Ansiedad en la historia.

Al igual que hemos evolucionado en la manera de catalogar y entender la ansiedad en  la historia, también lo hemos hecho en la forma de tratarla según las creencias imperantes de cada época. Lo que hoy se conoce y dibuja como ansiedad es relativamente nuevo en nuestra historia ya que, antes de catalogarla, las personas que la padecían formaban parte del amplio grupo de trastornos mentales sin distinción. ¿Cuáles han sido los tratamientos que se han llevado a cabo para el abordaje de lo que durante mucho tiempo se denominó locura? hoy repasamos la forma de tratar la ansiedad en la historia.

Ritos

Antes de que existiese una manera de valorar las enfermedades mentales como procesos provenientes de la naturaleza, las primeras civilizaciones tenían la idea de que la locura era producto del capricho de los dioses en las culturas más complejas y a demonios u otros seres sobrenaturales en las más primitivas. Así, el hecho de curar a estas personas quedaba en manos de sacerdotes-médicos y como terapia se recurría a la magia, el sacrificio o la adivinación; siendo una práctica muy habitual las trepanaciones craneales, que aparentemente tenían como una de sus funciones el dejar salir los demonios que provocaba la enfermedad mental.

Ansiedad en la historia: Los primeros tratamientos médicos

La interpretación naturalista de las enfermedades mentales se inicia en Grecia hacia el siglo V a.C. al extenderse la Teoría de los cuatro humores, sostenía que cualquier enfermedad era un desequilibrio de alguno de los cuatro fluidos (humores) de los que estaba formado el cuerpo humano; la curiosa característica es que creían que el desequilibrio se situaba topográficamente, por lo que, en el caso de las enfermedades mentales debía ubicarse en el cerebro. Basándose en esta teoría la labor del médico era restablecer el balance perdido de los fluidos a través de sangrías, una serie de procedimientos que consistían en extraer sangre del paciente creyendo así conseguir un efecto curativo; para ello se realizaban desde cortes en extremidades, hasta la utilización de agujas, copas de succión o sanguijuelas.

Pese a que este tipo de tratamiento de la ansiedad en la historia clásica era el más extendido, el historiador británico Roy Porter afirma que en aquella época grecorromana los intentos de abordar las enfermedades mentales eran muy dispares: desde hablar con ellos hasta tratamientos de choque que consistía en aislar a los pacientes en una oscuridad total y asustarles hasta que recobraran la salud, o recomendar el matrimonio terapéutico para evitar así la continencia sexual, la cual se creía que producía la acumulación de ciertas toxinas causantes de estas enfermedades.

En la cultura egipcia vinculaban la enfermedad mental a movimientos del útero, recomendando así para su prevención prácticas como irrigaciones vaginales, la ingesta de sustancias amargas que lo desplazaran hacia abajo, o llevar a cabo prácticas sexuales que eliminaran toxinas acumuladas, entre otras.

Retomando el tratamiento de los humores, al descubrirse la circulación de la sangre se creyó haber encontrado el origen y el tratamiento de las enfermedades, algo que en los enfermos mentales no fue la excepción, y con intención de curarlos se les sangraba hasta que terminaban en un estado demencial profundo. Lo que más nos puede asombrar de este procedimiento es que a pesar de que no obtener resultados y ser un método muy arriesgado para la salud de los pacientes, se mantuvo como tratamiento predominante hasta la primera mitad del s. XIX. Por fortuna, con el avance de la medicina durante este siglo fue perdiendo protagonismo, quedando relegado a utilizarse para indicaciones precisas y escasas, como última alternativa terapéutica.

Edad Media

Durante este período se empobreció y subordinó la medicina a la religión. Los hospitales desaparecen y los enfermos mentales del momento se consideraban locos o lunáticos, relegados a vagabundear por las calles, son separados de las preocupaciones de la salud pública del momento que se orientaban más al aislamiento de los afectados por la gran plaga de lepra que arrasó Europa.

Dado que vuelve a imperar el concepto mágico-religioso de la enfermedad mental, se impone la idea de la posesión diabólica para intentar explicar algunos casos de comportamientos extraños y perturbadores. Fue el momento de la caza de brujas, en el que la supuesta poseída, generalmente mujer y enferma mental, era vista como alguien que había optado voluntariamente por el mal, sin redención posible, por lo que debía librarse el alma envilecida quemando el cuerpo corrupto. Ésta era la propuesta: expulsar el demonio del cuerpo a través de la quema.

Entre los s. XV y XVIII el tratamiento de la locura era tremendamente diverso: la Iglesia recurría a los exorcismos; la medicina empírica de curanderos y hechiceros recurría a las hierbas medicinales, los sortilegios y las prácticas supersticiosas; y los médicos diplomados y boticarios recurrían a estrictas dietas, duchas de agua fría en la cabeza y a las tan temidas sanguijuelas

El Gran Encierro

Así se denominó a un movimiento generado por el rey Luis XIV en 1656, quien decretó el encierro de todos los elementos marginales de la sociedad. Nacen así los manicomios a partir del s. XVII, enormes establecimientos que se edificaron para recluir a todos los que en su momento se llamaron insanos: todos aquellos que portaban la bandera de la sinrazón, entre ellos criminales, mendigos, homosexuales, locos… y a los que se les obligaba a trabajar dado que la locura fue percibida como símbolo de pobreza, improductividad e inadaptación social.

Según el filósofo, historiador y psicólogo Michel Focault aquellos edificios nada tenían que ver con centros de tratamiento médico, sino más bien una entidad administrativa y semijurídica que deshumanizó la enfermedad mental. Focault brinda la siguiente descripción de la Salpêtrière a finales del s. XVIII: “los locos atados por exceso de furor son encadenados como perros a la puerta de su cuarto y separados de los guardianes y de los visitantes por un largo corredor defendido por una verja de hierro; se les pasan entre los barrotes la comida y la paja, sobre la cual se acuestan; por medio de rastrillos se retira una parte de la suciedad que los rodea”.

La liberación de los locos

Entre finales del s. XVIII y principios del XIX, en Francia, Inglaterra e Italia nacieron las primeras personas que dejaron atrás los grilletes y las cadenas, creando la esperanza de que mediante una cura de aislamiento podrían reintegrar a la sociedad a aquellos internos desdichados. Así que pese al horrible e inhumano trato que se les ofreció en su momento, es innegable que este movimiento facilitó la incorporación de los problemas de salud mental como un tema médico y, por ende, de la Salud Pública.

Philippe Pinel instauró el tratamiento moral que cambiaría la gestión que se llevaba hasta entonces en los manicomios. Ahora serían dirigidos por médicos, que basaban como factores clave de la recuperación: instaurar una estrecha relación médico-paciente para reconducir su voluntad, establecer ciertas rutinas diarias que harían innecesario el uso de la fuerza y, sobretodo, establecer un severo régimen de aislamiento el cual se consideraba un factor de curación por sí mismo. Utilizaron entre sus métodos lo que denominó el baño sorpresa, una especie de hidroterapia para tratar la manía, la hipocondría y la histeria, creyendo que el agua caliente producía un efecto sedante y antiespasmódico, y que su aplicación prolongada disminuía la irritabilidad nerviosa.

Los alienistas, así denominados, no buscaron desligarse del manicomio, sino que centraron la cura del enfermo en un mismo establecimiento. Y fue a finales del s. XIX cuando comenzó a valorarse la importancia y la integración de árboles, aire fresco, la alimentación, la limpieza, la calefacción, la distracción, el ejercicio y el trabajo como aspectos terapéuticos. Fue así como aparece la laborterapia como tratamiento, que incluía trabajos manuales de diferentes modalidades: desde trabajos domésticos, trabajos agrícolas, manufacturas como talleres de carpintería o panadería hasta trabajos de construcción; trabajos intelectuales desempeñando tareas en las oficinas del hospital o siendo ayudantes de los practicantes; o la ocupación de los enfermos en las horas de descanso realizando juegos sencillos u organizando sesiones de teatro y cine. El tratamiento moral será así la base del nacimiento de la moderna psiquiatría.

Consolidación de los métodos científicos

A finales del siglo XIX la prioridad era, para muchos psiquiatras, afianzar su disciplina como una tarea verdaderamente científica; por lo que el trato individualizado a los pacientes se dejó a un lado para centrar todos los esfuerzos en establecer métodos terapéuticos generales que sirviesen para neutralizar la masificación de pacientes que estaban sufriendo los centros y, para los que estuviesen internos en ellos, volverlos más “manejables”.

A partir de éste momento y consolidándose durante la primera mitad del s. XX, el tratamiento médico experimentaría innovaciones terapéuticas sorprendentes, algunas eficaces, otras dudosas y algunas peligrosas. Los tratamientos de choque cobran auge, tratamientos como terapias de sueño prolongado inducido por barbitúricos, el estado de coma producido por insulina o terapia de electroshock se llevan a cabo con frecuencia para el abordaje de la manía o neurosis, trastornos del sueño y del comportamiento.

La terapia de electroshock, que aún se sigue llevando a cabo con muchas diferencias con respecto a sus inicios, se aplicaba primitivamente, sin anestesia, y las descargas eléctricas solían ser innecesariamente intensas, provocando efectos secundarios muy serios en los pacientes. Como parte de los procedimientos de psicocirugía que se iniciaron en 1930, otro tratamiento que gozó de buena fama para tratar patologías severas, pero también para “tranquilizar” a los pacientes inquietos, agresivos y/u obsesivos, fue la lobotomía, que consistía en dañar partes de los lóbulos frontales de cada hemisferio cerebral con un instrumento parecido a un picahielos. Esta brutal práctica se acogió con agrado ya que en aquel momento trataban de higienizar y establecer la salud mental en las instituciones a cualquier precio, estando dispuestos a sacrificar una parte de la capacidad intelectual y de la personalidad del paciente para tratar de acercarlo más a “la curación”.

En las décadas de 1960 y 1970 surge un “movimiento antipsiquiátrico” que aboga por nuevas políticas en las que no se custodiase como se venía haciendo, por rutina, a las personas aquejadas por trastornos mentales, quedando relegados los hospitales psiquiátricos. Comienza un progresivo fenómeno de “desinstitucionalización” de la psiquiatría y la implicación de la Salud Primaria en materia de Salud Mental, sobre todo en el manejo de los trastornos mentales menores (depresiones y estados de ansiedad).

La era de la psicofarmacología y las psicoterapias

La fama de las prácticas de psicocirugía no comenzó a decaer hasta los años 50 del pasado siglo, momento en el cual los laboratorios farmacéuticos generaron los primeros psicofármacos. Estos nuevos tratamientos prometían ser un método mucho más económico y sencillo para aliviar el sufrimiento sin recurrir a los largos internados en el hospital, al psicoanálisis o a la cirugía irrevocable. La psicofarmacología sustituye a las terapias de choque y modifican su concepción hasta ese momento, como prueba de ello, la lobotomía deja de ser un “tratamiento” legal en 1967.

A raíz del s. XVIII como sustancias de tratamiento habitual para las neurosis se utilizaba el opio. A principios del siglo xx, se empleaban el hidrato de cloral, los barbitúricos, las anfetaminas e incluso el láudano en pacientes melancólicos agitados; y hasta 1950 los barbitúricos fueron los agentes más frecuentemente utilizados como inductores del sueño y sedantes. Dado el alto potencial de abuso de los barbitúricos y su estrecho margen terapéutico entre dosis útil y letal, se iniciaron investigaciones en busca de otros compuestos con propiedades ansiolíticas, descubriendo el meprobamato y dos tipos de benzodiazepinas que desplazaron a los fármacos ansiolíticos utilizados anteriormente: el clordiazepóxido y el diazepam.

Es en la década de 1950 cuando se producen avances históricos en el tratamiento de los trastornos afectivos: se descubren los antidepresivos tricíclicos (ADT); esto facilitó, desde finales de la década de 1980, la incorporación al arsenal terapéutico antidepresivo de una serie de nuevas familias de fármacos, con unas propiedades farmacodinámicas altamente selectivas, supuso otra nueva revolución en el tratamiento de los trastornos afectivos: inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina (ISRS) entre otros.

Al concluir el s. XX occidente había presenciado un crecimiento de trastornos psiquiátricos, así que para contrarrestarlos, teóricos e investigadores de diversos enfoques que se preocupaban por el abordaje que debía darse a los trastornos mentales, generan una constelación de psicoterapias que continúan hasta nuestros días. La psiquiatría convencional, tanto la académica, como la de hospital, ofrece su dedicación a la descripción y clasificación de los trastornos mentales que se inició con Kraepelin, así como el tratamiento desde la psicofarmacología.

Referencias:
La enfermedad mental a lo largo de la historia. Sandra Álvarez Cernuda. Trabajo de fin de grado, Escuela de Enfermería de Palencia.
La piedra de la locura: inicios históricos de la salud mental. Oswaldo Salaverry. Rev Peru Med Exp Salud Publica. 2012;29(1):143-48.
Historia de la psicofarmacología I. Eguíluz Uruchurtu. Capítulo 1. Tratado de Psicofarmacología 2010. Editorial Médica Panamericana

 

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