Si nos detenemos a pensar por un momento en nuestro comportamiento podemos darnos cuenta de que a veces actuamos de manera poco lógica, inflexible, desconfiada, explotadora, agresiva, sumisa, falsa; altiva, incompetente, etc. Estas conductas no sólo nos afectan negativamente a nosotros mismos, sino también a otras personas de nuestro entorno. Afortunadamente, dichos comportamientos se encuentran limitados en el tiempo y no se mantienen más allá de un período breve y concreto. Sin embargo, para las personas que tienen un trastorno de la personalidad (TP) este tipo de acontecimientos no constituyen episodios aislados, sino que se prolongan a lo largo de sus vidas, impregnando gran parte de su discurrir existencial.

Rasgos de personalidad y personalidad

Los rasgos de personalidad son una serie de patrones permanentes, estables y en cierta medida flexibles. Conforman las características de cada persona, determinan sus conductas, su manera de relacionarse y pensar sobre el entorno y sobre uno mismo y se ponen de manifiesto en una amplia gama de contextos sociales y personales. Los rasgos son la dimensión perdurable de la personalidad y explican la diferente conducta de cada individuo ante una misma situación.

Por ejemplo: Melisa puede destacar por ser una persona extrovertida – rasgo que se caracteriza por comportamientos como: muy sociable, entusiasta, amistosa, activa y además también es responsable – rasgo que se manifiesta como organizada, persistente, sentido del deber. Estos rasgos que caracterizan a Melisa forman parte de su personalidad global.

Hay que entender que los rasgos son como dimensiones o tendencias de respuesta predominantemente estables a lo largo tiempo (aunque no estáticas) y consistentes (aunque no inflexibles) en distintas situaciones de nuestra vida.

La personalidad es fruto de dos dimensiones, el temperamento – que se refiere a la forma natural o biológica que tenemos de relacionarnos con el medio y que por tanto es heredable, innato e inmodificable y el carácter – que es aquello que vamos configurando durante la infancia-adolescencia mediante la interacción con el contexto social, con nuestras vivencias, experiencias y que por tanto es adquirido, modificable y educable. La personalidad esta formada por un conjunto de rasgos (rasgos de personalidad).

Personalidad “normal” y personalidad patológica

La personalidad normal y la patológica comparten los mismos principios y mecanismos de desarrollo; las personalidades del mismo tipo, sean normales o patológicas, son esencialmente las mismas en cuanto a los rasgos básicos que las componen. La diferencia fundamental es que las personalidades normales” son más flexibles cuando se adaptan a su entorno, mientras que las personalidades patológicas muestran conductas mucho más rígidas y muy poco adaptativas.

Así, se entiende por personalidad “normal” estilos distintivos de adaptación que resultan eficaces en entornos normales. Una personalidad patológica son estilos de funcionamiento inadaptados, que pueden atribuirse a deficiencias, desequilibrios o conflictos en la capacidad para relacionarse con el medio habitual.

Es decir, la personalidad “normal” y saludable se caracteriza porque:

  • Tiene capacidad para relacionarse con su entorno de forma flexible y adaptativa.
  • Las percepciones sobre sí mismo y su entorno son fundamentalmente constructivas.
  • Los estilos característicos de su conducta son promotores de salud.

Mientras que la personalidad patológica:

  • Afronta las responsabilidades y las relaciones cotidianas con inflexibilidad y con conductas desadaptativas.
  • Tiene percepciones sobre sí mismo y sobre el entorno frustrantes.
  • Los patrones de conducta predominantes tienen efectos perniciosos sobre la salud.

Trastorno de personalidad

Los trastornos de la personalidad se caracterizan por ser patrones desadaptativos de pensamientos, sentimientos, percepciones y conductas que comienzan muy temprano en la vida y se perpetúan a lo largo del tiempo y a través de diferentes situaciones. Suelen constituir desviaciones importantes de lo que serían los patrones de vida “normal” y, especialmente, de comportamiento interpersonal dentro del grupo sociocultural al que pertenece la persona.

El funcionamiento social, laboral, familiar, relacional e individual de las personas con un trastorno de personalidad puede estar deteriorado, pero generalmente mantienen su contacto con la realidad. En ocasiones representa la incapacidad de desarrollar un sentido de identidad propia (con déficits en el autoconcepto y el autocontrol) y un fracaso en las relaciones interpersonales adaptativas.

Estas personas perciben su sufrimiento emocional como algo inevitable y generalmente implica malestar para los que lo rodean. Sus manifestaciones aparecen desde la adolescencia o principios de la edad adulta, son estables a lo largo del tiempo y persisten en la madurez. El patrón perdurable de los trastornos de personalidad no se explica mejor como una consecuencia de otra patología mental y no se puede atribuir a los efectos fisiológicos de una sustancia u otra afección médica. Las personas diagnosticadas de un trastorno de la personalidad pueden tener alteraciones en dos o más de las siguientes áreas: cognición (manera de percibirse a sí mismas, a los otros o a los acontecimientos), afectividad o emotividad, conducta, actividad interpersonal o estilo de relacionarse con los demás, formas de pensar y percibir, y control de los impulsos.

Clasificación y características de los trastornos de personalidad

Grupo A – Se caracterizan por un patrón anormal y penetrante de cognición (sospecha), expresión (lenguaje extraño) y relaciones anormales con otros (aislamiento). Son individuos indiferentes al entorno, con poca intención de modificarlo, emocionalmente fríos, con limitaciones afectivas; experimentan poco placer, son poco sensibles al sufrimiento y son pasivos y centrados en sí mismos. Este grupo incluye los siguientes trastornos de personalidad:

  • Paranoide: desconfianza excesiva o injustificada, sospecha de infidelidad de la pareja, suspicacia, hipersensibilidad y restricción afectiva.
  • Esquizoide: dificultad para establecer relaciones sociales, ausencia de sentimientos cálidos y tiernos, afectividad plana, indiferencia a la aprobación o crítica.
  • Esquizotípico: anormalidades de la percepción, del pensamiento, del lenguaje y de la conducta, que no llegan a reunir los criterios para la esquizofrenia.

Grupo B – Se caracterizan por un patrón penetrante de violación de las normas sociales comportamiento impulsivo, emotividad excesiva y grandiosidad. Presentan con frecuencia acting-out (exteriorización de sus rasgos), comportamiento autoabusivo y arranques de rabia. Este grupo incluye los siguientes trastornos de la personalidad:

  • Antisocial: conducta antisocial continua y crónica, en la que se violan los derechos de los demás. Engaño, impulsividad, irritabilidad, irresponsabilidad y ausencia de remordimiento.
  • Límite: inestabilidad en el estado de ánimo, la identidad, la autoimagen y la conducta interpersonal.
  • Histriónico: conducta teatral, reactiva y expresada intensamente, con relaciones interpersonales marcadas por la superficialidad, el egocentrismo, la hipocresía y la manipulación.
  • Narcisista: sentimientos de importancia y grandiosidad, fantasías de éxito, necesidad exhibicionista de atención y admiración, explotación interpersonal.

Grupo C – Se caracterizan por un patrón penetrante de temores anormales, incluyendo relaciones sociales, separación y necesidad de control. A este grupo pertenecen los siguientes trastornos de personalidad:

  • Evitativo: hipersensibilidad al rechazo, la humillación o la vergüenza; retraimiento social, a pesar del deseo de afecto, y baja autoestima.
  • Dependiente: pasividad para que los demás asuman las responsabilidades y decisiones propias, subordinación e incapacidad para valerse solo, falta de confianza en sí mismo.
  • Obsesivo-compulsivo o anancástico: perfeccionismo, obstinación, indecisión, excesiva devoción al trabajo y al rendimiento, dificultad para expresar emociones cálidas y tiernas.

Bibliografía:

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Caballo, V., Guillén, J., & Salazar, I. (2009). Estilos, rasgos y trastornos de la personalidad: interrelaciones y diferencias asociadas al sexo. Psico40(3), 319-327.

Cardenal, V., Sánchez, M., & Ortiz-Tallo, M. (2007). Los trastornos de personalidad según el modelo de Millon: una propuesta integradora. Clínica y salud18(3), 305-324.

Dextre, Edgar. (2021). Rasgos y Personalidad. 1. 42-53.

Llopis Giménez, C., Hernández Mancha, I., & Rodríguez García, M. I. (2017). Rasgos de personalidad desadaptativos y trastornos de la personalidad en mujeres que denuncian a sus parejas. A propósito de un caso. Cuadernos de medicina forense23(3-4), 92-99.

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