Jamás intimé con nadie sin que apareciera la palabra muerte, jamás una profundización vital dejó de lado a esta palabra. Nunca conocí a nadie que no hubiese dedicado horas de su vida a pensar en ella, nunca una indiferencia hacia ella me supo a verdad. Y en ocasiones escuché: “tengo miedo a morirme”.

El miedo a la muerte

Desde que el ser humano empieza a tener conciencia de su existencia, la palabra muerte le acompaña. Uno debe cuidarse, protegerse, valorar lo que tiene, cuidar a los demás, disfrutar de la vida o incluso rezar. Supongo que unos cuantos propósitos tienen que ver con estos verbos, aunque quizá uno de los más inculcados es salvarnos del final de nuestros días. Incluso escribirlo ha llegado a tener un carácter tétrico, el final de nuestros días, de nuestra existencia, un último aliento cargado de excentricidad, dudas sin resolver y un profundo miedo a lo desconocido. La muerte nos da tanto miedo que a veces no nos atrevemos ni a pronunciar su nombre.

Por eso no es raro, inusual o incoherente que a ti también te lo dé. Al fin y al cabo hablamos del desconocimiento más profundo, miles de años de historia, escritos, experiencias cercanas y seguimos en las mismas tesituras: no sabemos nada. Teniendo en cuenta que contamos con un cerebro obsesionado con la búsqueda de certezas ¿Cómo no va a quedarse estancado o asustado cuando no hay respuestas…? No sabemos qué sentiremos y sobre todo, no sabemos cuándo lo sentiremos.

Nos exponemos diariamente a una existencia finita, sin saber cuándo será ese fin. Y aquí supongo aparece una palabra muy ligada a este temor: incertidumbre. Pelea perdida continua, incapacidad para aceptar que hay cosas para las que no tenemos respuesta, imposibilidad para la obtención de certezas y dificultad para aceptar la falta de respuestas. No somos tan extraños. Miles de años de historia lo corroboran, el ser humano lleva persiguiendo a la muerte desde que tiene conciencia de su existencia. Si alguien quiere saber la historia de la muerte en el ser humano, solo a de ojear un rato internet y leer cómo nos hemos desenvuelto con ella durante tantos años. Nuestra historia, es también la historia de nuestra lucha con la muerte. Al ser humano le cuesta aceptar su condición y ha detestado la finitud mucho antes de lo que imaginamos.

Para muchos la espiritualidad arropa, otros en cambio detestan los pensamientos de trascendencia refugiándose en una pasión vital, pero nadie pasa inmune, para todos de alguno u otro modo está presente.

Por eso mismo, la idea de apostar por conseguir la indiferencia hacia ella no sea del todo sensata, tal vez tener miedo a morirse no constituya un problema en sí. Supongo que lo importante no es tener o no tener miedo a determinadas y varias cuestiones, sino hasta qué punto nuestra vida gira en torno a ese temor. Tener miedo a la muerte es normal, protegernos de ella también, pero hipotecar nuestra experiencia vital quizá sea un precio demasiado alto a pagar, por un final inamovible.

La incertidumbre nos atormenta, la búsqueda de la seguridad más absoluta puede acabar siendo prácticamente una religión. Tan ilustrativo como un agorafóbico buscando obsesivamente la seguridad, la búsqueda de un cuerpo asintomático, un fóbico social buscando la constante aprobación o una persona con amaxofobia buscando garantías de no tener un accidente automovilístico . No. Las personas no se “curan” a base de certezas, las personas se salvan cuando son capaces de aceptar, que nunca tendrán la seguridad de un cuerpo asintomático, que nadie les salvará de la crítica y que la posibilidad de tener un accidente es existente. Supongo que con la muerte pasa algo así, uno no deja de sufrir porque alguien le garantice la existencia eterna, sino cuando es capaz de aceptar, que no tenemos respuestas para todo y que el no saber, es también parte de nuestra existencia.

¡Bienvenidos a un mundo sin certezas!

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