La realidad supera la ficción, se dice, y eso es lo que pensé cuando terminé de visionar la película que os traemos en esta ocasión. El número de reproducciones que acumula Contagio, que así se titula la cinta, ha crecido como la espuma durante esta cuarentena debido a su argumento. Hoy nos asomamos a ella, y trataremos de valorar cómo ha podido cambiar nuestra percepción al verla actualmente en comparación a cómo se hacía antes de toda esta serie de cambios que estamos experimentando con la expansión mundial del coronavirus.

Contagio -Contagion en su título original- es una película estadounidense dirigida por Steven Soderbergh, un director que proviene del cine independiente, y que cuenta con un reparto de lujo, entre los que se encuentran Matt Damon, Kate Wisnlet, Laurence Fishburne, Jude Law, Gwyneth Paltrow y Marion Cotillard. A pesar de que tuvo cierto éxito en su estreno, (atención) allá por el año 2011, ahora está de rabiosa actualidad, tanto es así que Warner Bros ha indicado que en su catálogo de películas más solicitadas ha pasado del puesto 270 al segundo lugar, sólo por detrás de la saga Harry Potter.

La gran peculiaridad de esta historia es que, con lo que estamos viviendo, ha cambiado nuestra forma de verla y valorarla. De hecho en IMDb, una de las mayores bases de datos cinematográficas que existen en línea, antes del coronavirus la tenían catalogada como película de ciencia ficción y ahora se refleja como thriller (o suspense). Fijaos cómo cambia la percepción de las cosas.

La trama comienza con una mujer norteamericana que cae enferma tras volver de un viaje de Hong Kong, y, sin conocer exactamente el origen, los espectadores presenciamos cómo un virus de infinita capacidad de contagio comienza a propagarse por todo el mundo. Contagio es una película que, a pesar de tratar una temática de catástrofe como muchas otras hasta el momento, se salta las convenciones típicas de la industria Hollywood, y no tira de recursos como héroes salvadores sacrificados ni de efectos especiales exhibicionistas. En vez de eso, se limita a guiarnos a través de un lenguaje visual bastante sobrio cómo va avanzando el gran protagonista de la historia: el virus llamado MEV-1.

Los ojos y mentes que visionaron en su día esta película podrían haberla valorado como hora y tres cuartos de catástrofe en el ámbito de la salud pública mundial, que nos metía de lleno en una sociedad en la que muchas de las reacciones, políticas y civiles, eran por propio interés; era una historia que jugaba al ¿qué pasaría si…?, como si de una mala pesadilla se tratase. Ficticia, al fin y al cabo. Sin embargo, hoy en día el impacto psicológico que implica ver esta película está asegurado: ya no la observamos como algo posible pero lejano en nuestra realidad, sino como si fuese una especie de documental que nos enseña los probables pasos que nos han acercado a la situación actual. De hecho, y sobre todo al principio de la película, nuestra mente irá más allá, temerá por lo que sabemos que va a suceder; uno de los detalles que más nos puede llamar la atención de verla ahora, y que quizás pasaban desapercibidos para los que la visionaron antes de la aparición del coronavirus, es que seremos incapaces de pasar por alto todos los objetos que van tocando los personajes, y a su vez contaminando, ya nos lo facilite los planos escogidos por el director o no.

Si bien es cierto que existen diferencias como la rapidez en la evolución de la enfermedad y lo mortal que resulta, dramatizado más en la película con respecto a los datos con los que contamos en la realidad, no hay duda de que la película se adelantó tanto a su tiempo que en algunos detalles resulta estremecedora. La localización del posible origen, la forma de transmisión, la habilitación de espacios para albergar personas contagiadas, el papel de la OMS, las reacciones burocráticas de los políticos, la manera de manejar la información por parte de la prensa, incluso la certeza que parte de la sociedad puede otorgar a los bulos que se lanzan desde las redes sociales, son detalles que nos resuenan internamente cuando los vemos, y mucho.

Es innegable el gran trabajo que realizó Steven Soderbergh para ponerse en situación y plasmarla de forma realista. Contó con un equipo de microbiólogos y científicos para documentarse, con el fin de que el argumento fuese lo más consistente posible, y lo logró. Así que la comunidad científica, previamente a todo esto, ya entendía de qué manera podría desencadenarse lo que finalmente ha terminado sucediendo. Un detalle que, por otro lado, resulta un tanto escalofriante al poner encima de la mesa lo escasamente escuchada y tenida en cuenta que ha venido siendo la ciencia en al ámbito de la salud pública, por toda la ciudadanía en general y por los intereses político-económicos en particular. Una cuestión sobre la que da qué pensar.

A pesar de ello, es cierto que con todo lo que hemos pasado ya, vemos a lo largo de la película detalles que no concuerdan, por lo complejo que era ajustarse completamente a la catástrofe que más tarde se hizo real; como por ejemplo no podemos evitar ver con incredulidad cómo en ocasiones grupos de personas no guardan la distancia de seguridad entre ellas, algo que no comtemplamos a día de hoy ni por asomo. Otras diferencias que percibimos de la ficción a la realidad, al menos en la de nuestro país, las encontramos en el papel que cumple el ejército, aquí no ha cortado carreteras o no se encarga de la distribución de alimentación, ni tampoco hemos experimentado saqueos salvajes a tiendas o abandono de la actividad de recogida de basuras, aunque esto último pueda ser un efecto al que recurrió el director para plasmar la sensación de caos que este cambio brusco puede llegar a generar.

Finalmente, se pone de manifiesto cuestiones que pueden jugar en un futuro a medio plazo y de las que no estaría demás tomar nota: como la relajación con la que algunos se toman las medidas sanitarias, los problemas y situaciones que puede haber con la distribución de vacunas, una vez que se tengan, o cómo podrían ser los posibles métodos de contención y registro de las personas ya vacunadas. Seamos conscientes de la situación que atravesamos y no nos olvidemos de las personas más desfavorecidas, a nuestros mayores y a las personas de riesgo durante todo el tiempo que vaya a durar esta situación. Porque, todavía, estamos a mitad de película.

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