Los seres humanos venimos al mundo con una serie de necesidades y deseos. El proceso que sucede desde que nos damos cuenta de que surge la necesidad en nuestro organismo hasta que la satisfacemos, bloqueamos o reprimimos, sigue unas fases que se engloban en el concepto de ciclo según la Gestalt y que vamos a explorar a lo largo de este artículo.

La terapia Gestalt fue creada por Fritz Perls alrededor de 1950, tras tomar contacto con la Escuela de la Psicología de la Gestalt de Frankfurt (en la que destacan autores como Köhler, Wertheimer y Kurt Lewin), en la que se defendió que toda percepción sensorial es fruto de la interacción que tiene lugar entre los estímulos presentes en el medio y la configuración significativa (Gestalt) que de ellos se hace en un momento dado. Según esta teoría, no percibimos la totalidad caótica de estímulos presentes (el fondo), sino que destacamos aquello que en cada momento o situación nos resulta significativo (la figura).

Perls sentó las bases de su enfoque humanista transpersonal sobre la idea de que cada persona configura la realidad como un conjunto significativo, una totalidad o Gestalt. Concluyó que toda Gestalt es dinámica: procede de una necesidad y tiende a completarse mediante su satisfacción. De esta forma nos encontramos continuamente en un proceso cíclico de identificación y satisfacción de nuestras necesidades (fisiológicas, psicológicas y sociales), con el fin de encontrar el equilibrio o autorregulación organísmica. Cuando no logramos alcanzar la satisfacción o mantenemos asuntos inconclusos nuestro sistema se sobrecarga y la Gestalt necesita ser completada posteriormente a través de situaciones repetitivas o compulsiones.

La expresión y aprobación de las emociones y necesidades está muy mediada por la influencia cultural, la educación, la familia, etc. En nuestra cultura está muy aceptada la idea de que merece la pena reprimir las emociones (sin tener en cuenta que las normas culturales aparecieron miles de años después de que nuestro cerebro humano comenzara a desarrollarse), por lo que vemos disminuida nuestra capacidad para expresarlas y acabamos generando toda una serie de estrategias o resistencias para no satisfacer nuestras necesidades. Estas resistencias son mecanismos muy corrientes y a menudo inconscientes y pueden expresarse de formas diferentes. No son perjudiciales per se, ya que en ocasiones actúan como reguladoras de la satisfacción de nuestras necesidades. Podemos considerar que nos perjudican cuando son reiterativas e impiden integrar aspectos de nuestra personalidad. Para que resulten beneficiosas deben realizarse de manera congruente con nuestras emociones y deseos, de forma libre y aceptando incondicionalmente aquello que somos.

Se ha establecido que cada una de estas resistencias corresponde a una fase concreta del ciclo de las necesidades, aunque esto no resulta exactamente así. Sin embargo vamos a ceñirnos a esta clasificación creada por Joseph Zinker dentro de la corriente gestáltica, llamada el Ciclo de la Experiencia, por cuestiones prácticas, de forma que nos permita comprender más fácilmente su funcionamiento.

ciclo experiencia
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1. Partiendo de una situación de reposo, de un descanso reparatorio, nos encontramos satisfechos porque hemos cerrado un ciclo anterior (“estoy tranquilamente descansando en el sofá”).

Esta primera fase puede ser interrumpida por la desensibilización: no me entero de qué necesito porque estoy desensibilizado de mí mismo. Nuestros sentidos están cerrados a lo que ocurre, si sintiéramos algún dolor este tendría que ser muy fuerte para llegar a prestarle atención. En lo emocional no encontramos palabras para nombrar lo que sentimos. No nos permitimos el reposo y comenzamos a postergarlo pensando en aquello que tenemos que hacer.

Como ejemplo de desensibilización positiva tenemos la concentración: cuando un artificiero está desactivando un explosivo puede abstraerse del exterior y centrarse en su labor para disminuir la sensación de miedo.

2. Desde la situación de reposo conectamos con una sensación, registrada en forma de señales sensoriales indican una necesidad del organismo. Pueden ser sensaciones físicas (incomodidad, vacío en el estómago, escalofríos…) como emocionales o sentimentales (tristeza, alegría, dolor, placer…). El síntoma se manifiesta en el cuerpo, aparece una excitación sensorial y motriz (que podemos notar por ejemplo en la respiración) que provoca que me salga del descanso anterior.

Cuando aparece la proyección colocamos fuera lo que no podemos sostener y hacemos responsable al entorno de aquello que se origina en nosotros mismos, ya que no podemos aceptar nuestras emociones o necesidades. Nos desapropiamos y desresponsabilizamos de lo que sentimos achacándolo al exterior. Esto nos permite renunciar a aquellos aspectos de nuestra personalidad que encontramos inadecuados o poco atractivos (“es culpa tuya”).

La empatía sería un tipo de proyección positiva: nos permite ponernos en el lugar de los demás, devolviéndoles lo que provocan en nosotros desde un fiel reflejo de lo que ocurre en su interior, lo que permite un encuentro genuino.

3. El siguiente paso es la toma de conciencia, darnos cuenta de lo que necesitamos o deseamos. Le ponemos nombre a la sensación (hambre, sed, necesidad de cariño…), la hacemos consciente y de esta forma aparece un pensamiento asociado, por ejemplo “estoy sintiendo ansiedad”. Necesitamos honestidad y aceptación incondicional de nosotros mismos para permitirnos tomar conciencia de necesidades que pueden darnos miedo (por el posible rechazo de los demás, porque no son adecuadas o aceptadas, porque nos vemos capaces de satisfacerlas, etc.), para reconocer que están ahí y las deseamos. La respiración en esta fase juega un papel fundamental. Si altero mi respiración me desconecto de aquello que siento y no podré darme cuenta de lo que necesito.

El bloqueo de esta fase vendría de la mano de la introyección: mi necesidad me sigue  conectando con lo inconcluso y aparece una angustia que reactiva creencias antiguas, que en algún momento fueron útiles pero ahora me paralizan. Los introyectos relacionados con la propia autoexigencia suelen tener forma de debo/no debo… , tengo/no tengo que… siendo su origen una prohibición que actúa como un no tengo permiso y que de adulto acaba en un no soy capaz de…: una vivencia interna de incapacidad, que puede provenir de mandatos familiares que inconscientemente asumimos como propios y parte de nuestra identidad. La asimilación beneficiosa es aquella que hacemos de manera voluntaria y consciente.

4. Tras tomar conciencia de nuestra necesidad se da la movilización de energía, el estado de excitación corporal, la disposición de todos los sentidos hacia la consecución del contacto. Algo así como un calentar motores. La respiración sigue siendo un elemento muy importante a tener en cuenta, ya que el bloqueo de la misma nos llevaría a la frustración del proceso.

La retroflexión actúa como un apagar motores, que desde el miedo acentúa el autocontrol para evitar el contacto con la satisfacción de nuestras necesidades y sus consecuencias. Esto desemboca en una acción incoherente y frustrante, una vez más. Volvemos a conectar con un introyecto, esta vez en relación con la necesidad  insatisfecha: ¡otra vez, no soy capaz de conseguirlo!. Generalmente se expresa mediante la tensión y represión muscular (del llanto, del deseo sexual, de los esfínteres…).
La retroflexión sana es aquella que nos evita consecuencias nefastas, como las de robar o agredir a los demás. Sin embargo, muchas veces, para evitar agredir a otros acabamos haciéndonos daño a nosotros mismos.

5. La movilización de energía permite la acción: comienzo el movimiento dirigido a satisfacer mi necesidad y exteriorizo la conducta que he visualizado. Gestiono mis recursos para conseguir el cambio en mi relación con lo que me rodea.

Si aparece la desviación acabamos utilizando la energía para obtener otra necesidad sustitutiva que resulte menos amenazante y nos permita no asumir riesgos. Pasamos de puntillas por aquello que realmente queremos, creando una fantasía de haberlo hecho o intentado. Esto puede ser positivo en ocasiones en que no podamos realizar lo que deseamos por circunstancias puntuales, de corte social o convencional (por ejemplo, un arrebato de pasión con nuestra pareja en plena reunión entre amigos).

6. Con el contacto la necesidad del organismo se resuelve interactuando con el entorno. Por fin se da el encuentro que implica la resolución de la acción que inicié: como, bebo, hablo, me relaciono… establezco el contacto y satisfago mi necesidad. Para esto ha tenido que darse una coherencia y congruencia entre mi percepción, emoción, pensamiento y acción. Como resultado inevitable se da el cambio, tanto para mí como para el objeto de necesidad: en el caso del encuentro con el otro ambos quedamos transformados.

En este caso la resistencia sería la deflexión, a la que nos acercamos prevenir más que para satisfacer, enfriando el contacto. Es una conducta de evitación, como podría ser el dar un rodeo cuando me hacen una pregunta personal, para sentirme tranquilo ante un posible ataque a mi intimidad.

Al hacer esto no cosechamos los frutos de la acción y acabamos sintiéndonos incomprendidos. Vemos cómo nuestras interacciones fracasan y tenemos la sensación de que no conectamos con los demás.

7. A continuación tiene lugar el disfrute, la realización, muy moldeada por expresiones culturales (que determinan cómo se puede y si se puede celebrar una satisfacción de necesidad). Realizar es vivir el placer del afecto, del momento, el punto culminante del ciclo que nos permite retirarnos plenamente satisfechos. En muchas ocasiones detrás de una sensación de insatisfacción o de no plenitud se encuentra una interrupción de esta fase.La desvalorización consiste en quitar importancia a lo que uno es y hace, en relativizar la satisfacción, de forma que se evita el disfrute.

La desvalorización consiste en quitar importancia a lo que uno es y hace, en relativizar la satisfacción, de forma que se evita el disfrute.

Esta resistencia puede darse por muchas razones: sentimiento de culpa a vivir cosas agradables, menospreciar lo que realmente nos importa porque implicaría grandes cambios en la vida…

8. La última etapa del ciclo es la retirada. Tras haber satisfecho la necesidad volvemos al estado de reposo hasta que emerge una nueva sensación.

En este momento asimilamos la experiencia; integramos y crecemos. En la respuesta sexual, por ejemplo, existe un periodo refractario tras el orgasmo que debe ocurrir para poder volver a poner en marcha una fase de excitación y práctica sexual. Durante esta fase de retirada, incluso la estimulación genital provoca incomodidad. Aceptar la retirada, el final de algo, es importante para nosotros a pesar de la dificultad que muchas veces entraña.

La retirada es necesaria, nos permite comprender el mismo proceso en el otro, respetarlo y a la vez reconectarnos con nosotros mismos desde la quietud.

La confluencia interrumpe el reposo, es un quedarme pegado al contacto. Pierdo el límite entre mi persona y el entorno y experimento dificultad para retirarme tras contactar y satisfacer mi necesidad. Necesito que un elemento externo marque la separación con el objeto necesitado por el miedo a ser privado de su presencia en un futuro. Deseo permanecer constantemente en contacto. En general esto ocurre cuando la situación no ha concluido de manera satisfactoria y no he sido capaz de realizar el cierre.

Para terminar, una reflexión: el proceso terapéutico no consiste en iluminarse, controlar o eliminar la vulnerabilidad o el dolor, o en desconectarnos de nuestras sensaciones de forma aséptica: se trata, entre otras cosas, de poder realizar sin excesiva dificultad los ciclos de necesidades.

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