¿Pero que es el Trastorno Limite de Personalidad?

Un Trastorno de la Personalidad es un patrón permanente, persistente, desadaptativo e inflexible de experiencia interna y de comportamiento que se da en áreas estructurales como la afectividad, las relaciones interpersonales, la cognición y el control de los impulsos. Tiene su inicio en la adolescencia o principio de la edad adulta, es estable a lo largo del tiempo y comporta malestar o perjuicios para la persona que lo padece. Un trastorno de la personalidad interfiere significativamente en la vida social, familiar, de pareja, laboral y en otras áreas vitales importantes. Sin embargo, a pesar de los problemas vitales que acarrea (y a diferencia de lo que ocurre con la personalidad no patológica) el individuo no puede modificar esta forma de comportarse, sentir y relacionarse.

El Trastorno Límite de Personalidad (TLP) es un síndrome complejo y heterogéneo que nació de la necesidad de categorizar un grupo de pacientes con inestabilidad emocional y dificultades en el control de impulsos, inclasificables dentro de los síndromes que ya estaban identificados. El término “límite” o “borderline” responde a las dificultades encontradas en el siglo pasado en un grupo de pacientes que no encajaban en ninguno de los dos polos de enfermedad psicológica conocidos hasta entonces (neurosis-psicosis). Estos pacientes parecían moverse entre características de funcionamiento normal y de funcionamiento patológico, situándose al límite de la ambas variables. No fue reconocido formalmente como un diagnóstico hasta 1980, cuando aparece en la tercera edición del Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM-III).

En la actualidad esta denominación se concibe como un nivel avanzado y potencialmente grave de funcionamiento desadaptativo de la personalidad que, si bien se puede estabilizar considerablemente, persiste en el tiempo causando verdaderas limitaciones en la calidad de vida.

En general, se estima una prevalencia del TLP de entre el 2 y el 4% de la población, siendo más frecuente en el sexo femenino, aunque esto podría deberse a que las mujeres buscan tratamiento con más frecuencia que los hombres y, además, a un sesgo debido a factores culturales (la expresión de emociones está “mejor vista” en las mujeres, por lo que los hombres tienden a disimular el sufrimiento y a afrontarlo de manera diferente a las mujeres).

El desarrollo del TLP ha sido atribuido a la coincidencia de numerosos factores de riesgo. El modelo biopsicosocial (Paris, 1996) sostiene que en su etiopatogénesis intervienen tres factores principales:

  • Factores biológicos: ligados al aspecto hereditario del temperamento o disfunciones neuropsicológicas específicas.
  • Factores psicológicos: relacionados con experiencias traumáticas y/o estilos desadaptativos de cuidado y comunicación en el seno de la familia.
  • Factores sociales: como la disgregación de los valores tradicionales, típica de las sociedades occidentales contemporáneas.

El TLP está situado, en el DSM-V-TR, dentro del grupo B de Trastornos de Personalidad, definido como un patrón general de inestabilidad en las relaciones interpersonales, la auto-imagen y la afectividad, y una notable impulsividad que comienza al principio de la edad adulta (adolescencia) y se da en diversos contextos.

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A pesar de las variadas formas que puede adoptar esta personalidad, las personas que padecen este trastorno suelen presentar características estructurales comunes, estables y duraderas entre las que figuran:

1. Esfuerzos para evitar un abandono real o imaginario
Lo pasan mal cuando están solas, incluso por periodos muy cortos de tiempo; o pueden sentirse solas incluso cuando están rodeadas de gente. Sentirse rechazadas o ignoradas, aún sin pruebas de que esto sea cierto, puede desencadenar reacciones emocionales muy intensas en ellas; manifestadas normalmente en forma de amenazas, ruegos, conductas compensatorias y evasivas (beber, tomar drogas o automedicarse para “no pensar”), impulsivas y autodestructivas. Su incapacidad para desarrollar un sentido interno consistente y permanente de los demás les lleva a sentirse indefensas y dependientes. Esta dependencia puede expresarse con conductas “pegajosas” o de maneras más indirectas como las anteriormente descritas.

2. Serias dificultades en las relaciones interpersonales
Las personas con TLP pueden idealizar a quienes se ocupan de ellas o a quien acaban de conocer (especialmente cuando se sienten apreciadas, escuchadas y/o valoradas), pero después suelen pasar rápida y fácilmente a la decepción y la devaluación, pensando que no se les presta suficiente atención, que no se les quiere o que se les rechaza. Cualquier pequeño detalle puede desencadenar una sensación de traición y profundo dolor debido a la baja tolerancia a la frustración y una gran dificultad para canalizarla de forma adecuada.

Sin embargo no siempre son conscientes de esta “falta de conexión” entre lo que sienten y necesitan y lo que hacen o dicen. Por este motivo su manera de interactuar causa un gran desconcierto en los demás y les lleva a mantener relaciones muy variables y habitualmente conflictivas.

3. Falta de identidad clara
La Identidad está conformada por un conjunto de características que nos permiten tener un sentido de quiénes somos, qué queremos y hacia dónde vamos. Una identidad sana incluiría la capacidad de elegir un camino apropiado a nivel ocupacional, de alcanzar intimidad con otros y de encontrar un lugar en el seno de la sociedad.

Es frecuente que las personas con TLP refieran no saber cómo son, qué les gusta ni lo que quieren hacer. Algunas se “aburren” con facilidad y siempre están buscando algo que hacer. Otras describen una sensación de vacío que sienten que no pueden llenar con nada; lo que, con frecuencia, les lleva a embarcarse en múltiples proyectos y objetivos difíciles de alcanzar, encontrando serias dificultades a la hora de priorizar y organizarse.

4. Conductas impulsivas
Las personas con TLP se suelen describir como “impulsivas” aunque es poco habitual que piensen sobre los motivos por los que se comportan o reaccionan de esta manera. Frecuentemente creen no tener ningún control sobre su comportamiento. Sin embargo, gran parte de las reacciones impulsivas se pueden sustituir por otras reacciones más adaptativas con ejercicios de psicoeducación y reflexión.

Los ejemplos de conductas impulsivas más frecuentes son la tendencia a derrochar dinero, incluso más del que se puede permitir, abuso de sustancias (con el fin de “desconectar” y “no pensar”), conducción temeraria (habitualmente con el fin de regular un estado emocional difícil de tolerar), atracones de comida (por ansiedad, como medida compensatoria, como manera de regular las emociones) y una conducta sexual promiscua (motivada por la necesidad de “conectar” con alguien).

Muchos autores también asocian la impulsividad a los intentos de suicidio y a los suicidios consumados.

En el caso de esta característica encontraríamos, además de la baja tolerancia a la frustración, una dificultad para regular las emociones, aprender de la experiencia y reflexionar sobre las posibles consecuencias de las decisiones y el comportamiento.

5. Amenazas suicidas recurrentes y comportamientos de automutilación
Estas conductas (cortes, quemaduras, amenazas suicidas e incluso intentos de suicidio) suelen ser interpretadas como chantajes y manipulaciones cuando en realidad, en la mayor parte de los casos, son la única manera (y en ese sentido, la única percibida como “efectiva”) que ha encontrado la persona para hacer frente a emociones difíciles de tolerar y para poder calmarse.

Detrás de muchos intentos de suicidio hay una persona que lo único que quiere es dejar de sufrir y que desearía aprender a vivir de otra manera.

Una persona que teme ser abandonada puede “aprender” a relacionarse a través de amenazas e incluso pensar que el suicidio es la única salida a su situación (especialmente cuando piensa que todos se acaban cansando de ella y esto se confirma con un nuevo abandono).

6. Inestabilidad afectiva y numerosos cambios de estado de ánimo
La desilusión anteriormente mencionada, relacionada con la tristeza, a menudo se convierte en ira, que puede ser dirigida hacia otros, en forma de ataques verbales o físicos, o dirigida hacia uno mismo en intentos de suicidio o conductas autolesivas. El enfado interfiere con la lógica pero es más llevadero que el miedo; les hace sentir menos vulnerables.

Los arranques de ira pueden ser aterradores, dando la impresión de estar totalmente fuera de control. En realidad, en ese momento, la persona no puede evitar actuar así, aunque en muchas ocasiones sea consciente de que lo que está haciendo apartará aún más a las personas de su lado. A veces, incluso, se da cuenta de lo que está haciendo y esto le frustra mucho más ya que conecta con el remordimiento y la culpabilidad, lo que contribuye a su sentimiento de ser “mala” o “egoísta”.

7. Sentimientos crónicos de vacío

Como ya hemos comentado, estas personas suelen realizar actividades o comportamientos de riesgo, ya que las emociones más intensas pueden hacerles sentir vivas. Esa búsqueda, muchas veces desesperada, es una manera de dar sentido a su vida y una forma de intentar llenar un vacío que frecuentemente describen como “brutal” e “imposible de llenar”.

Además, al necesitar a otros para sentirse “más llenas” o “menos vacías”, se sitúan en una postura muy vulnerable, ya que dependen de factores externos para sentirse mejor. Esto explicaría las desproporcionadas reacciones cuando temen ser abandonadas y la necesidad de idealizar características en los demás que tratan de absorber como propias.

8. Ideación paranoide transitoria relacionada con el estrés o síntomas disociativos graves

Cuando una persona con TLP se encuentra muy activada a nivel emocional, debido a su dificultad para regular dicha activación y su hipersensibilidad a los estímulos percibidos, suele sentir una elevada suspicacia y pensar que los demás quieren hacerle daño.

Los síntomas disociativos graves (fenómenos postraumáticos relacionados con alteraciones de las funciones de la conciencia, memoria, identidad y percepciones del entorno) suelen estar relacionados con experiencias tempranas y es frecuente encontrarlos en aquellos que han sufrido abusos en la infancia.

En resumen, el TLP es un trastorno en el que predomina una inestabilidad emocional, una alta reactividad a factores externos, una sensación de vulnerabilidad casi permanente y una gran dificultad para funcionar de manera adaptada y/o efectiva por largos períodos de tiempo. La mayoría de la personas con TLP llevan vidas caóticas y tienen la sensación de no encajar en la sociedad.

En el tratamiento actual del TLP se lleva a cabo alguna forma de psicoterapia como elemento central, que incluirá, entre otros elementos, intervenciones dirigidas a mejorar la conciencia experiencial, la identificación y regulación emocional, la tolerancia a la frustración y al malestar, la eficacia interpersonal; así como habilidades para sobrevivir a las crisis emocionales extremas. Junto al tratamiento psicoterapéutico se implementan medidas adicionales: un tratamiento psicofarmacológico que variará según el momento clínico y diversas medidas de rehabilitación psicosocial, incluyendo el uso de diversos dispositivos terapéuticos (hospitales de día, miniresidencias , unidades específicas para TLP, etc.) para mejorar la adaptación a la realidad del paciente y su mejor ajuste personal, familiar y social.

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