70 metros no parece mucha distancia, no tardan mucho en recorrerse. Pero si uno coge un arco y una flecha y trata de acertar a una diana que está situada a 70 metros comprobará que es enormemente complicado. Son tres cuartas partes de un estadio de fútbol.

El surcoreano Im Dong-Hyung batió el récord del mundo de tiro con arco durante los pasados juegos de Londres celebrados en 2012. Lo excepcional de esta situación es que a Dong-Hyung no le está permitido conducir, tampoco puede leer, ni manejarse bien con un ordenador. Lo excepcional a esta situación no es que el arquero sea analfabeto cómo podríamos inferir, sino que es ciego.

Al final en las Olimpiadas, después de batir el récord tuvo que conformarse con el bronce, y es que nuestro arquero no quiere ganar en los Juegos Paralímpicos. Así que quizás consiga en este Brasil 2016 su sueño. Quizá escuchemos su nombre y volvamos a releer esta historia.

Olympics Opening Day - Archery
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Para tratar de entender a un arquero podríamos servirnos de otro. El filósofo Eugen Herriel dejó escrito un magnífico tratado durante su estancia en Japón donde quedó prendado por esta disciplina. Se titula “El zen en el arte del tiro con arco”, y narra su experiencia sobre las enseñanzas recibidas por uno de los maestros más notables y reconocidos en esta fascinante mezcla de arte y disciplina: Anwa Kenzo.

Y así hablaba su maestro:

(..) el tiro de arco no se realiza tan solo para acertar el blanco; la espada no se blande para derrotar al adversario; el danzarín no baila únicamente con el fin de ejecutar movimientos rítmicos. Ante todo, se trata de armonizar lo consciente con lo inconsciente.

(…) En el fondo, el tirador apunta a sí mismo y tal vez logre acertar en sí mismo.

Así vemos que el objetivo para este maestro no es tanto dar en el blanco como adiestrar la mente.

La mayoría de los pacientes cuando vienen quieren aprender a combatir su ansiedad, quieren ser mejores espadachines o mejores tiradores, quieren encontrar la inspiración para vencer a su adversario, la técnica…

Sin embargo, y parafraseando al filósofo Alan Watts, la verdadera disciplina del Zen comienza sólo en el punto en que el individuo ha dejado completamente de intentar mejorarse a sí mismo. (…) La razón es que el intento de mejorar o de actuar sobre uno mismo es una forma de encerrar la acción en un círculo vicioso, es como tratar de morderse los propios dientes.

Ponemos el énfasis de nuestros problemas en el trastorno de ansiedad, pero en realidad este no es más que una manifestación de nuestra lucha interna, de nuestras decisiones, de nuestros anhelos y actos.

Ignoramos, no somos conscientes, que hace tiempo que hemos tomado una serie de determinaciones que han cambiado nuestros objetivos vitales, como por ejemplo hemos tomado como referente nuestro miedo, y no nuestro deseo. Hemos decidido encomendar nuestra vida a la búsqueda de una seguridad que no existe. Y claro que es inútil decir que no deberíamos querer la seguridad. Hemos de descubrir que no existe la seguridad, que buscarla es doloroso y que cuando imaginamos haberla encontrado, no nos gusta. Lo principal es comprender que no hay ninguna seguridad.

Ninguna flecha que acierte en el blanco va a darnos eso.

El arquero ciego de nuestra historia tiene un 20 por ciento de visión en un ojo y un diez por ciento en el otro. El no puede permitirse el lujo de buscar referencias, el sólo tiene que apuntar a sí mismo, no a la diana.

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