El mostrarnos interesados por nuestra salud y preocuparnos si nos encontramos a falta de ésta, desarrollando ciertos hábitos y suprimiendo otros, es una práctica que resulta beneficiosa para todo organismo; pero ¿qué sucede cuando estas preocupaciones se vuelven aspectos centrales de nuestra vida? ¿los hábitos que desarrollamos resultan tan saludables? Seguramente que todos o casi todos hemos escuchado alguna vez la palabra hipocondría ya que es uno de los términos médicos que se han ido extendiendo al uso coloquial, sin embargo ¿conocemos las implicaciones que ello conlleva? ¿hasta qué punto la creencia de la presencia de signos de enfermedad puede condicionar las emociones y la vida de una persona?

En primer lugar resultaría interesante aclarar ciertos términos que implican la relación mente-cuerpo que quizás nos puedan parecer similares o que, aún creyendo que son diferentes, no conocemos las distinciones que les definen:

a) La palabra psicosomático hace referencia a un proceso psicofisiológico (proveniente de la relación mente-cuerpo) en el que una enfermedad física hallada por procedimientos médicos, puede estar influida, mantenida o incluso agravada, por factores psicológicos; como puede ser el caso de una úlcera péptica, asma bronquial o colon irritable -aunque no necesariamente se tiene porqué dar un proceso psicosomático en este tipo de dolencias, en muchos casos es así-.

b) Sin embargo cuando hablamos de somatización estamos refiriéndonos a una queja física que ocasiona malestar en la persona que lo padece, en ausencia de causas orgánicas que la expliquen; es decir, la persona se queja de determinadas dolencias, que son reales, pero para las cuales no hay hallazgos biológicos que puedan aportar un diagnóstico médico, por lo que se prejuzga la participación de factores psíquicos.

c) En el caso de la hipocondría no existen síntomas físicos o si los hay son leves, más bien la cuestión se centra en las preocupaciones y miedos que desarrolla la persona por padecer una enfermedad grave a partir de la interpretación personal de alguna sensación corporal u otro signo que aparezca en el cuerpo.

Dicho esto, hoy queremos explicaros en qué consiste el trastorno hipocondríaco en el que, como empezamos a observar, el eje central no es la enfermedad sino un miedo desorbitado a poder desarrollarla. Si nos vamos uno de los manuales de referencia de los trastornos de la salud mental, el DMS-V, cuya última actualización fue en el 2014, el trastorno hipocondríaco reflejado en anteriores ediciones pasa a llamarse trastorno de ansiedad por enfermedad. Y es que lo que caracteriza principalmente a esta problemática no es el estado de salud física de la persona, sino la ansiedad que desarrolla por el temor a la ausencia de la misma.

A menudo cuando existe una señal o síntoma en nuestro cuerpo, se trata de una sensación fisiológica normal, una disfunción benigna o un malestar corporal que no se considera generalmente indicativo de enfermedad (como por ejemplo pueden ser los eructos o el flato); sin embargo las personas hipocondríacas tienden a interpretar este tipo de signos físicos, como la aparición o crecimiento de lunares, toses, aceleración del ritmo cardíaco, pequeñas heridas o movimientos musculares involuntarios, como principios de lo que puede ser una enfermedad grave. Estas explicaciones que se da a sí misma la persona son tomadas como verdaderas, por lo que se genera sentimientos intensos de angustia que pueden llegar a interferir en su funcionamiento vital.

¿Qué hace la diferencia entre preocuparnos de forma razonable por nuestra salud y la hipocondría? Lo primero y más importante son las diferencias en cuanto a pensamiento o formas de plantearnos un posible problema de salud. En el trastorno de ansiedad por enfermedad las personas:

  • Se preocupan tanto por la importancia de la consecución de salud que, paradójicamente, el concepto de salud desaparece para centrarse de forma excesiva, llegando a límites obsesivos, por el propio cuerpo y por la idea de padecer diferentes enfermedades.
  • Invierten mucho tiempo a lo largo del día pensando acerca de síntomas, salud y enfermedad y sus consecuencias, casi de forma circular o imaginando una y otra vez el mismo final catastrófico.
  • Cuando aparece una afección médica diagnosticable (que no tiene porqué ser la que imagina el individuo) o existen riesgos de padecerla por antecedentes familiares, la ansiedad y preocupaciones que la persona muestra son claramente excesivas y desproporcionadas a la gravedad de la enfermedad.
  • Incluso se alarman fácilmente con noticias o anécdotas ajenas a ellas relacionadas con la enfermedad.
  • Como están extremadamente pendientes de signos de enfermedad, su vida gira en torno a ello, poniendo más atención a las posibles consecuencias negativas y desestimando la importancia de los aspectos más saludables de sí mismos y de su vida.
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En cuanto a comportamientos que la persona desarrolla en pro a paliar esta ansiedad que le provoca la idea de enfermar, pero que a su vez ayudan a mantener este trastorno, y las posibles consecuencias que éstos pueden llegar a desarrollarse son:

  • Observan y chequean su cuerpo numerosas y repetidas veces y, si descubren algo que valoran como extraño, su tendencia será valorarlo como una señal catastrófica.
  • Investigan en exceso sobre la posible enfermedad a través de diferentes fuentes: numerosas consultas a través de internet, repetidas visitas a los centros de salud y hospitales, etc. buscando una respuesta que confirme sus sospechas. La mayoría de las personas que se decide a acudir a las consultas médicas, recibe una amplia pero insatisfactoria atención, dado que si los profesionales no encuentran un diagnóstico que certifique problemas de salud, no suelen quedarse conformes y acuden a otros médicos; aspecto que deteriora su relación con ellos, y aumenta su propia frustración y la focalización de la atención hacia la enfermedad, lo que eleva su ansiedad por la misma.
  • La enfermedad se convierte en un tema frecuente en el discurso social y en una respuesta característica ante los eventos estresantes de la vida de la persona.
  • Con el paso del tiempo la persona llega a creerse y adquirir el rol de enfermo, por lo que las personas de su entorno más cercano suelen brindarles atención continuada e incluso desarrollar hábitos sobreprotectores con tal de que se sientan mejor; a su vez los hipocondríacos se tornan dependientes, situación que mantenida puede dar lugar a tensiones y conflictos en sus relaciones.

Todos estos pensamientos y hábitos hacen que las personas pasen por diversos estados emocionales entre los que se incluyen sentimientos de frustración, intenso miedo, indefensión, desconfianza, resignación, tristeza, culpa… pudiendo hacer pasar a la persona por otros procesos de larga duración como depresión o ansiedad, cursando de forma paralela con las preocupaciones hipocondríacas. La atención continuada y exhaustiva de las propias sensaciones negativas llega a hacer que la persona abandone el interés que le supone lo que vive y que disminuya o cese su actividad, por lo que puede resultar un problema que anule la identidad del individuo en un momento dado.

Para abordar esta problemática lo primero y esencial es que la persona no trate de auto-diagnosticarse, acudiendo a profesionales de la salud que puedan resolver sus dudas desde su experiencia y conocimientos especializados. El tratamiento de la hipocondría o ansiedad por enfermedad es eminentemente psicológico, aunque en los casos en los que se ve acompañado de problemas severos de ansiedad o depresión resulta interesante barajar la idea de combinarlo con medicación prescrita por un psiquiatra. En las consultas psicoterapéuticas se hace uso de la exposición a los síntomas de enfermedad que identifica la persona, con el fin de observarlos y vivenciarlos sin intentar controlarlos o enjuiciarlos de forma negativa, reaprendiendo a interpretarlos. Se trata de identificar y conocer nuestras emociones, aprender a aceptar las sensaciones que interpretamos como amenazantes (puesto que éstas no tienen porqué serlo), desarrollar nuestras propias herramientas para gestionar los temores que parecen surgir de forma automática, cuestionar las interpretaciones y comprobar como los síntomas no nos llevan necesariamente a una situación sin salida.

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