En los casos más graves las personas tienen miedo a salir de casa, y se recluyen en ella.

Si tuviéramos que resumir en una frase qué es la agorafobia, probablemente en nuestra mente aparecería la siguiente: “miedo al miedo”. Pero en muchas ocasiones, este miedo trae consigo un efecto mayor: el miedo a salir de casa. ¿Te ha extrañado? Pues, en realidad, es más común de lo que piensas.

En muchas ocasiones, las personas que sufren algún tipo de miedo irracional excesivo o fobia no son capaces de salir de casa (o incluso de su propia habitación u otro espacio dentro de su casa), quedando completamente limitada su vida. Se sienten atrapados en una jaula, que ellos mismos, sin saberlo, han creado. Por más que lo intentan, les resulta imposible. Dan tan sólo un paso fuera de casa, tan sólo abrir o cruzar la puerta, y se ven incapaces de seguir, puesto que aparecen síntomas de un miedo o ansiedad tan intenso que les bloquea y les paraliza. Es, sin duda, el miedo más grave e incapacitante, hasta el punto de sentir miedo a salir de casa. Y además, lamentablemente, pocas veces comprendido. La gente no lo puede llegar a entender, o incluso a veces puede creer que en realidad es una “tontería” o que la persona puede salir perfectamente pero en realidad no quiere hacerlo. Nada más lejos de la realidad.

¿Por qué llegamos hasta este punto? Para responder a esta pregunta, tenemos que empezar por el principio. Cuando aparece un episodio de crisis de ansiedad, da miedo, mucho miedo. Es normal. Pongámonos en situación para entender por qué ocurre esto: de repente yo estoy tranquilamente paseando por un parque y noto, sin motivo o explicación aparente, una fuerte presión en el pecho, que mi corazón empieza a latir más fuerte, que empiezo a ver borroso y no escucho bien, me siento mareado/a, como si lo viese todo desde fuera, mis piernas flojean.. Cada vez más y más fuerte e intensamente. Parémonos un momento aquí, ¿qué podrías pensar en ese momento? Seguro que cualquier cosa menos que se trate de ansiedad (y, de hecho, lo más común es pensar que me puede estar dando un infarto o me vaya a morir –nada más lejos de la realidad-). Por tanto, me pongo más nervioso/a aún. Y cada vez me siento peor.

Lógicamente, una vez ha pasado el episodio, no entiendo por qué pasó. Pero no quiero volver a pasar por esa sensación tan horrible. Por tanto, tiendo a evitar ese parque (no vaya a ser que hubiera algo ahí que lo desencadenase y me vuelva a pasar). Pero con el tiempo, me puede dar un nuevo episodio en otros lugares. O no. Puede incluso que no haga falta una crisis de ansiedad o que vuelva a experimentar otra crisis de ansiedad para que generalice sin darme cuenta a otros lugares, por características similares (si me ha dado en este parque donde hay tanta gente, ¿por qué no me iba a dar en un restaurante, o en el metro en hora punta? ¿Y qué hago si me da y no puedo escapar de ahí? ¿Y si me desmayo? ¿Y si estoy solo/a y no tengo ayuda? Sólo de pensarlo ya me da una angustia y ansiedad..).

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Por tanto, evito ir a esos lugares, tiendo a buscar caminos alternativos o dejar de realizar actividades en esos sitios, o bien voy sólo si voy acompañado/a (pienso que no puedo estar solo/a, por si me pasa algo grave y nadie puede ayudarme). Es decir, voy generalizando a situaciones, voy reduciendo poco a poco y sin darme cuenta mi espacio, la ansiedad va ganando terreno y sólo me escudo en aquellos lugares en los que creo que estoy seguro o “a salvo”. ¿Y cuál es mi lugar seguro por excelencia? Mi casa. Para mí y para todos. Aparece el miedo a salir de casa pues en mi casa controlo la situación, estoy seguro/a, estoy protegido/a. Cada vez me cuesta más salir, pongo excusas, y cuando salgo –ya sólo única y exclusivamente por obligación-, lo paso tremendamente mal. Por lo que opto por volver a casa lo antes posible. Escapo de la situación. Y ya en casa (¡por fin!) los síntomas desaparecen, siento alivio. Me siento seguro/a. Aprendo que todo lo que está fuera de casa está fuera de mi control, que el mundo exterior (al salir de casa) es peligroso y amenazante. Y por eso, cada vez que salgo de casa, ya anticipo que me dará ansiedad y, lógicamente, aparece de nuevo la ansiedad, creándose un círculo vicioso. Salir de casa es una pesadilla, me siento indefenso/a e inseguro/a. Por tanto, al final sólo estoy seguro/a y tranquilo/a dentro de mi propia casa. Y dejo de salir (ni cabe mencionar todas las implicaciones negativas que ello conlleva, a nivel familiar, social e incluso laboral, lo cual limita e incapacita enormemente mi día a día).

¿Cómo puedo romper esta situación? ¿Cómo puedo conseguir salir sin pasarlo mal? Exponiéndome poco a poco a salir de casa, a las situaciones y síntomas temidos, de forma progresiva y controlada, sin evitar o escapar, para darme cuenta de que la ansiedad desaparece cuando me habitúo a ello, que el mundo exterior no es peligroso o amenazante, que no me va a pasar nada malo de todo lo que anticipo que va a ocurrir. Y hacerlo sabiendo que cuento con estrategias de manejo de la ansiedad, como la relajación o cambio de pensamientos catastróficos por otros más ajustados a la realidad, me ayudará a afrontar mejor este tipo de situaciones y vencer, al fin, el miedo al miedo.

En definitiva, darme cuenta de que mi miedo a  salir de casa no es peligroso o amenazante. Cualquier lugar puede ser un lugar seguro. Sal de la jaula, da el primer paso. En Amadag somos especialistas en agorafobia. Podemos ayudarte.

 

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