En nuestro día a día es normal que abunden los miedos y las conductas evitativas en numerosos momentos. En ocasiones estos miedos se vuelven muy potentes y recurrentes para nosotros, de forma similar a los pensamientos obsesivos, que aparecen y reaparecen constantemente produciendo un gran desgaste en la persona. Cuando se da la combinación de ansiedad elevada e ideas recurrentes, es cuando pueden surgir las fobias de impulsión, también conocidas como el miedo a perder el control o a “perder la cabeza”. Con esto nos referimos al temor intenso a determinados pensamientos intrusivos y desagradables que abordan nuestra mente y el miedo excesivo a llevarlos a cabo interfiriendo así en nuestra vida cotidiana. Estas ideas se pueden transformar en una trampa cuyo tema recurrente sea poder dañarnos o hacer daño a nuestros seres más queridos.

¿Cómo funcionan las fobias de impulsión? El principio básico ligado a este trastorno es la ansiedad por lo que en periodos en los que la persona se encuentre más ansiosa o preocupada es más probable que estas ideas desagradables le aparezcan con mayor frecuencia e intensidad. En algunos casos, la ansiedad genera una sensación de extrañeza e irrealidad, como si estuviéramos viendo la realidad a través de un cristal, “como en una película”, como si nos sintiéramos ajenos a nosotros o al entorno de tal modo que llegamos a imaginar y a vernos a nosotros mismos llevando a cabo la acción temida.

Los pensamientos obsesivos también forman parte de este tipo de fobia, estas ideas son muy intensas y moralmente muy fuertes, ya que generalmente están relacionados con hacer daño a otras personas, elemento que mantiene y aumenta más la ansiedad. Pero es indudable, desde luego, que la persona que está sufriendo este tipo de miedos no tiene la intención de hacer nada, no desea por nada del mundo que sucedan esos pensamientos que imagina; pensamientos como pueden ser:

  • Miedo a tirar a un niño pequeño por el balcón o ahogarlo con la almohada mientras duerme.
  • Ante la presencia de cuchillos temor a perder el control y  matar a alguien u otros miembros de la familia.
  • Miedo a estrellarse con otro vehículo de forma intencionada cuando va conduciendo por la carretera o de atropellar a algún peatón  voluntariamente.
  • Temor a saltar de un balcón o a tirar a alguien a las vías del tren.

Las personas con esta clase de pensamientos rechazan una y otra vez las ideas recurrentes que les invaden quedándose atascadas en ellos, se convierte en una bola de nieve causando así mal estar, ansiedad y en ocasiones haciéndoles sentir culpables por tener esos pensamientos. Intentar eliminar las obsesiones las hace más presentes volviéndose un intruso en nuestra mente del que no podemos librarnos apareciendo con mayor fuerza y frecuencia generando un elevado sufrimiento y un terror a cometer los actos horribles imaginados. Es como decirle a un niño pequeño que no toque el enchufe, el niño primeramente irá a tocar el enchufe, algo parecido sucede aquí, decirnos a nosotros mismo no puedo pensar en eso porque es horrible hará que automáticamente ya estemos pensando en ello. Esto genera como consecuencia que se eviten ciertos contextos que puedan estimular esas ideas, por ejemplo, evitar coger el metro o el tren, tirar todos los cuchillos de casa, evitar subir a los balcones…

La naturaleza de estos pensamientos es más común en la mente humana de lo que consideramos, la mente está configurada para crear e imaginar situaciones que no tienen por qué corresponderse con la realidad, generando fantasías tanto positivas o beneficiosas como negativas o perjudiciales, hay que tener claro que son pensamientos y no acciones, yo puedo pensar que me va a tocar la lotería y no por ello voy a ser premiada con el boleto ganador.

Los pensamientos igual que vienen se van, en este caso esas ideas que deberían pasar por nuestra mente de forma efímera y pasajera al intentar eliminarlos y centrar toda nuestra atención en ellos se quedan con nosotros permanentemente, no dejando lugar a que nuestra atención se centre en otros pensamientos.

Una de las formas para afrontar este problema es el de ir “relajando” ese sistema de control, para que, en la medida en que nos lo permitamos a nosotros mismos, podamos comprobar poco a poco, y a base de pequeños acercamientos, que realmente el peligro imaginado y la situación real no tienen por qué corresponderse el uno con el otro, por muy real que se viva; buscando ayuda profesional para ello si lo consideramos necesario.

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