abrumadora, dando lugar una nueva forma de abordar la vida, y en la que probablemente se den cambios básicos en nuestros modos de sentir, pensar y actuar.

Trauma: una herida emocional

Si acudimos al diccionario de la RAE a buscar la palabra trauma, éste comienza aclarándonos que procede del vocablo griego τραῦμα que significa herida. El diccionario ofrece, además, tres definiciones:

  1. m. Choque emocional que produce un daño duradero en el inconsciente.
  2. m. Emoción o impresión negativa, fuerte y duradera.
  3. m. Lesión duradera producida por un agente mecánico, generalmente externo.

Cuando experimentamos un acontecimiento que se encuentra fuera del rango de nuestra experiencia común y produce un impacto emocional de considerable intensidad, estaremos de acuerdo en que eso, dejará alguna secuela que podemos calificar de herida. Saltarán nuestras alarmas internas y experimentaremos emociones que posiblemente nos den un mensaje: “¡peligro! nuestra integridad física o la de nuestros seres queridos se está viendo comprometida”.

Esto es lo que sucede cuando las personas vivimos catástrofes naturales como un tsunami, o llevadas a cabo por otros seres humanos como accidentes, atentados, ser víctimas de violencia familiar, abusos sexuales, e incluso ser diagnosticados de enfermedades potencialmente mortales… Situaciones, que pueden ser breves o prolongadas en el tiempo, en las que nos vemos expuestos a la muerte o a lesiones graves, ya sea real o en forma de amenazas.

La naturaleza catastrófica de un acontecimiento traumático, dependiendo de los recursos de la persona, puede dejar secuelas en forma de sueños, recuerdos recurrentes u otras formas de revivir lo ocurrido que provocan gran malestar, tal es así, que llega a afectar moderada o intensamente a su vida laboral o personal. Además, cuando la persona intenta evitar las secuelas intentando eliminarlas (pensamientos y actividades que le puedan recordar el hecho), se producen otra serie de problemas emocionales y una alteración del estado de alerta.

Síndrome de estrés postraumático

Se ha diferenciado un tipo particular de estrés cuyo estudio comenzó a desarrollarse sistemáticamente con posterioridad a la Guerra de Vietnam. Esta sintomatología denominada Síndrome de Estrés Postraumático inicialmente llamada Síndrome Post-Vietnam, se refiere a las consecuencias a largo plazo de la exposición a un estresor psicológico extremo.

Todos los seres humanos, a lo largo de nuestra vida, en cierta medida nos enfrentarnos a acontecimientos que nos pueden resultar traumáticos por el impacto emocional que experimentamos; de hecho, atravesar una situación en la que una pandemia se ha extendido a nivel global es una de ellas. Entonces, ¿por qué unas personas desarrollan un síndrome de estrés postraumático, mientras que otras, “simplemente” sufren esa situación abrumadora de estrés transitorio? Esto ocurre porque la reacción psicológica de cada uno/a, entre otras variables, dependerá de:

1) Las características de la situación vivida: de la intensidad del trauma y de las circunstancias del suceso.
2) Las diferencias individuales: la edad, de la historia de agresiones previas, de la estabilidad emocional anterior, de los recursos psicológicos propios, de la autoestima, del apoyo social y familiar, y de las relaciones afectivas actuales con las que cuente la persona…

Todo ello influirá en el proceso de apreciación de lo sucedido, y cada persona tendrá diferente susceptibilidad al trauma.

Percepciones íntimas de lo vivido

Existen autores que sostienen que la diferencia no radica tanto en el tipo de experiencia en sí, sino que el peso recae mayormente en cómo la persona maneja la experiencia: quienes desarrollan un síndrome de estrés postraumático, sin ser conscientes del proceso, terminan organizando su vida en torno al trauma vivido; y lo que rige las dimensiones biológicas y psicológicas del síndrome es la persistencia de los recuerdos intrusivos y angustiantes, más que la experiencia del evento traumático.

Beck y Emery aportaron que la percepción que tenemos acerca de nuestra vulnerabilidad es una cuestión central en el desarrollo del estrés postraumático, ya que las amenazas son percibidas como más peligrosas de lo que realmente son, por la cantidad de esquemas cognitivos empleados para hacer esa evaluación.

Sea como fuere, las personas que desarrollan este trastorno, viven el evento al cual se ha sobrevivido como una demostración de no haber sido capaces de haberse defendido ante el trauma, y por lo tanto quedan conectados casi permanentemente con sentimientos de vulnerabilidad. Además, si los hechos potencialmente traumáticos son de origen humano, se basan en una relación de crueldad, de destructividad entre iguales, algo que desgarra el tejido de la confianza humana; así que una de las pérdidas más grandes que experimentará la persona es la pérdida de la capacidad de confiar en los demás seres humanos.

Una vivencia íntima y otra se juntan para afianzar una herida emocional importante que perdura en el tiempo y tiene que ver con dos cogniciones disfuncionales básicas que intervienen en su desarrollo: que el mundo es completamente peligroso, incontrolable, y que uno mismo es totalmente incompetente para manejarse en él.

La recuperación es un viaje

Cuando finalmente se deja atrás la situación traumática (en el tiempo), las personas se reintegran en una nueva forma de vida adaptativa en la que muchas veces tienen que lidiar con un panorama cargado de sobrecogedoras invasiones del presente por el pasado, invasiones de miedos y ansiedades, del entumecimiento de la conciencia y de la negación, de las reacciones de alerta y de los flash-backs repentinos. Es un momento muy complejo para la persona porque las dos realidades que ha conocido: la de antes del trauma y la de después, suelen ser costosas de integrar, pudiendo también desarrollar fenómenos disociativos. Además, aunque en su momento pudiese ser victimizada, en su retorno al entorno social habitual, la propia persona a veces es atacada por la sociedad, mediante actitudes de incomprensión, censura o reprobación.

Tengamos en cuenta que, en las experiencias dramáticas, las pérdidas pueden ser de muchos tipos: existen pérdidas materiales, pérdidas de la propia dignidad personal, pérdidas de la confianza en otras personas, pérdidas de creencias e ideales de toda la vida y también la pérdida que implica el excesivo sufrimiento personal. Se trata de mucho más que la pérdida de la dignidad; es la pérdida de la integridad del propio Yo, de la propia persona.

Con todo esto, el camino hacia la recuperación será todo un viaje en el que la persona necesitará ayuda especialmente de profesionales de la salud mental, acompañado de la colaboración en la comprensión del problema por parte de las personas de su entorno saludable y todo el apoyo posible que éstos le puedan brindar.

El trabajo personal en terapia tratará de identificar esa especie de defensa que la persona ha construido contra un dolor extraordinario, ayudarle a salir del estado de congelación o anestesia emocional en el que se encuentra, acompañándole en el proceso, para juntos llegar a conseguir la asimilación de la experiencia traumática. Porque, aunque pueda parecer paradójico a ojos del lector, resulta fundamental para la curación de la herida del estrés postraumático, el ser capaz de expresar el impacto emocional del mismo. El expresar el duelo hace posible que las personas que han visto la cara más oscura de la realidad (y que el resto muchas veces nos esforzamos en ignorar) intenten volver a experimentar el sentimiento de confianza en otras personas, o en la naturaleza misma, y puedan empezar a reconstruir sus vidas más allá de esa experiencia abrumadora.

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