A mí la vida siempre me ha resultado difícil. No porque mi familia se haya portado mal conmigo o porque haya pasado por muchas penurias. Por suerte, mi madre intentaba mantenerme al margen de los problemas familiares y he tenido ropa, comida y una educación. Digo que ha sido difícil porque yo me sentía especial, diferente. Cuando era niña, me resultaba complicado entender el sentido del humor o la forma de actuar del resto… No era capaz de reírme de algo a carcajadas sin sentir un nudo en el estómago. Me cohibía. A veces me salía una risa tonta por cosas que a los demás parecía no hacerles gracia y entonces me sentía avergonzada. Me gustaba leer y un tipo de música que no era habitual para el resto de niños. Algunos eran, para mi forma de ver, hostiles y maleducados. Otros, simplemente, me incomodaban porque yo era muy, muy vergonzosa. Me tomaba todo muy a pecho y no era capaz de encajar una crítica constructiva, una broma o, simplemente, el darme cuenta de que yo estaba haciendo algo de una forma que no era adecuada. Era muy sensible a la opinión de los demás. Y lo sigo siendo, aunque ahora puedo relativizar las cosas, tengo más sentido del humor y he aprendido a valorarme. Ahora ya sé que nada es perfecto, ni yo misma, y que es imposible caerle bien a todo el mundo, porque todos somos diferentes.

Conforme fui creciendo, me fui aislando de las personas. Por un lado, me di cuenta de que necesitaba a mis amigos para airearme de la situación familiar, pero por otro lado, mi familia era mi lugar seguro. Digamos que, de alguna manera, mi lugar seguro me estaba intoxicando. Mi hermano tenía problemas y yo, que era muy sensible, sentía que tenía que ser fuerte, no podía expresar mis sentimientos y me sentía en un segundo plano. En definitiva, mi sensación era la de que yo tenía que cuidar de ellos.

Cuando empecé a salir, conocí a varias personas y, en concreto, la que fue mi pareja durante 10 años, apareció en esta época. Me gustaba de él que parecía una persona independiente, pero cariñosa a la vez. Su familia era encantadora y todos sabían reírse de sí mismos y transmitían una alegría que me embriagaba. Allí aprendí a relajarme, a mostrarme tal cuál soy, pero también aprendí qué era aquello que me había hecho daño de mi infancia. Mi padre era una persona perfeccionista que hacía que me sintiese juzgada. Sentía que, para él, lo que yo hiciera nunca iba a ser suficiente. Nunca llegaría a ser como él esperaba que fuera. Hablo, principalmente de los estudios. Creo que era una persona frustrada por tener grandes capacidades, que no ha podido poner en práctica como a él le hubiera gustado. Hoy en día, ha sabido reconocer sus puntos débiles y, como nos pasa a todos, ha aprendido a corregir aquéllas cosas que le alejan de las personas y que no le hacen feliz. También a aceptar la vida como viene. Yo también he aprendido a no tener tanto en cuenta sus comentarios y a ser más yo. Intento no empaparme tanto de todo lo que hacen o dicen los demás. En definitiva, he aprendido a ser yo misma. He encontrado a ese “yo”, que siempre ha estado ahí, pero que era demasiado sensible y empático como para tomar su lugar.
Por otro lado, mi madre tuvo muchos problemas en su familia. Con una madre absorbente y un padre con una enfermedad mental; problemas económicos y mucha inseguridad. Supongo que, todo esto, no nos define, pero nos moldea. Es curioso cómo dependemos de la opinión de los demás, sobre todo en nuestra infancia, y cómo dejamos de creer que somos capaces de hacer o vivir aquello que deseamos, sólo por el hecho de que otros nos lo han repetido hasta la saciedad.

No les tengo rencor a ninguno de ellos, pues sé que han vivido y me han educado como han podido, como han sabido y de acuerdo a sus experiencias y posibilidades. Les agradezco enormemente que hayan estado ahí y que hayan luchado, sufrido y reído por mí.

En resumen, yo miedosa y sensible. La vida, dura con matices. Me refugié en esa persona independiente pero cariñosa, que también era un poco egoísta, aunque le quiero como si fuera mi hermano, porque ha sido mi familia, mi nido y mi lugar seguro durante 10 años. 10 años en los que yo huí, ahora lo sé, de mi familia y de mí misma. Y en el momento en que mi amor por él se empezó a tambalear…no pude imaginar un futuro con él, pero tampoco sin él.

De pronto, empecé a sentir angustia, mi falsa seguridad, construida sobre unos cimientos temporales comenzaba a hacer aguas. Jamás había pensado en el futuro. Me había dejado llevar y nunca había hecho planes a largo plazo. Sólo quería seguir como hasta entonces, pero eso ya no era posible. Entonces, un buen día, comencé a sentir la necesidad de salir corriendo. No podía estar quieta en un lugar. No podía conducir, ni pararme en un semáforo en rojo. Me asustaban los ruidos fuertes y me angustiaban ciertas situaciones que jamás me habían dado miedo. Yo me sabía miedosa, pero siempre me había creído fuerte. Entonces, descubrí que tenía mis limitaciones. No podía más. Mi vida, tal y como la conocía, había acabado. No siempre había sido capaz de superar ciertos miedos enfrentándome a ellos, como se suponía que era la manera de superarlos. Pero, el día en que sentí a mi cuerpo temblar por esa sensación de estar “en medio de la nada, algo empezó.

Ocurrió un día en que fuimos a un taller localizado en un centro comercial a las afueras de la ciudad y decidí que al día siguiente volvería, yo sola para enfrentarme a esa sensación (mi pareja no podía por temas de trabajo), tal y como me había pedido el mecánico, para cambiarle las ruedas al coche. Así que llegué un viernes a las 15:30h después de un duro día de trabajo, caluroso, en medio del mes de junio y dejé mi coche y, lo que yo sentí como mi corazón, mis costillas y mi pecho entero, en ese taller. Fui a comer un bocado y fui incapaz de estar tranquila. Empecé a temblar, mis manos no eran mis manos, el suelo parecían resbalar bajo mis pies. Me faltaban las fuerzas. Daba la impresión de que algo horrible estaba a punto de ocurrir. Sentía que tenía que echar a correr y, mi salvación, mi coche, estaba inutilizado, elevado en una plataforma, sin ruedas y yo, sin una referencia. Sin un lugar al que mirar. Lejos, a dos kilómetros, de la ciudad, en mitad de un paraje hostil y abandonado. Parecía que no hubiera nadie más allí conmigo. El mecánico, me miraba mal, las personas andaban ausentes, corriendo tras sus carritos de la compra, ignorándome. De repente todo se alejaba. Busqué en mi bolso y encontré un Valium, posiblemente caducado, recetado años antes por ansiedad, por el trago de sentir que no era capaz de integrarme en una nueva vida en una nueva ciudad. Todo se venía abajo.

Y así empezó mi dura lucha contra mí misma. Me sentía enferma. No era yo dentro de mi cuerpo, no podía controlar mis temblores ni mis pensamientos. Sentía escocer mis brazos y mi espalda, sólo tenía ganas de dormir y no me atrevía siquiera a estar en casa sola, porque mi cuerpo se descontrolaba y sentía un pánico terrible. Fui al médico y me recetó antidepresivos y ansiolíticos. Los primeros los tomé durante dos años y los segundos durante una semana, pues no quería engancharme ni pensar que yo sola no era capaz, pero ya era tarde. Fui a trabajar, no quise coger la baja. Pensé que quedarme sola en casa días y días iba a ser contraproducente. Yo solo quería hacer mi vida, como siempre. A mis padres no se lo conté claramente, pues pensé en que les haría daño. Bastante estaban pasando ellos con mi hermano. Estuve varios años con una sensación continua de tensión en mi cuerpo. Fui a bailar, practiqué yoga, intenté hacer meditación, veía vídeos de youtube. Me matriculé en psicología y me compré una elíptica, pues necesitaba moverme pero no me atrevía a salir sola de casa y, a ciertos lugares, ni aún acompañada. Me parecía el colmo que, algo que siempre me había ayudado a relajarme, pasear sola a mi aire, ir por la ciudad o por el campo o, incluso conducir imbuida en mis pensamientos, ahora eran fantasmas que me atormentaban. Si tienes una depresión, te aconsejan salir a caminar por la naturaleza, pero, ¿y yo? ¿Qué podía hacer, entonces?

En cuanto a las amistades, tuve suerte, muchas de ellas me entendieron, o por lo menos, lo intentaron. Yo les explicaba. No quería darles pena, pero tenían que entender por qué yo parecía actuar como una loca o una niña caprichosa o maniática. Me alejé de algunos por el simple hecho de que no se sintieran obligados a llevar mi ritmo. Los que no estuvieron ahí, simplemente ya no están. El tiempo y la vida nos ponen a todos en nuestro sitio.

A veces, siento que todo esto, ha tenido un porqué. Tenía que pasar y, aunque, aún no estoy del todo recuperada, me estoy reconstruyendo, me estoy conociendo. Estoy atreviéndome a hacer cosas que siempre soñé pero jamás pensé que haría. He escrito un libro, doy clases de tango. Conozco a unas personas maravillosas, y, los que no lo son, simplemente salen de mi vida como si una volada de aire se los llevara. Yo no los quiero, y ellos a mí, tampoco. No les dedico tiempo ni esfuerzo en mis pensamientos, y soy más feliz. Y para colmo, mi actual pareja ha sido mi mano amiga, mi mejor andamio en este tortuoso camino. Una bellísima persona, que también ha tenido una vida complicada, mucho más que la mía, y también ese está reconstruyendo. Ahora, lo que yo quiero es salir, vivir, probar, avanzar, amar…

 

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