La ansiedad forma parte de nuestra existencia, y es que, como si fuese un perro guardián, en situaciones en las que se vea comprometida nuestra integridad cumple una función determinante para nuestra supervivencia, ya que ante una señal o amenaza de peligro, nos ayuda a producir una reacción física y mental que nos ayuda a enfrentarnos y responder. Así, en situaciones no tan extremas, cierto grado de ansiedad es incluso deseable para el manejo normal de las exigencias del día a día (preparar un examen, ir a una entrevista de trabajo, tener que hablar en público, etc.).
El problema comienza cuando sentimos esa misma ansiedad de manera desmesurada, sobrepasando un nivel de intensidad que la hace intolerable o cuando nos dificulta la capacidad para adaptarnos a los hechos de nuestra vida cotidiana, pasando de ser una aliada a considerarlo como una enemiga problemática. Dicho esto, quizás nos estemos preguntando ¿en qué consiste realmente un ataque de ansiedad?, ¿puede llegar a ser peligroso?

La organización de profesionales de la psiquiatría estadounidense más influyente a nivel mundial, la American Psychiatric Association (APA), en su manual DSM – V define un ataque de ansiedad como la aparición súbita de miedo o malestar intenso que alcanza su máxima expresión en cuestión de no más de 10 minutos. Se trata de un trastorno de carácter psicológico que se manifiesta a través de las siguientes reacciones corporales:

Ataque de ansiedad y sus peligros
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Observamos que las reacciones que desencadena la emoción del miedo son tanto físicas (vividas por la persona como sensaciones muy desagradables), como emocionales y de pensamiento (implicando sentimientos íntimos de inseguridad, incertidumbre e indefensión ante tal evento). Es una experiencia en la que podemos llegar a sentir un miedo intenso, aprensión y terror; pero para que estemos experimentando un ataque de pánico no tenemos porqué sentir todas y cada una de las reacciones, sí al menos un conjunto de cuatro, comenzando los síntomas de manera abrupta.

Street, Craske y Barlow propusieron clasificar la aparición de los ataques de pánico en:

  • Esperados-inesperados, según la persona espere o no su ocurrencia.
  • Señalado o espontáneo:
    a) Un ataque señalado es aquel que es percibido por la persona como claramente asociado a un estímulo externo (como por ejemplo tener que subirse a un avión) o interno (que como hemos comentado antes puede implicar dos niveles, el de carácter físico como sentir palpitaciones, y/o a nivel cognitivo como el hecho de pensar que puede morir).
    b) Un ataque espontáneo es aquel en el que la persona no es capaz de identificar las señales claras; y muy probablemente aún no siendo consciente de ellas éstas, existen en forma de sensaciones internas o pensamientos. El ejemplo más puro lo constituyen los ataques de pánico que algunas personas experimentan mientras duermen.

El impacto que supone para una persona vivenciar un ataque de pánico depende mucho de las diferencias de cada una y de cómo interpretemos esa situación posteriormente. Pero para muchas, el sentir por unos instantes esa sensación de miedo tan intenso acompañado de sensaciones físicas como mareos o palpitaciones, hace que generen una aversión severa ante la posibilidad de volver a sentirlo de nuevo. Por lo que la persona de ahí en adelante, y con el fin de sentirse más segura, desarrollará estrategias de evitación, alejándose de las situaciones que crea que le pueden provocar ansiedad, en las que muchas veces lo relevante no es el contexto concreto, sino el “no sentir”. Y si se expone a ellas, lo hace con recelo y temor de que pueda volver a vivir esa experiencia de síntomas nuevamente, así que tiende a emparejar en sus exposiciones objetos y/o personas que le ayuden a sentirse más segura.

Si la tendencia es a evitar situaciones semejantes a la que nos vimos sorprendidos por un ataque de pánico, es porque quizás pensemos que nuestra salud corre un grave peligro cuando experimentamos esas sensaciones, pero ¿esto es realmente cierto?, ¿hay algunos síntomas que impliquen más peligro que otros? Revisamos los principales miedos que pueden abordarnos:

¿Me puede dar un ataque al corazón?

La aceleración cardiaca y las palpitaciones que uno puede sentir durante los ataques de pánico, como ya hemos comentado, son una respuesta normal que nuestro organismo desarrolla ante lo que entiende que son situaciones de emergencia, y esto es debido a la activación de nuestro sistema nervioso autónomo, concretamente el sistema simpático.

Un trastorno cardiaco implica síntomas como dolor en el pecho, falta de aire y, ocasionalmente, palpitaciones y desmayo. Si bien es cierto que hay algún síntoma que parece coincidente, debemos conocer las diferencias existentes:

a) Si la persona tiene un trastorno cardíaco los síntomas se intensificarán rápidamente haciendo esfuerzos o ejercicio físico, desapareciendo bastante rápidamente con el reposo.
Sin embargo, los síntomas de ansiedad pueden ocurrir y acrecentarse con el ejercicio y suceder también lo mismo en momentos de reposo.
b) En un electrocardiograma pueden apreciarse grandes cambios eléctricos en el corazón en personas con problemas cardiacos, mientras que el único cambio que se aprecia durante un ataque de pánico en la prueba es el aumento del ritmo cardiaco.

Así que aunque nos parezca que podemos sentir las mismas palpitaciones en una u otra problemática, existen resultados específicos y objetivos que nos indican que entre unos y otros síntomas hay diferencias. Pudiendo concluirse que la ansiedad no provoca ataques cardiacos por sí sola.

Para que éstos tengan lugar han de darse condiciones interrelacionadas como lesiones graves en el corazón o arterias, una dieta incorrecta mantenida en el tiempo en la que se haga un consumo abusivo de grasas, tener una vida sedentaria, hipertensión, consumo excesivo de alcohol, tabaco u otras drogas, o tener antecedentes familiares; de tal forma que la ansiedad no sería el motivo principal, sino un factor más que aumenta el riesgo de padecerlo dadas las condiciones de salud previas.

¿Puedo perder el control?

Creemos que podemos llegar a quedarnos completamente paralizados, o llegar a hacer cosas extrañas o que nos pongan en ridículo, como gritar, correr sin rumbo, romper cosas, agredir a otros… Sin embargo esta sensación no se corresponde con la realidad. Las personas que viven un ataque de pánico en el peor de los casos tienden a huir para ponerse a salvo, lo cual precisamente no es una señal de falta de control.

ansiedad
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Es posible que se tengan sensaciones de confusión o irrealidad pero, dada que la naturaleza es sabia, nuestro organismo conserva en todo momento la capacidad de pensar y actuar. La reacción de emergencia no irá nunca dirigida a dañarnos, sino a todo lo contrario: la búsqueda de seguridad.

Siento que me voy a desmayar y que perderé el conocimiento

Los síntomas de mareo, vértigo e inestabilidad son frecuentes en los ataques de pánico, sin embargo, aunque nos parezcan iguales a los que provocan desmayos, provienen de fuentes diferentes y su naturaleza es distinta:

a) Para que un desmayo se dé es necesario que descienda nuestro ritmo cardiaco y baje notablemente nuestra presión arterial.
Mientras que cuando se produce un ataque de pánico fisiológicamente nos está ocurriendo el proceso contrario: nuestro ritmo cardiaco y presión arterial aumentan.
b) Las personas que han sufrido desmayos, por lo general, no se encontraban ansiosos en el momento. Antes de desmayarse la gente siente que se está desvaneciendo, como si se sumiese en un sueño, mientras que en un ataque de pánico la persona es terriblemente consciente de sus sensaciones de mareo y de otros síntomas que se puedan estar dando a la par.
c) El desmayo en sí mismo puede propiciarse por cambios hormonales, virus, hipoglucemia, hipotensión arterial.

Mientras que nos mareamos durante los ataques de ansiedad porque, una vez más, el cuerpo se prepara para enfrentarse al posible peligro: para poder correr o luchar el corazón envía más sangre hacia los músculos y relativamente menos al cerebro, lo que a su vez provoca una disminución en los niveles de oxígeno en este órgano; de ahí que uno pueda sentirse mareado. Pero no podemos olvidar que la sensación no tiene porqué significar que nos vayamos a desmayar, ya que la presión arterial es alta.

Algunas personas tienen fobia a la sangre y pueden desmayarse cuando la ven. Aunque no es una condición excepcional, es muy diferente del ataque de ansiedad provocado por el malestar que nos provocan nuestros propios síntomas o pensamiento.

¿Puedo acabar asfixiándome o ahogado por la falta de aire?

En realidad esa sensación de falta de aire está provocándose por nuestra forma de respirar en esas situaciones que nos provocan ansiedad. Al ser un proceso en el que no ponemos consciencia, respiramos rápida y superficialmente dejándonos llevar por la necesidad de nuestro organismo: el de necesitar más oxígeno para preparar el cuerpo para luchar o huir; actos que finalmente no solemos llevar a cabo, provocándonos lo que se conoce como hiperventilación. Por lo que de forma no voluntaria estamos introduciendo y acumulando mayor cantidad de oxígeno de lo que necesita el cuerpo, y como no le damos salida a través del movimiento, el organismo tiende a buscar un equilibrio entre oxígeno y dióxido de carbono de nuevo, mandando señales a nuestro cerebro para que disminuya la frecuencia respiratoria. De modo que la sensación de asfixia o falta de aire, paradójicamente es un exceso del mismo.

Ahogarse es imposible, ya que nuestro cuerpo no lo va a permitir, pero para disminuir esta sintomatología más rápidamente y de forma voluntaria, es recomendable respirar lenta y regularmente, poniendo énfasis en alargar la fase de expulsión del aire. Intentar practicar la respiración diafragmática en momentos de calma de forma regular, servirá como entrenamiento para posteriormente, en momentos de ansiedad, poder ponerlo en práctica con mayor agilidad y destreza.

Melancholia
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En el peor de los casos y siendo extremadamente raro, mantener durante largos periodos de tiempo la hiperventilación puede conducirnos a la pérdida de conocimiento, pero no a la asfixia; en ningún caso se va a dejar de respirar completamente.

Tengo miedo a volverme loco

Síntomas como la confusión mental, visión borrosa o sensación de irrealidad o despersonalización pueden conducirnos a pensar esto. Pero es necesario que distingamos estos síntomas, que responden a una necesidad de emergencia, de lo que sucede cuando hablamos de locura. Ésta se empareja normalmente a la expresión de un trastorno mental muy grave llamado esquizofrenia en el que, si la persona no ha recibido ningún tipo de ayuda, suele tener pensamientos y lenguaje carentes de sentido, creencias delirantes y alucinaciones acerca de aspectos de la realidad que no existen. Esta patología comienza en la época de la adolescencia o comienzo de la juventud normalmente, y no lo hace de repente, sino que lo irá haciendo gradualmente, y desde luego no se inicia por un ataque de ansiedad. Es muy poco frecuente, de modo que si no se tienen antecedentes familiares de esta índole, uno no padecerá esquizofrenia por mucha ansiedad que se experimente.

¿Es posible sufrir un colapso nervioso?

La puesta en marcha por parte de nuestro organismo del sistema nervioso simpático que hará que se active para enfrentar la posible amenaza, pero hemos de tener en cuenta que a su vez, y porque ama el equilibrio, pasados unos minutos en los que ya no encuentre peligro, se activará un mecanismo de compensación: el sistema nervioso parasimpático. Éste contrarrestará e impedirá que el sistema de activación siga funcionando. Por esta explicación nuestro sistema nervioso no puede nunca llegar a sobrecargarse o dañarse de tal manera que colapse irremediablemente por un ataque de ansiedad.

Se podría decir que el ataque de pánico es un síntoma o señal de que estamos gestionando deficientemente algo que nos afecta, es una crisis, y en sí mismo no constituye un diagnóstico o trastorno psicológico per sé, aunque sí que puede presentarse en diferentes trastornos (como agorafobia, fobia social, trastorno de estrés postraumático…) dependiendo de cuál sea el objeto o situación que dispare la ansiedad.

Como hemos visto a nivel orgánico no representa un peligro vital, pero la sensación subjetiva de amenaza constante hace que resulte ser un problema muy incapacitante para muchas las personas que lo han vivido, afectando en el desarrollo de su vida diaria, social y laboral, mermando por tanto su calidad de vida. El primer paso para aprender a gestionarla es tener en cuenta la sapiencia de la naturaleza, y confiar en nuestro cuerpo y en nuestras capacidades.

El auténtico peligro se encuentra en generalizarla, en dejar que tu vida gire en torno a la ansiedad en vez de que la ansiedad, a veces, se deje caer por tu vida.

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