El séptimo arte refleja muchas veces relatos basados en hechos reales o fantasías increíbles que alimentan nuestra imaginación, pero la mayoría de las veces no pretenden ser únicamente historias con las que entretenernos un rato. A través de los personajes y las escenas, nos conmueven, asustan o nos hacen reír, nos guían por nuestras emociones. Además no sólo pueden conectar con nuestras emociones y modificarlas, sino también retratarlas y recrear de manera sutil sentimientos habituales en nuestro día a día. Es el caso de la película “Buscando a Nemo”, estrenada en el 2003 y que os recomendamos ver (lo hayáis hecho ya o no), largometraje que enfocado a la infancia es una película de animación entretenida, tierna, que narra la búsqueda insaciable de un padre por encontrar a su hijo a través del océano.

Sin embargo para el público adulto “Buscando a Nemo” encierra muchos más tesoros, nos habla de sobreprotección, del miedo a la inmensidad y a lo desconocido, de la sensación constante de querer que nada malo pase y la lucha interna que ello conlleva… unos dibujos animados que retratan conceptos íntimamente relacionados con la ansiedad y, yendo más allá, con la agorafobia.

Pese a que el protagonista sea Nemo, el personaje que mejor encarna la realidad que una persona con agorafobia vive en su interior día a día es Marlin, su padre, un pez payaso ilusionado que cambia radicalmente de forma de ver las cosas cuando una barracuda mata a su pareja y a los hijos que estaban esperando, a todos menos a uno: Nemo. Desde entonces Marlin se hace la firme promesa de que impedirá que algo malo pueda sucederle a su hijo. La experiencia de pérdida genera en él una gran sensación de inseguridad, de presencia de peligro constante y de la necesidad de buscar un lugar seguro donde poder hacer vida tranquila. Establece un límite para él y su hijo: ir más allá del arrecife es peligroso.

¿Qué hay más allá? no lo saben, pero Marlin tampoco tiene intención de descubrirlo, simplemente da por hecho el peligro y lo evita, como medida de protección.

A lo largo de la película se presenta como un personaje en el que el nivel de alarma le confiere mal humor, es impaciente, y de alguna manera siente que su papel es el de prevenir a su hijo de los peligros del mar; más si cabe teniendo en cuenta que tiene una aleta más pequeña de lo normal, lo que a sus ojos le hace más vulnerable… Nemo es diferente. Marlin se cierra a la experiencia y sin darse cuenta también se la cierra a su hijo: le da miedo que Nemo empiece el colegio o ante las ganas de experimentar de éste reacciona con comentarios como “tú no puedes”, producto del miedo, intentando evitar toda sensación de peligro. (Quizás ¿identificamos esa vocecilla dentro de nuestra mente que nos dice que no podemos hacer esto o lo otro?… Ese es Marlin).

Todo se complicará para él cuando Nemo, en su primer día de colegio y acompañando a sus nuevos amigos, en un acto de rebeldía y tentando al miedo, decide sobrepasar el borde de la zona segura, con la casualidad de que un buceador que pasaba por allí lo captura y se lo lleva en una lancha. Marlin se reafirma en la sensación de catástrofe cuando uno se arriesga, pero su gran motivación, el amor que siente por su hijo, es lo que le conduce a atravesar el océano y pasar por diversas complicaciones, saliendo de su zona de confort.

En su tremenda aventura por el océano conoce a Dori, una pececita con problemas de memoria a corto plazo, alegre, sociable, impulsiva y abierta a la experiencia. Dori no baraja posibles consecuencias, simplemente “hace”. Este nuevo personaje, antagónico a nuestro padre en apuros, le acompañará ante todas las dificultades que les van surgiendo durante la búsqueda.

Marlin, desconfiado ante lo que proponen los demás, de alguna manera siente que nadie está viendo las cosas como él las ve, más conscientemente, así que se muestra incrédulo ante las opciones “alocadas” que le propone Dori, más enfocadas a probar “a ver qué pasa”. Quizás este padre encarne esa parte “hiper-reflexiva” nuestra en la que sólo cabe nuestra forma de ver las cosas, bajo un cristal de excesiva prudencia en el que actuaremos si, y sólo si, todo parece ir bien.

Nemo por su parte experimenta una transformación a lo largo de la película: un joven pez payaso que se muestra curioso por su entorno, pero a la par con mucho recelo de querer conocerlo a fondo. Inicialmente se siente incapaz de hacer o conocer cosas nuevas por lo que siempre le han dicho y porque tiene muy presente que su “aleta feliz” es pequeña y débil. Frente a esas sensaciones lucha con rebeldía y oposición a la opinión de su padre, pero pese a ello, es un joven que duda mucho de su capacidad. Su captura le llevará a una pecera donde conocerá a otros animales acuáticos, entre ellos el veterano Gill que se erige como el líder. Gill tiene un carácter áspero, solitario, y planificado, mostrando una relación paternal con Nemo; le enseña a que la meta ha de ser la superación de uno mismo, que no tiene porqué depender de nadie para afrontar situaciones complicadas, animándole y demostrándole a través de retos que él tiene los recursos suficientes como para salir adelante. Y así es, gracias a Gill y al apoyo del resto del grupo Nemo comprenderá que puede hacer cosas que le resultan difíciles, a veces tras varios intentos. De nuevo la motivación, volver a reunirse con su padre, será la clave de su esfuerzo y a través del desarrollo de su tenacidad y paciencia descubrirá que ÉL PUEDE.

Padre e hijo son retazos de nosotros mismos, pensamientos en conflicto por la invalidez, la frustración, la culpa, y el miedo a experimentar desde ahí. Así como Dori y Gill son esas otras perspectivas, tan distintas, que nos pueden enseñar y guiar a descubrir-nos un mundo nuevo, alimentadores de nuestro potencial dormido, maestros de experiencias… que, aunque a veces nos parezcan muy escondidos, también habitan en nuestro interior. Podemos abordar lo desconocido a pesar de sentir miedo, y, gracias a esto, continuar aprendiendo, seguir avanzando.

Nos despedimos de este recorrido con una escena de las más representativas en esa lucha por la libertad y la capacidad. Marlin y Dori se encuentran atrapados dentro de una ballena y Marlin siente que ya no puede luchar más, se siente atrapado y sin fuerzas con las que salir; con amargura reconoce que prometió a su hijo protegerle, a lo que Dori le contesta “no puedes impedir que le pasen cosas, sino NUNCA LE PASARÍA NADA… se aburriría como una ostra”. Seguidamente a Dori, que se siente capaz de comunicarse con la ballena, ve como una solución lanzarse al interior de su enorme boca “Todo va a salir bien” le afirma, “¿cómo lo sabes? –le responde Marlin angustiado-, cómo sabes que no va a pasar algo malo?… No lo sé” dijo Dori mientras se lanzaba al vacío.

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