Todos hemos tenido alguna vez la sensación de que nuestro comportamiento se ha visto influenciado por las creencias que los demás tienen sobre nosotros: ante las expectativas favorables nos es más fácil conseguir aquello que nos hemos propuesto; por el contrario, si lo que nos transmiten es el miedo al fracaso o la falta de confianza, las cosas tienden a salirnos peor o directamente ni las intentamos. ¿A qué se debe este intrigante fenómeno?

El efecto Pigmalión, también conocido como profecía autocumplida, se describe desde la psicología y la pedagogía como el proceso mediante el cual las creencias y expectativas de una persona respecto a otra afectan de tal manera a la conducta de esta última que terminan por verse confirmadas.

Tiene su origen en un mito griego, relatado en la obra del poeta romano Ovidio Las Metamorfosis. Pigmalión, rey de Chipre, buscó durante muchísimo tiempo a una mujer con la cual casarse, con la condición de que fuese la mujer perfecta. Frustrado en su búsqueda, decidió dedicar su tiempo a crear esculturas preciosas para compensar la ausencia de una mujer a la que unirse. Una de estas era tan bella que Pigmalión se enamoró perdidamente de ella. A tal punto llegó su pasión por la escultura que la trataba como si estuviera viva. Finalmente, el escultor le pidió a la diosa Afrodita que la convirtiera en una mujer de carne y hueso, a la que finalmente llamó Galatea. Posteriormente George Bernard Shaw se inspiró en el mito para escribir, en 1913, su novela Pigmalión, que se llevó a la gran pantalla bajo el título My fair lady; película en la que un profesor termina enamorándose de una analfabeta alumna a la que instruye con sus conocimientos.

Este término fue acuñado originalmente por el psicólogo social Robert Rosenthal, quien en 1968 llevó a cabo un conocido experimento junto a Lenore Jacobson: Pigmalión en el aula. Informaron a un grupo de profesores de primaria de que a sus alumnos se les había administrado un test que evaluaba sus capacidades intelectuales; señalando cuáles fueron, en concreto, los que obtuvieron los mejores resultados y asegurándoles que esos serían los que mejor rendimiento tendrían a lo largo del curso.  La profecía se cumplió: ocho meses después el rendimiento de estos alumnos especiales era mucho mayor que el del resto; aunque en realidad, jamás se realizó tal test al inicio de curso.  Los supuestos alumnos brillantes habían sido elegidos completamente al azar. Sin embargo, al ser tratados de un modo distinto respondieron de manera diferente; confirmando así las expectativas de los profesores.

Efectivamente, la perspectiva de un suceso tiende a facilitar su cumplimiento, algo que ocurre también en muchos otros ámbitos: en el terreno de la investigación científica el investigador tiende muchas veces a confirmar sus hipótesis (por imposibles que parezcan). En economía, la crisis de 1929 confirmó las expectativas de muchas personas acerca del hundimiento del sistema económico. El efecto Pigmalión se manifiesta en el también conocido efecto placebo: un simple caramelo podría llegar a curarnos porque alguien en quien creemos lo asegura y porque deseamos estar mejor.

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Las creencias son tan poderosas que puedan llegar a transformar el futuro de una persona. Está claro que la valencia de estas creencias (positiva o negativa) puede dar lugar a diferentes resultados.

Muchos genios de la historia de la humanidad tuvieron cerca a una persona que depositó en ellos una fuerte esperanza. Hoy en día esto se ha demostrado científicamente: cuando alguien confía en nosotros y nos contagia esa confianza, nuestro sistema límbico (estructura cerebral encargada del procesamiento y expresión emocional) acelera la velocidad de nuestro pensamiento, incrementa nuestra lucidez y nuestra energía, y en consecuencia, nuestra atención, eficacia y eficiencia. Por el contrario, cuando un niño vive las expectativas de los adultos cercanos como imposiciones para conseguir aquello que ellos hubieran deseado para sí, las consecuencias del efecto Pigmalión se vuelven negativas.

Para evitar este último resultado es importante que los adultos que tienen una importante influencia sobre un niño o adolescente descubran las expectativas reales que están depositando en él o ella; aceptando que no siempre la realidad es como nos gustaría que fuese. De esta forma se le puede sacar el mejor partido a las verdaderas posibilidades y ayudar a la superación personal de las limitaciones en lugar de imponer creencias limitantes.  Debe ponerse especial atención al modo de expresarse y formular las afirmaciones y preguntas, así como la información que transmiten la actitud, el tono de voz y la mirada. Reconocer en el otro sus habilidades y virtudes ayuda a que se sienta visto y mejore su autoestima y actitud vital. Ya lo decía Einstein: “Todos somos genios. Pero si juzgas a un pez por su habilidad de escalar un árbol, vivirá su vida entera pensando que es un inútil”.

En la actualidad se acepta ampliamente que las emociones desempeñan una importante función para el adecuado procesamiento de la información y para emitir respuestas adaptativas al entorno, elementos cruciales para la interacción social.

En este sentido, es importante señalar que la influencia del entorno familiar es capaz de proteger en contextos sociales vulnerables, pues la confianza logra resguardar al niño en una red de optimismo sobre sus capacidades y su futuro; construyendo así la llamada Inmunización Psicológica.

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