Vivimos en un mundo rodeados de ruidos que nos obligan a mantenernos alejados de nosotros mismos, intentando tapar con música los ruidos de la calle o con conversaciones triviales hablando por teléfono mientras vamos camino de nuestro destino. Las cosas superficiales son ruidosas para destacarse porque están vacías de contenido; en cambio, lo que es esencial verdaderamente permanece en el silencio.

En la sociedad occidental a la que pertenecemos nos han enseñado que los silencios son incomodos y hay que taparlos de alguna manera para que no se den, interpretando el silencio como algo malo. Hemos aprendido que quien no habla es un perdedor, un cobarde, un sometido, poco sociable… Cuando se instala el silencio, aunque sea por unos breves segundos, la gente no sabe qué hacer, se siente incómoda e invadida por la angustia. Sin embargo, el silencio, es lo que otorga sentido a la palabra. Nos esforzamos día tras día en que esto sea así, pero ¿Qué hay de malo en el silencio? Nada, el silencio es otra forma que tenemos las personas de comunicarnos de forma no verbal y todos tenemos derecho a ello y a interpretar de forma realista lo que quiere decir ese silencio.

“Al principio no fue la palabra, sino el silencio, y del silencio emergió la palabra con sentido” – F. Torralba

¿Qué es el silencio?

La definición literal se refiere al fenómeno producido por la ausencia de sonido. El silencio puede implicar la ausencia total de ondas sonoras en el ambiente o la ausencia de sonidos que puedan ser percibidos por nuestro oído. Donde de verdad tenemos que trabajar es en la interpretación y significado que damos al silencio.

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El miedo al silencio vs el poder del silencio

El silencio lo empleamos de forma consciente o inconsciente, siempre intentando transmitir algo con ello, un sentimiento, un estado de ánimo… o simplemente es un punto de inflexión. La dificultad está en saber identificarlo y reconocer su significado. El silencio no es sólo el contrapunto necesario a la palabra, sino un elemento de comunicación en sí mismo, cuyo valor puede llegar a equipararse con la palabra.

Constituye la mejor forma de combatir el exceso de palabra, creando además el espacio y el momento necesario para la reflexión, moderación y contención (en definitiva, para la prudencia). En la comunicación entre las personas se descuida a menudo el valor, por no decir el poder que tiene, sin embargo se trata de una poderosa arma que si se gestiona adecuadamente, puede ser mucho más convincente que un elaborado discurso.

La palabra guiada y modulada por el silencio nos permitirá reflexionar sobre el qué debemos decir, cómo debemos decirlo y cuando debemos decir, logrando así que produzca en el interlocutor el efecto que nosotros deseábamos.

El poder del silencio, no se encuentra con el aislamiento, sino precisamente con la aproximación a los demás, pero como seres independientes. Cuando sientas que te manipulan, deberás de dar un paso atrás, cuando te provoquen, deberás mantener el silencio y cuando corran, deberás de caminar.

El Silencio es quietud, tranquilidad, calma, es una reflexión interior de uno mismo sobre las palabras del otro y sobre nuestros propios pensamientos. Es interesante preguntarnos cuánto tiempo dedicamos al silencio y a la amabilidad en nuestras vidas. Cuánto a crear espacio entre pensamiento y pensamiento, o a ser silenciosos y afables testigos o espejos de nuestro mundo interior, de esas olas de experiencia continuas y cambiantes. Detrás del miedo al silencio podemos escuchar los sonidos sutiles de nuestro mundo interno, haciéndonos conscientes de sensaciones, emociones, pensamientos y sentimientos que se nos hacen inaudibles en nuestra ajetreada vida diaria, y que pueden estar esperando a ser escuchados y darnos valiosa información.

Entonces, ¿Por qué nos empeñamos en evitar los silencios? Es hora de darse derecho a estar en silencio, a callar, a sacarle beneficio, y por supuesto respetar el silencio de los demás. Interpretemos el silencio como lo que es, una pausa, una reflexión, un momento de conexión con nosotros mismos, un momento para organizar nuestros pensamientos, nuestros sentimientos, un momento para el autoconocimiento, vital para alcanzar la felicidad (que tanto buscamos) y también para poder resolver los problemas que nos aquejan en todos los ámbitos de la vida.

Por ello, no debemos tenerle miedo al silencio, a la carencia de ruido o de palabras dichas. Todo lo contrario, es preciso que aprovechemos esos momentos que nos podemos regalar o que el mundo “conspira” para ofrecerlos. No dejemos pasar esa oportunidad de estar en sintonía con nuestro interior y lo que nos ocurre.

El filósofo chino Kungtsé, que vivió hace unos 2500 años, tuvo que esperar 12 años hasta que tuvo la oportunidad de conocer a un sabio maestro con el que sólo había mantenido comunicación mediante cartas. Después de un viaje que duró varios días, ambos por fin se encontraron. Se saludaron en silencio con una respetuosa reverencia y se sentaron frente a frente sin mediar palabra.
Media hora más tarde, Kungtsé se levantó sin que hubiesen pronunciado ninguna palabra y se despidieron con una nueva silenciosa reverencia.

Durante el viaje de regreso, los discípulos de Kungtsé que habían presenciado el encuentro le dijeron: “pero Maestro, tantos años esperando este encuentro, y al final ¿no habéis sabido hacer nada mejor que estar sentados frente a frente sin decir nada?” Kungtsé contestó “Ha sido la media hora más sublime de mi vida, cualquier palabra hubiese estado de más”.

 

 

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