Como ya comentamos en este artículo acerca de la acción de postergar las tareas, existen muchos factores que nos inducen a la procrastinación.

Según el autor Piers Steel, todos ellos pueden resumirse en la falta de motivación, idea desgranada en una fórmula cuyo resultado determinará el éxito o el fracaso de la consecución de la tarea planeada.

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1. Expectativa (¿seré capaz?): se refiere al nivel de dificultad que adjudicamos a la tarea. Generalmente, cuanto más veces la hemos realizado, más cómodos nos sentimos con ella y mayores expectativas de éxito auguramos. Si se trata de una tarea nueva o para la que no tenemos una facilidad concreta, las expectativas de éxito serán mucho menores.

En cierto modo, cuando hay procastinación, puede ser que las expectativas están relacionadas directamente con la confianza en uno mismo y el optimismo. Cuando los fallos se suceden de forma continua, empezamos a ver el error antes de ni siquiera intentarlo.

Paradójicamente algunas personas presentan un exceso de confianza en sus capacidades y tienden a posponer sus obligaciones hasta el último momento. Sin embargo, solemos encontrarnos lo contrario: la mayoría de procrastinadores tienen un bajo nivel de autoconfianza. Si creo que no seré capaz de hacer o conseguir algo, pospondré eternamente comenzarlo.

2. Valoración (¿me gusta?): no todas las tareas que realizamos tienen el mismo valor para nosotros, es decir, no nos resultan igualmente placenteras. Lo que se pospone puede variar de una persona a otra. Hay quien siempre plancha a su debido tiempo, del mismo modo que hay gente que realiza ejercicio a diario o limpia el coche cada semana. Pero todos, cuando procrastinamos, dejamos para más adelante aquellas cosas que no nos resultan placenteras. Cuanto más baja sea la valoración de la tarea, más probabilidades habrá de procrastinar.

3. Impulsividad (¿consigo enfocarme?): varios estudios muestran conexiones entre la procrastinación y rasgos asociados a la impulsividad: poca meticulosidad, propensión a la distracción y bajo autocontrol. Cuanta más impulsividad, más fácil será procrastinar. Este factor está íntimamente relacionado con el siguiente, de hecho en muchas ocasiones se expone esta teoría uniendo ambos en un solo concepto: el tiempo.

4. Demora de la satisfacción (¿cuándo recibiré la recompensa?): no es lo mismo saber que la tarea terminará en diez minutos, o que disfrutaremos de los beneficios de llevarla a cabo de forma inmediata; que tener que esperar días, o incluso semanas.

Por lo general, cuanto más cerca estamos de la recompensa o del sentimiento de autorrealización, más valioso parece el premio. Es decir, la gratificación o satisfacción inmediata suele resultar más motivadora que cuando es a largo plazo. Por ello, cuanto más tarde llegue la recompensa, más fácil La procastinación.

Más allá de facilitar un valor numérico, lo interesante de esta ecuación es entender cómo se relacionan los diferentes factores entre sí.

Por ejemplo, si ante una actividad con un alto valor, como puede ser el ejercicio físico, nunca nos calzamos las zapatillas de deporte y nos ponemos manos a la obra, podríamos considerar la posibilidad de que la demora a la hora de obtener la satisfacción nos resulte demasiado alta, ya que los resultados visibles llegarán a largo plazo; o tal vez observar nuestra impulsividad si es que solemos abandonar este propósito rápidamente.

Reconocer esta situación nos puede dar la pista para reducir nuestra procastinación: ajustar la gratificación en la que elegimos enfocarnos (los efectos en la sensación de bienestar y en la regulación de hambre y sueño son más inmediatos que el resultado estético), y planificar y trabajar de manera más estructurada, siendo realistas con la capacidad del momento.

Así, el primer paso para preparar nuestros objetivos será saber en cuál de estos cuatro elementos cojeamos para desarrollar actitudes y hábitos que nos ayuden a dejar de procrastinar y así realizarnos en diferentes ámbitos.

 

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